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En 1828,
en la ciudad de Nuremberg, apareció un día un
muchacho de diecisiete años y extraño aspecto
que, una vez llevado a la comisaría, dijo llamarse
Kaspar Hauser. Se descubrió poco más tarde que
Kaspar, que apenas sabía hablar y sólo era capaz
de ingerir pan y agua, había sido mantenido en cautividad
durante toda su infancia sin más contacto con el mundo
exterior que el que tenía con su carcelero. Esta historia
ha inspirado desde entonces a numerosos autores, científicos
y productores de cine. Hasta tal punto que en Ansbach, por
ejemplo, se celebran los festivales de Kaspar Hauser a un
ritmo de bienal. Por otra parte, la etnología utiliza
su nombre en experimentos con animales jóvenes criados
sin poder aprender de animales adultos para distinguir entre
comportamiento aprendido y comportamiento instintivo. También
se conoce como síndrome de Kaspar Hauser el que sufren
los niños que crecen sin el afecto paternal o de otras
personas. Aquel enigmático caso, del que aún
hoy se sigue hablando, ha cobrado actualidad a raíz
de la aparición de Natascha Kampusch, la niña
austríaca que, como él, pasó su infancia
aislada del mundo. Su historia me parece extraordinaria, pero
no sólo por su lado perverso, es decir por el hecho
terrible de que alguien pueda aislar a una niña de
corta edad, mantenerla cautiva tanto tiempo, y posiblemente
abusar de ella sexualmente. También lo es por otras
razones, derivadas de tan peculiar situación y vinculadas
con un interesantísimo dato sobre cómo se comporta
un ser humano en situaciones límite y cómo actúa
el instinto de supervivencia. Para empezar, hay que decir
que resulta evidente que Natascha es una chica de inteligencia
fuera de lo común y también muy adulta para
sus pocos años. Así lo demuestra la forma en
la que ha decidido dosificar sus apariciones en los medios
de comunicación e incluso el modo como pretende comercializar
su triste historia. No la culpo por ello en absoluto; comprendo
muy bien que si ha sido protagonista de semejante situación
dramática quiera sacar provecho en la medida de lo
posible. Lo que me intriga y fascina de su historia son otros
dos datos a los que no se ha prestado tanta atención.
Por un lado, uno que se trasluce de sus declaraciones y que
hace sospechar que, al igual que la Lolita de Nabokov, Natascha
había logrado invertir el equilibrio de poder entre
ella y su captor. Así parece indicarlo el hecho de
que, al menos en los últimos años de su cautiverio,
no estuviera encerrada como al principio y que las personas
con las que ella y Priklopil se relacionaban (ambos iban juntos
de viaje y a esquiar, etcétera) señalaran que
era Natascha la parte dominante en la pareja. Si interesante
es comprobar la forma en que se crean, dentro de una relación
tan anormal como al de Natascha y Priklopil, extrañas
y contradictorias formas de dependencia y sometimiento, más
aún lo es el “síndrome de Kaspar Hauser”
que padece la muchacha. Recordemos que tal nombre sirve para
denominar la forma de comportarse de niños que crecen
lejos de otros niños y del afecto paternal. Siendo
así, aparte de las carencias y deficiencias que, evidentemente,
ha de tener esta joven, es curioso notar algo muy inesperado
en su caso. Natascha, que no ha ido al colegio en todos estos
años, que tampoco ha podido recibir una formación
muy elevada de su captor, ya que era un hombre sin especiales
luces ni intelecto, habla y se expresa no como una adolescente
de su edad sino con muchísima más altura intelectual
que sus pares. Su dicción es perfecta, su vocabulario
infinitamente más rico que el de adolescentes de su
edad y su aplomo y madurez muy superior a sus años.
¿Qué indica todo esto de los jóvenes
actuales? ¿Es posible que una niña que nunca
ha jugado con otros niños, que no ha ido al colegio
ni ha recibido formación alguna esté mejor formada
que aquellos que sí la han tenido? Tal vez el caso
de Natascha tendría que servirnos no solo para llenar
las morbosas páginas de revistas de cotilleo sino para
hacernos reflexionar sobre otras muchas cosas, como por ejemplo
qué educación está recibiendo la juventud.
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