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Como sudaca
que soy, una de las cosas que más me llamaron la atención
al llegar a España fueron sus horarios. Por ejemplo,
a las cinco de la tarde, cuando en la mayoría de países
terminaba la jornada laboral, aquí recién comenzaba
la actividad vespertina. Además, como para mi desgracia
ahora tengo problemas para conciliar el sueño, el hecho
de que aquí las salidas nocturnas acaben como mínimo
a las dos de la madrugada me ha granjeado una merecida fama
de rollazo, puesto que me gusta quedar tempranísimo.
En dos palabras: si fuera tío, seguro que me llamaban
el abominable hombre de las nueve. Esa es la razón
por la que (y sé que al decirlo voy en contra del sentir
de la mayoría de las personas) soy ferviente partidaria
de la racionalización de horarios. Cuando España
estaba jugando los mundiales de fútbol en Alemania,
recuerdo la befa de los comentaristas deportivos sobre las
costumbres horarias europeas: “Nuestros pobres muchachos”
–decían ellos compadecidos– “han
tenido que meterse entre pecho y espalda un platazo de espaguetis
a la inaudita hora de las doce del medio día; así
no hay quién rinda luego”. Bueno, tal vez las
doce del medio día sea “una hora inaudita”
pero más inaudito me parece a mí, por ejemplo,
que las discotecas no empiecen a animarse hasta las dos de
la madrugada. Según he podido enterarme leyendo una
interesante entrevista a Ignacio Buqueras, que preside una
comisión para armonizar nuestros horarios con los europeos,
antes del 1930 los horarios españoles no diferían
de los aquellos: se almorzaba entre las doce y la una y se
cenaba de siete a ocho de la tarde. El cambio vino con la
Guerra Civil y las razones –aún no muy estudiadas–
quizá puedan estar en las dificultades de la posguerra
y, sobre todo, en el pluriempleo. Pero es curioso que ahora,
cuando España es uno de los países más
prósperos del mundo, los españoles sigan siendo
los que cumplan alrededor de doscientas horas más de
trabajo al año. Muchas de ellas no remuneradas, porque
existe una ley tácita que impide que uno se marche
antes que el jefe y si el jefe se queda hasta las nueve…
La precariedad laboral hace que nadie se atreva a reivindicar
sus derechos. Ni los empelados, ni el jefe. Porque éste
está haciendo buena letra para complacer a sus superiores;
sus superiores por su parte alargan la jornada para dar buen
ejemplo, y así resulta que de cinco a nueve todo el
mundo trabaja gratis. Hay que decir además que, a pesar
de que en España se trabajen más horas, nuestra
productividad es baja y en la Unión Europea somos los
terceros por la cola, superados sólo a Grecia y Portugal.
En otras palabras, se da más valor a la presencia que
a la eficacia. Hay situaciones en la vida que por estrafalarias,
injustas e irracionales que sean nadie parece cuestionar.
Por eso me interesa mucho qué piensa hacer el gobierno
con la proyectada ley de Igualdad y Conciliación Familiar.
Es evidente que unos horarios más racionales redundarían
en beneficio de todos y en especial de la familia. Se habla
mucho de los llamados “niños del llavín”
esos a los que sus padres proporcionan una llave de casa para
que puedan subir, hacerse la merienda y luego apoltronarse
ante la tele o la playstation. Se habla de la falta de comunicación
y de padres –y sobre todo madres– con complejo
de culpabilidad por estar ausentes. Se habla mucho, pero nadie
piensa que sería relativamente sencillo mejorar todo
esto. Como ya les he comentado alguna vez, yo no me considero
feminista al uso. Es más, me molesta mucho ese tonto
discursito de “nosotras somos las más guays”,
pero pienso en cambio que posiblemente seamos las mujeres
las que más podríamos ayudar a cambiar unos
hábitos que no por extendidos dejan de ser absurdos.
Se espera que este mes se alcance un máximo histórico
en empleo femenino: ocho millones de mujeres, casi el doble
que en 1994. Para nosotras, compaginar la vida laboral con
la familiar es aún más importante que para ellos.
Por eso confío en que sea nuestra voz la que se alce
y acabe con una situación que, realmente, no beneficia
a nadie.
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