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En un librito
tan esclarecedor como terrible escrito mucho antes del 11S,
Robert Kagan, uno de los llamados neoconservadores (guardia
pretoriana de Bush), explicaba su visión del papel
de los Estados Unidos en el mundo. Según él,
una vez caída la Unión Soviética, estados
Unidos debía asumir su papel de líder mundial
con todas sus consecuencias. Esto implicaba perder el tonto
pudor que, en su opinión, hasta ahora impedido a su
país a autoproclamarse árbitro mundial como
lo fue, por ejemplo, Gran Bretaña en los tiempos de
su imperio. Y ser árbitro significa, naturalmente,
tumbar regimenes políticos, proteger países
amigos, retrazar fronteras… Así, como si su preclara
inteligencia no le alcanzara para conocer las nefastas consecuencias
que dichas practicas han traído al mundo (sin ir mas
lejos, todos los problemas de Oriente Medio son consecuencia
de la desastrosa política británica de principios
del siglo XX) Kagan proponía en su libro intervenir
una vez más y de la misma manera en zona tan sensible
del planeta. Me extendería mucho si explicara aquí
cuál era su teoría, pero a grandes rasgos ésta
consistía en acabar con regimenes que supusieran un
peligro para los Estados Unidos e Israel, léase Irak
e Irán. Poco después llegó el 11S y entonces
los neocons encontraron la excusa perfecta para matar dos
pájaros de un tiro: en vez de embarcarse en una imposible
guerra contra un evanescente Bin Laden, iban a hacer creer
a la opinión pública que le culpable de los
ataques era Sadam Hussein, lo que les permitía, por
un lado, vengarse del ataque sufrido y por otro, acabar con
un tipo tan molesto. Las consecuencias de esta jugada de ajedrez
ya las conocen ustedes: innumerables muertos y una guerra
civil en ciernes que sin duda estallará en cuanto se
marchen los soldados de la coalición. Lo que más
me llama la atención de todo este lamentable fiasco,
es cómo personas inteligentes puedan caer en equivocaciones
tan estúpidas. Cualquiera se hubiera dado cuenta de
que embarcarse en semejante contienda no era un horror sino,
como decía Talleyrand, era algo mucho más grave:
era un error. Sin embargo, siendo terrible lo que está
sucediendo en Irak existe una consecuencia aún peor
en la que espero hayan reparado Kagan y sus mariachis: hoy
en día, la fuerza de una superpotencia es muy distintas
de la que podían tener los imperios de antaño.
Antes el fuerte dominaba al débil. Ahora en cambio,
de nada sirve que una superpotencia tenga armas atómicas
y otros sofisticados artilugios. No solo porque la guerra
contra el terror es una Guerra contra un enemigo invisible
que no tiene patria y que no juega las reglas establecidas
sino, sobre todo, porque en ningún caso Estados Unidos
puede hacer uso de su tecnología bélica. Resulta
sorprendente que personas como Kagan no se hayan dado cuenta
de que le verdadero poderío de un imperio de amargar,
nunca pegar. Nunca atacar, nunca invadir, so pena de que le
ocurra lo que les ha ocurrido a los americanos en Irak. Porque
antes de la invasión, ellos, con su poderío
económico y bélico, eran una fuerza disuasoria
invencible, pero cuando el gigante baja a la arena y tiene
que pelear, no con todo su potencial, sino con una fuerza
convencional enfrentada a una guerrilla dispuesta a morir
matando, se descubre que el gigante tiene los pies de barro.
Y con todo, lo pero no es eso. Lo pero para ellos y también
para el resto del mundo, es que ahora los otros países
del llamado “eje del mal” como Irán o Corea
también comienzan a desplegar sus chantajes nucleares,
pues los saben impotentes. En fin, que los aprendices de brujo
como Kagan han conseguido la increíble gesta de que
Estados Unidos se anule como imperio, metiéndoos de
paso en un lío de proporciones imprevisibles. Maldita
sea su estúpida megalomania.
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