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Quienes vamos teniendo ya una edad, y yo tengo cincuenta
y tres años, sabemos lo que es el peso de la culpa,
o el de la censura. Incluso los que no recibimos una educación
religiosa, como es mi caso, hemos sufrido los efectos de
tan eficaces corsés de antaño. En mi juventud
todo era pecado, prohibido o censurable. Por suerte no tanto
como en la España que retrató García
Lorca en La casa de Bernarda Alba, por ejemplo;
pero sin duda muchos tics de aquella mentalidad represiva
sobrevivían aún en los setenta. Vinieron después
la democracia, la apertura, el destape y la posibilidad de
abrir las ventanas y ventilar desván tan lleno
de telarañas. Fue así que palabras como “censura” “culpa” e
incluso “responsabilidad” pasaron a ser feas
o retrógradas y por tanto pasibles de ser ridiculizadas.
Pero da la casualidad de que las palabras no son bellas o
feas, malas ni buenas. Son, si uno quiere, como un vaso:
su contenido unas veces puede resultar benigno y otras malvado.
Hablemos primero de la más fea de todas, la censura.
De tanto luchar contra ella durante el franquismo, tendemos
ahora a creer que es algo a combatir, pero censurar quiere
decir literalmente “juzgar el valor de una cosa, sus
méritos y faltas”, nada más. Sin embargo,
como se considera una palabra del pasado y por tanto “fea”,
hoy en día nada resulta censurable. Ni lo moralmente
reprobable, ni lo éticamente perverso; todo vale porque
lo que no vale es censurar, que eso es de antiguos y de fachas.
Otra palabra trasnochada es “responsabilidad”.
Antes la repetían mucho los padres, los maestros,
los educadores: “Niños, tenéis que ser
responsables, tenéis que comportaros como adultos”.
Ahora en cambio se dice que los niños deben de ser
niños el mayor tiempo posible. “Dejadles pobrecillos –dicen
los modernos– ya tendrán tiempo de ser adultos
y responsables”, sin darse cuenta de que crecer no
es ninguna desgracia y ser responsable es algo bastante útil
en la vida. Sin advertir, tampoco, que la responsabilidad
o se aprende muy pronto en la infancia o no se aprende nunca.
Y me queda por fin la más fea de las feas, la palabra “culpa”.
Es cierto que en tiempos pretéritos, dicho término
llegó a ser muy cruel. Se fomentaba sin sonrojo la
culpa para que nadie sacase nunca los pies del plato. De
este modo, por ejemplo, si uno faltaba al octavo mandamiento
(no mentir), o al cuarto (honrar a los padres) y no digamos
nada si pecaba contra el sexto, se sentía fatal: se
sentía culpable. Ahora, si ustedes se fijan, hemos
descubierto un truco perfecto para librarnos de tan incómoda
losa: la culpa de todo lo que nos pasa siempre la tiene otro.
La tiene la sociedad, que es muy mala, o el gobierno que
es un desastre, o el calentamiento global, o el lucero del
alba. En este mundo buenííísimo en el
que vivimos, hasta para las faltas más graves se encuentra
siempre una razón eximente. Cuántas veces hemos
oído decir que si fulano es un violador es porque
tuvo una infancia muy desdichada. O que si mengano es un
asesino se debe a que viene de una familia disfuncional.
Y eso está muy bien y es muy guay, pero la autocomplacencia
tiene un lado perverso: si la culpa de todo lo que nos pasa
la tiene otro, nunca vamos a hacer nada por mejorar nuestra
situación. Porque culpar al mundo cruel es muy cómodo,
pero también muy estúpido. Sé que lo
que acabo de decir va en contra de esta realidad Walt Disney
que nos hemos inventado en la que to er mundo é güeno y
los pajaritos cantan y la luna se levanta. Sé también
que es lógico que las palabras que antes se usaron
de modo autoritario cuando no cruel sufran su purgatorio
y sean revisadas. Pero una cosa es revisar un concepto y
otro muy distinto es prescindir de él. Como decía
antes, las palabras no son feas ni hermosas. Incluso las
más bellas como libertad, amor o amistad tiene su
lado amargo, cuando no perverso. El secreto, creo yo, está en
usar cada palabra con sabiduría. Eso al menos es lo
que hace un adulto. Lo malo es que últimamente y para
algunos papanatas “adulto”, “crecer” y “madurar” también
son palabras feas. Vaya por Dios.
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