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  Acoso moral

- Líbreme Dios de los malos tontos

- Entre conspiraciones y chapuzas anda el juego

- Cuando no es posible callar

- La eterna búsqueda de la felicidad

- Las personas termómetro

- Ya no será lo mismo

- Feminismo machista

- Efectos colaterales de la ‘felicidad’

- Un egoísta es todo aquel que no piensa en mí

- Basta de príncipe azul

- Un piropo, por favor

- Parole, Parole, Parole

- Polución acústica

- Que me duerman por Navidad

- Lo cortés no quita lo valiente

- Genéticamente mentirosos

- El show debe continuar

- La más sutil de las venganzas

- La más sutil de las venganzas

- Palabras feas

- Te pincho el globo

- Elemental, querido Freud

- El secreto del gazpacho

- Hombres: instrucciones de uso

- El menos común de los sentidos

- La timidez, esa tonta enfermedad crónica

- Acoso moral

- ¿Magdalenas? No, gracias

- Cuando el amor es chantajista

- Cuidado, que no te hagan un bombo

- La venganza es un plato que se come frío

- El gran silecio

- El buenismo

- Un problema aterrador

- Los hombres las prefieren gordas

 


S
e diría que los fenómenos sociales no existen hasta que no se les da un nombre. Muy bien, los abusos que se producen las oficinas y lugares de trabajo, un fenómeno viejo como el mundo, ya tiene apelativo: en Europa lo llaman Acoso Moral Y, tanto se habla de él , que en Francia acaba de presentarse un proyecto de ley sobre éste tema. Para nosotros los descarriados - quiero decir, para los que no formamos parte de ninguna manada y trabajamos por libre sin jefes y también sin empleados- resulta terrorífica la idea del perenne martirio de soportar las mezquindades ajenas. Y sin embargo, la gran mayoría de las personas, tienen que enfrentarse a diario con esta sutil tortura, sufrir en silencio discriminaciones por causas incomprensibles, ver cómo se juega con sus sentimientos o el modo en que se les arrincona a pegar sellos para mayor gloria de sus rivales o, simplemente, como castigo ejemplar y aviso a los navegantes Son muchas las horas que la gente pasa en su lugar de trabajo a lo largo de la semana y superan con creces a las que pasan con su familia o con sus amantes, con sus hijos o con sus esposos, de ahí que sean fuente permanente de infelicidad. Dicen los que han estudiado el fenómeno que el problema estriba en que las relaciones laborales se parecen aterradoramente a las propias del hombre primitivo. Opinan que las vejaciones físicas habituales en las labores primitivas de caza, recolección u otras formas primarias de trabajo, simplemente se han sustituido por otras más sutiles pero no por eso menos dolorosas. Apunta también el estudio al que me refiero, que llega a un 32 % el porcentaje de trabajadores se sienten acosados moralmente en su lugar de trabajo y que las vejaciones afectan a todos por igual, a hombres y a mujeres sin diferencia de sexos. El fenómeno va en aumento lo que ha llamado la atención de los sociólogos y se agudiza a medida que las oficinas se hacen más grandes y despersonalizadas. A mi este dato es que más me sorprende del informe: Yo tendería a pensar que, cuánto más despersonalizas sean las oficinas, menos enconos surgirían entre los compañeros de trabajo. Por lo visto me equivoco. El hecho de que no se produzcan roces personales no hace desaparecer el acoso moral pues, escondidos tras la impunidad que dan los ordenadores y máquinas, surge aún con más fuerza ese afán primitivo de someter al prójimo. Para alguien pesimista en cuanto a lo que a la naturaleza humana se refiere como lo soy yo , el dato no resulta extraño: plus ça change, plus c´est la même chose” que dicen los franceses, por eso resulta tranquilizador saber que alguien en la Comunidad Europea va a ocuparse de regular este tipo de abusos en el futuro.

 

© Carmen Posadas 2006 Subir