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  Las bodas de Margarita
(texto precursor de Pequeñas Infamias)

- Amores tóxicos

- Pelmazos de verano

- Lo quiero y lo quiero ya

- Una tonta confusión

- Me gustan los hombres

- Una cuestión de favores

- Divinas palabras

- Líbreme Dios de los malos tontos

- Entre conspiraciones y chapuzas anda el juego

- Cuando no es posible callar

- La eterna búsqueda de la felicidad

- Las personas termómetro

- Ya no será lo mismo

- Feminismo machista

- Efectos colaterales de la ‘felicidad’

- Un egoísta es todo aquel que no piensa en mí

- Basta de príncipe azul

- Un piropo, por favor

- Parole, Parole, Parole

- Polución acústica

- Que me duerman por Navidad

- Lo cortés no quita lo valiente

 

Cuando llegó la tan esperada fecha, a Margarita le pareció que en nada se distinguía de los otros días de la primavera cordobesa. La mañana amaneció fría, el aire claro, al café preparado por Genoveva le faltaba azúcar, y su madre no tardó en quejarse de flato como tantas veces. Tampoco podia decirse que hubiera dormida mal; tal vez una cierta agitación la hizo despertarse antes de que Genoveva entrara con el café y las tostadas, pero eso fue todo. Estaba tranquila.

El ajetreo empezó luego, con el ir y venir de criados pidiendo órdenes, cuando Elvira, su madre, olvidándose del flato, empezó a disponerlo todo: “…porque hay poco tiempo y aún queda mucho por hacer... Bartolo, ocúpese usted de las flores para la capilla, y dígale a Paca que venga: tenemos que hablar de los dulces… Niña, avisa a tu padre, que hoy no es día para despachar asuntos de la finca, la casa está llena de invitados…¡Santa María de los Remedios!”

Sólo entonces Margarito pensó en Andrés y dejó asomar unos cuantos pensamientos inconexos que la llenaban tanto de alegría como de miedo. No le asustaba la idea de que hoy terminase toda una etapa de su vida, una infancia protegida y casi feliz que se iniciara diecisiete años antes, el día de su nacimiento, tan deseado, tan comentado por todos: “¿Sabes que los Fresneda, al fin, han conseguido tener una niña?” “¡Gracias al cielo!, después de ese hijo malaje que...” “ Y tú que decías que el pobre Genaro se había vuelto impotente…¡Jesús, cuánta calumnia!” Y tampoco se arrepentía de haber hecho caso a sus padres con respecto a Andrés – tan buen partido y listo, además -, porque ella estaba realmente enamorada de él; eso era lo único que importaba.

Su madre se había empeñado en que se quedara toda la mañana en la cama, dejando que los potingues ancestrales que sabía preparar Genoveva hicieran en su piel algún milagro de belleza, cosa totalmente innecesario, puesto que ella era ya suficientemente guapa. Por eso, y porque quería participar en todo, Margarita apenas logró mantener sobre sus ojos, durante unos minutos, las compresas de agua de azahar que le habían prescrito. Quería bajar al salon, ser el centro de todas las miradas – como siempre, más que nunca – ya que aquél era el día de su boda.

Allí, junto a la puerta, la esperarían Andrés - ¿tal vez un poco pálido? – y los vecinos, y sus tíos, los de Villafranca, que no se perdían festejo, sobre todo los de postín, como prometúa ser éste. “Vaya mujer te llevas, Andrés…, carita de angel que tiene mi niña…” y, mientras, Andrés la miraría ya menos pálido poque empezaría a brotar en su cara todo su deseo por ella, su amor de adolescente, que ya esa tarde sería adulto a golpe de apretones de mano, parabienes y responsabilidades aceptadas: mantenerla, honrarla y respetarla, conforme a un rito nunca cuestionado.

Mañana de bodas para recibir todos los cumplidos de niña mimada y mirarse al espejo ensayando poses dignas, de dama, de señora que ya el año que viene lucirá mantilla negra en las corridas de feria, como Dios manda. Mañana de abril cordobés para flotar en una agradable nube lejana, mientras Madre y Genoveva trajinan, sudan – flato o no flato -, ordenan y se desesperan allá abajo, en una realidad desconocida para Margarita.

En su habitación, cerrando con la puerta las diferentes voces que de ella hablan – jardineros y cotillas, amigos y parientes -, Margarita se prueba su traje de novia. Con ese sigilo de la niña que aún es, a escondidas para que no la vean Madre y Genoveva – “cielo, que lo mancharás, que todavía faltan dos horas…¡Jesús!, pueden verte y trae mala suerte ver a la novia antes de la ceremonia…”-, Margarita se viste, ¡y le queda tan bien! De tal forma se ciñe a sus hombros el encaje, la seda a su estrecha y breve cintura – “no vayan a pensar que está…” -, y luego la amplia falda cae hasta los pies, grande, pesada. Margarita gira, hace reverencias, piensa en el día de su Primera Comunión y en un traje blanco como aquél, cuando Lucas la besó bajo las lilas. Lucas, su primo – ella siempre le ha llamado así -, el marino de la boca grande y la voz grave que le hizo sentir por primera vez eso mismo que ahora siente pensando en Andrés y en la noche próxima: un calor absurdo entre los muslos. “No, no…., pero si aquello no fue nada, nada importante…”

Entreabre sus piernas bajo el traje de novia, y la niña vuelve a girar, pero su imagen en el espejo tiene ahora una expresión casi feroz que la asusta; y ella ríe. Hace tanto calor… Margarita no se atreve a abrir las ventanas, no quiere que se le escape ese momento incompartible; quiere estar sola, disfrutar de su compañía por más tiempo, pero tiene sed. Verdaderamente, hace demasiado calor. Abajo, en el patio, vuelve a oír las voces entremezcladas de su madre y los criados. Falta poco. Pronto llegará el señor cura y Margarita tendrá que cambiarse, bajar a besarle la mano – “Don Antonio, buenas tardes” – para que él le dé una palmadita en la mejilla con su mano temblorosa, la misma que le echo las agues bautismales, la misma que esta tarde le echará las bendiciones.

Tan solo un minuto, un minuto más para ella sola, mientras piensa en Andrés y en el primo Lucas. “Jesús, ¡qué calor! ¿Y si me acercara a la cocina a por algo fresquito?” Margarita abre la puerta, se asoma al pasillo. Abajo, Madre y Padre discuten por no se sabe qué ahora, y Margarita con su traje de novia corre hasta la cocina vacía aún, porque con el revuelo nadie piensa en almorzar, “que ya nos jartaremos luego, en el bodorrio…” Quizá es la curiosidad, o ese estado de ánimo rebelde de disfrutar a escondidas, lo que detiene la mano cuando ya acerca a los labios el vaso de agua. Margarita mira la gran cámara frigorífica de la que su Padre está tan orgulloso – “vea usted, grande como un autobus yo soy muy aficionado a la caza como buen Fresneda, ya sabe: corzos, perdices, todo lo que usted quiera cabe dentro de este modelo de Westinghouse…” - y siente la tentación de continuar su fiesta privada con algo más excitante que el agua clara, “un poco de champán, quizá.”

Sonríe, se mira en el fondo de los cazos de cobre que cuelgan de la pared, se encuentra guapa de verdad, anhela volver arriba para seguir fantaseando en la felicidad que le espera luego, esa misma noche, y conárselo todo al espejo que la complacerá enseñandole sus rasgos menudos y sensuales. Deja el vaso sobre el mármol. Buscará una botella de champán en la cámara. En la gran cocina retumba, entonces, una voz familiar que se acerca, un “¡Jesús, qué calor!”, y Margarita no lo piensa: abre el gran frigorífico – “no sea que alguien me vea. Está fresco, perfecto… ¿y la luz?” -, se recoge las faldas – “cuidado con no mancharme el traje” – y avanza por el oscuro túnel.

Huele a sangre. A cada lado de la cámara abruman silenciosos los cuerpos muertos de los bichos, como si echasen sobre ella su aliento gélido. Sus bigotes tiesos le rozan las piernas y Margarita, sin importarle, avanza hacia el interruptor. Amontonando conejos sobre corzos, perdices sobre faisanes, alguien ha hecho sitio a ocho magníficas cajas de champán – “francés”, dice Margarita, como si entendiera de eso-. “Ya lo dijo papa: que echaría la casa por la ventana para mi boda. Pobrecillo mío, me hubiera gustado ser más cariñosa con él ultimamente, pero es que siempre estoy tan ocupada: que si el ropero, que si Andrés y luego las meriendas con las amigas…” Margarita se agacha, abre una caja, se vuelve para salir con una botella bien fría en la mano y encuentra la puerta cerrada.

Es una broma, claro. Genoveva me ha visto entrar aquí y quiere darme una lección, como aquella vez que me encerró en la buhardilla llena de ratas. “¡Niña traviesa – dirá ahora cuando abra -, para que aprendas a no enredar!, ¡mira que meterte dentro de la cámara vestida de novia!”
-¡Abre, genoveva, guapa! ¡Déjate de sermons, vieja estúpida!
Por un momento siente miedo. “Anda que tendría gracia que me manchara el vestido, con tanto bicho muerto como hay aquí.”
-¡Abre, bruja!
Empieza a sentir frío. “Con lo delicada que soy de la garganta, ya verás, ya… ¡Menudo viaje de novios le voy a dar a Andrés, como me constipe, venga de vahos e inhalaciones! Anda, ¿y qué va a pensar Andrés? Pues que piense lo que quiera, que para eso sera ya mi marido… ¿A qué espera esta vieja hija de puta? Bruja sorda, ¿no me oyes golpear…?, pero si casi tiro la puerta abajo. ¡Mira lo que has conseguido… se me ha manchado la cola del traje! ”
-¡Mamá. Mama dile a este malaje que abra, que abra!
“¿Y si no me hubiera visto nadie? No, no. Yo oí la voz de Genoveva bien clarita que venía de la puerta del office. Estará allí, al otro lado, riendo con esas encías desdentadas que tiene. Hace tanto frío… Ahora me gustaría haber elegido el otro traje, ese tan modosito, tan de niña buena que le gustaba a mi suegra, vieja cursi – como dice papa-, que por tener dos fábricas ya se cree una señora y, claro de eso nada. Pero, ¿es que nadie va a sacarme de aquí? Ya habrá llegado el cura, me estarán buscando para que le salude, y al ver que no estoy arriba, vendrán a la cocina; entonces me oirán…”
-¡Mamá, mama, ayúdame, por favor!
Y si todo esto estuviera planeado? No me quieren, nadie me quiere, dejarán que me muera aquí, rodeada de bichos… ¡pero qué digo! Todos me adoran: mi padre, mi madre… Recuerdo cómo lloraban aquella vez que creyeron que tenía la viruela; por suerte, no me quedó señal en la cara, ni ma más minima, porque ahora, de joven, no se nota tanto, pero luego con los años… Ya sé lo que voy a hacer: voy a sentarme aquí mismo, sobre estas cajas, y si se mancha el vestido, pues que se manche, ya lo limpiará Genoveva. Vieja hipócrita, maldita víbora, ¿dónde estás? Bien que querías que no me casara: “Tú estás condená, terminarás junto al otro; me lo han dicho los espíritus: un día volverá a buscarte.” Vieja sucia, bien sé yo por qué decías eso, porque, porque Lucas, mi primo, es…
“¡Dios mío, Virgencita de los Remedios, amparo de pecadores!, prometo ir hasta tu santurario de rodillas, prometo llevarte flores, dinero para los ancianitos. ¡Sálvame, Madre mía!; tengo frío, frío… Pero ¿es que nadie va a notar mi falta hoy, el día de mi boda, o es que quieren…?
Ya está. Andrés que se ha enterado. Claro, tenía que ocurrir. Ya lo dice mamá: “Genaro, que las cosas no se arreglan así, que ni casando a la niña nos libramos de aquella deshonra; que alguna vez ha de aparecer Lucas, y, entonces, se sabrá.” Pero Andrés lo comprenderá, porque él es bueno; sabrá perdonar lo que pasó aquella vez, el día de mi Primera Comunión, vestida de blanco, como hoy.
Ahora, de buena gana me echaría por encima algunos de esos bichos asquerosos, llenos de sangre, para quitarme este frío terrible que no me deja pensar y que me hace decir tonterías; quiero cubrirme entera con las liébres para no ver más este traje blanco.
-¡Papá, papa, ayúdame, por favor!
Y mi primo Lucas que se acerca y me besa a escondidas; y yo que no sé que en realidad él es mi hermano – ese del que nunca hablan en casa -, que ha venido; y Genoveva que insiste en que no se lo diga a nadie: “Lucas es marino, ¿sabes, bonita? , y ha venido de muy lejos solo para verte el día de tu Primera Comunión; pero no se lo digas a mama, es un secreto…” Tengo el vestido manchado de sangre: ya nunca me casaré. ¿Dónde está Lucas, mamá?, y mamá que no quiere decírmelo; nunca nadie me dijo nada y tuve que enterarme por tía Avelina, que siempre se va de la lengua: “¡Cuidadito!, que esta historia no debe salir de la familia, ¿eh? Lucas no es marino, no es tu primo, es tu hermano. Está encerrado desde hace mucho tiempo porque…”
Tengo frío, frío. Voy a arrimarme a ese venado grande, a esconderme bajo él; sus babas frías me hielan la cara y la sangre, la sangre… “No hagas eso, primo Lucas, me estás haciendo daño”; pero él me golpeó en la cara, en el cuello, y sus manos grandes entran bajo mi falda blanca; pero a mí me gusta así: sentir su peso, ese calor extraño entre los muslos y la sangre caliente que brota de mí… “Me voy a manchar el traje, ¡quita, quita!” Esto nunca debe saberlo Andrés. Tengo que sentarme bien, ¿qué hago así? Este animal asqueroso y mi pobre vestido… ¡Santa María de los Remedios, auxíliame!; seis vueltas a tu santuario de rodillas, la limosna de los ancianitos y un nuevo rosario de perlas para tí… ¡Madre mía, ayúdame! Andrés, no debe enterarse nunca de aquello, de esto, te lo pido por tu hijo, nuestro Señor. Y ahora, ¿qué pasa? Oigo algo, espera… ¡Madre mía, espera un momento, no les dejes entrar aún, que no entre nadie! Tengo frío, mucho frío, y la sangre, y los muertos… No puede ser, ¡ en este momento, no!, tengo el traje manchado; no permitas, Virgencita, que ellos vean que estoy aquí, otra vez con Lucas…

 

© Carmen Posadas 2006 Subir