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Hace casi tres años, cuando comencé a
escribir mi novela Juego de Niños, lo hice llena de
temor por el tema que quería abordar: la crueldad y
maldad infantiles. Por aquel entonces tenía la impresión
de que iba acarrearme muchos problemas y la censura de los
que creen que los niños son, por el mero hecho de ser
niños, unos seres seráficos. El que mi novela
estuviera basada en hechos reales, me amparaba, al menos en
parte, de los muchos partidarios de Rousseau, esos que piensan
que el ser humano es bueno de nacimiento y que son las instituciones
las que lo pervierten. Y es que lo que cuento sucedió
en realidad: una historia terrible a la que no agregué
ni quité nada.
Aún así y por mucho cuidado que se ponga, siempre
será controvertido el tema de si las personas malas
nacen o se hacen. Antes de escribir el libro, estuve preguntando
a muy diversas personas, y la enorme mayoría opinaba
que todos somos buenos y que son las circunstancias las que
nos vuelven malos. Según creencia general, si Fulano
es un psicópata y Mengano es un violador es porque
tuvieron una infancia desgraciada, sus padres les pegaban
o sufrieron mucho. Debo decir que a mí esa visión
tan simplista de las cosas nunca me ha convencido. Es más
que evidente que la mayor parte de las personas con infancias
desdichadas no acaba convirtiéndose en psicópatas
ni en violadores. En este afán moderno por encontrar
explicación a todo, al final, acaba justificándose
también todo. Pero entonces ¿existe una predisposición
al mal en algunas personas? Humildemente pienso que sí.
No es políticamente correcto decirlo, no queda cool,
pero parece razonable. Y, aún cuando no hablemos de
maldad patológica, sino de la de personas normales,
pienso que sería preferible aparcar la idea rousseauniana
de que todo el mundo es bueno y que son las instituciones
las que nos echan a perder.
Mi generación y las siguientes que, por lo general,
se consideran víctimas de una educación demasiado
estricta y castrante, cuando les llegó el momento de
ser padres, decidieron que iban a serlo de forma diametralmente
opuesta a la de sus progenitores. Si estos últimos
habían sido irrazonables, inflexibles y partidarios
de la letra con sangre entra, ellos iban a ser tolerantes,
abiertos, comprensivos. Querían ser, para entendernos,
“los mejores amigos de sus hijos”. Siempre me
ha hecho gracia esa expresión, la verdad. Abre uno
un suplemento dominical o una revista del cuore, e impepinablemente
aparece un famoso o famosillo que dice que él o ella
son los mejores amigos de sus hijos; qué guay. Por
lo visto, ser padre o madre, es muy facha, mejor ser colegui.
Tan colegui que hay que ponerse de parte del hijo en toda
circunstancia, defenderlo del mundo, de sus amigos, también
de sus profesores. Y, como ocurre tantas veces en la vida,
de una educación castrante pasamos a una educación
demasiado permisiva y henos aquí con el problema de
hijos tiranos o de acoso en los colegios a profesores y a
otros alumnos. ¿Serán los niños de ahora
peores que los de otras épocas? ¿La culpa la
tiene la tele, los videojuegos, la violencia ambiental? Por
supuesto, siempre se podrá culpar a factores externos.
Pero me pregunto si no sería momento de reevaluar también
algunos conceptos anticuados o incluso carcas como “disciplina”
“responsabilidad” o “sacrificio.”
Suenan fatal al mencionarlos, lo sé, y casi se los
imagina uno acompasados de los inefables acordes del NO-DO,
pero ¿por qué no darles una oportunidad? No
digo yo que haya que volver al pasado, sino hacer una pequeña
revisión de postulados que hemos dado por negativos
sin matizar. El bueno de Rousseau seguro que se revuelve en
su tumba. Pero ¿sabían ustedes que ese prohombre
de la Ilustración, ese faro de la humanidad e inventor
del rollo del buen salvaje, abandonó a cinco hijos,
cinco, en un hospicio? Y es que para qué nos vamos
a poner a filosofar; en realidad el ser humano es así,
ni bueno ni malo, sino lleno de contradicciones.
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