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Acabo de
enterarme de que el hombre metrosexual ha muerto. Que alivio,
que alegría; la verdad es que odiaba ese tipo. Antes
a los hombres blandurrios los llamábamos con nombres
ahora prohibidos por la corrección política,
pero afortunadamente aún sobreviven algunas buenas
palabras para describirlos sin problemas como pisaverdes,
petimetres o figurines.
Dos largos años hemos convivido con este “role
model” y me pregunto si a alguna mujer llegó
a gustarle sinceramente que su novio se depilara tanto como
ella o que le birlase la antiarrugas con aloe vera. A mí,
afortunadamente, no me ha sucedido ni una cosa ni otra, y
dudo mucho que mi enamoramiento hubiera logrado superar tan
dura prueba. Lo que quiero decir es que en este mundo tontorrón
en el que vivimos acabamos dando por buenas una cantidad de
bobadas que ni siquiera nos gustan.
Afortunadamente, el ser humano tiene casi tanta capacidad
de corregir imbecilidades como de crearlas, de modo que aquí
estamos dando la bienvenida en 2006 a la nueva moda en lo
que a hombres se refiere: el ya conocido ubersexual. Este
nuevo término, creado por unas ejecutivas de J. Walter
Thompson, la empresa de publicidad más grande de los
EE.UU., dicho sea de paso, viene a definir al hombre de toda
la vida: el fuerte, el decidido, el protector. Vaya, por Dios,
ya son ganas de ponerle nombres raros a lo evidente. No hace
falta ser publicista (ni científico, ni historiador)
para saber que, desde que el mundo es mundo, este es el tipo
de hombre que más gusta a las mujeres. La antropóloga
Helen Fisher, en su libro Por qué amamos, dice incluso
que nosotras nos sentimos atraídas por dos clases de
hombres fuertes, dependiendo de la parte del ciclo menstrual
en que nos encontremos. En los días fértiles,
por ejemplo, nos gustan más los hombres guapos, jóvenes,
aventureros y en los no fértiles nos atrae el protector,
el más sólido. Esta conducta responde a un claro
mandato biológico. Para el apareamiento se busca la
pareja que pueda procurar la prole más sana y en cambio
para nuestro bienestar buscamos al mejor compañero.
Por eso creo que el ubersexual que nos quieren endorsar las
chicas de J. Walter Thompson va a tener mucho más éxito
que su antecesor. Al metrosexual de marras nos lo vendieron
con la etiqueta de que era “un hombre sensible”.
Por lo visto, lo de la sensibilidad introducía un factor
interesante y novedoso sobre el imaginario masculino. De igual
modo a este nuevo tipo de hombre nos lo quieren vender no
como la replica de King Kong sino con la vitola de fuerte
pero a la vez capaz de esas emociones que antes se consideraban
femeninas. “El ubersexual es seguro, masculino, recio
pero sabe también emocionarse con la buena música
y llorar con una gran película”. Así describen
a este nuevo prototipo de hombre. Bueno, pues en lo que a
mí respecta, va a ser que no. Nunca me han gustado
los hombres llorones. De hecho, las lágrimas que se
derraman en público nunca me han parecido una muestra
de sensibilidad. Todos lloramos, naturalmente, y los hombres
no son una excepción a la regla como se nos ha hecho
creer hasta ahora. Llorar es además muy bueno para
el organismo y seguramente un medico nos daría varias
razones para animarnos a hacerlo. Pero una cosa son lágrimas
y otra su exhibición y a mi modo de ver su exhibición
no denota sensibilidad, sino puro teatro. De hecho, si hacemos
caso de la historia, los hombres que más alarde han
hecho de sus lágrimas no han sido precisamente un dechado
de sensibilidad, sino todo lo contrario y para corroborarlo
he ahí el caso de dos famosos llorones: el emperador
Nerón y el bueno de Al Capone. Dicho esto, y por lo
que a mí respecta, bienvenido el ubersexual si es,
en efecto, tan fuerte y a la vez tan sensible como dicen sus
inventoras. Pero por favor, que la sensibilidad la demuestre
de otra manera más atinada que llorando en el cine.
Que no, que si un tío se me pone a llorar en medio
de la escena en la que Bambi pierde a su mama, lo que me da
es un yuyu, y una mala espina tremenda, vamos.
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