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Se diría que los fenómenos sociales no
existen hasta que no se les da un nombre. Muy bien, los abusos
que se producen las oficinas y lugares de trabajo, un fenómeno
viejo como el mundo, ya tiene apelativo: en Europa lo llaman
Acoso Moral Y, tanto se habla de él , que en Francia
acaba de presentarse un proyecto de ley sobre éste
tema. Para nosotros los descarriados - quiero decir, para
los que no formamos parte de ninguna manada y trabajamos por
libre sin jefes y también sin empleados- resulta terrorífica
la idea del perenne martirio de soportar las mezquindades
ajenas. Y sin embargo, la gran mayoría de las personas,
tienen que enfrentarse a diario con esta sutil tortura, sufrir
en silencio discriminaciones por causas incomprensibles, ver
cómo se juega con sus sentimientos o el modo en que
se les arrincona a pegar sellos para mayor gloria de sus rivales
o, simplemente, como castigo ejemplar y aviso a los navegantes
Son muchas las horas que la gente pasa en su lugar de trabajo
a lo largo de la semana y superan con creces a las que pasan
con su familia o con sus amantes, con sus hijos o con sus
esposos, de ahí que sean fuente permanente de infelicidad.
Dicen los que han estudiado el fenómeno que el problema
estriba en que las relaciones laborales se parecen aterradoramente
a las propias del hombre primitivo. Opinan que las vejaciones
físicas habituales en las labores primitivas de caza,
recolección u otras formas primarias de trabajo, simplemente
se han sustituido por otras más sutiles pero no por
eso menos dolorosas. Apunta también el estudio al que
me refiero, que llega a un 32 % el porcentaje de trabajadores
se sienten acosados moralmente en su lugar de trabajo y que
las vejaciones afectan a todos por igual, a hombres y a mujeres
sin diferencia de sexos. El fenómeno va en aumento
lo que ha llamado la atención de los sociólogos
y se agudiza a medida que las oficinas se hacen más
grandes y despersonalizadas. A mi este dato es que más
me sorprende del informe: Yo tendería a pensar que,
cuánto más despersonalizas sean las oficinas,
menos enconos surgirían entre los compañeros
de trabajo. Por lo visto me equivoco. El hecho de que no se
produzcan roces personales no hace desaparecer el acoso moral
pues, escondidos tras la impunidad que dan los ordenadores
y máquinas, surge aún con más fuerza
ese afán primitivo de someter al prójimo. Para
alguien pesimista en cuanto a lo que a la naturaleza humana
se refiere como lo soy yo , el dato no resulta extraño:
plus ça change, plus c´est la même chose”
que dicen los franceses, por eso resulta tranquilizador saber
que alguien en la Comunidad Europea va a ocuparse de regular
este tipo de abusos en el futuro.
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