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Cuando llegó
la tan esperada fecha, a Margarita le pareció que en
nada se distinguía de los otros días de la primavera
cordobesa. La mañana amaneció fría, el
aire claro, al café preparado por Genoveva le faltaba
azúcar, y su madre no tardó en quejarse de flato
como tantas veces. Tampoco podia decirse que hubiera dormida
mal; tal vez una cierta agitación la hizo despertarse
antes de que Genoveva entrara con el café y las tostadas,
pero eso fue todo. Estaba tranquila.
El ajetreo empezó luego, con el ir y venir de criados
pidiendo órdenes, cuando Elvira, su madre, olvidándose
del flato, empezó a disponerlo todo: “…porque
hay poco tiempo y aún queda mucho por hacer... Bartolo,
ocúpese usted de las flores para la capilla, y dígale
a Paca que venga: tenemos que hablar de los dulces…
Niña, avisa a tu padre, que hoy no es día para
despachar asuntos de la finca, la casa está llena de
invitados…¡Santa María de los Remedios!”
Sólo entonces Margarito pensó en Andrés
y dejó asomar unos cuantos pensamientos inconexos que
la llenaban tanto de alegría como de miedo. No le asustaba
la idea de que hoy terminase toda una etapa de su vida, una
infancia protegida y casi feliz que se iniciara diecisiete
años antes, el día de su nacimiento, tan deseado,
tan comentado por todos: “¿Sabes que los Fresneda,
al fin, han conseguido tener una niña?” “¡Gracias
al cielo!, después de ese hijo malaje que...”
“ Y tú que decías que el pobre Genaro
se había vuelto impotente…¡Jesús,
cuánta calumnia!” Y tampoco se arrepentía
de haber hecho caso a sus padres con respecto a Andrés
– tan buen partido y listo, además -, porque
ella estaba realmente enamorada de él; eso era lo único
que importaba.
Su madre se había empeñado en que se quedara
toda la mañana en la cama, dejando que los potingues
ancestrales que sabía preparar Genoveva hicieran en
su piel algún milagro de belleza, cosa totalmente innecesario,
puesto que ella era ya suficientemente guapa. Por eso, y porque
quería participar en todo, Margarita apenas logró
mantener sobre sus ojos, durante unos minutos, las compresas
de agua de azahar que le habían prescrito. Quería
bajar al salon, ser el centro de todas las miradas –
como siempre, más que nunca – ya que aquél
era el día de su boda.
Allí, junto a la puerta, la esperarían Andrés
- ¿tal vez un poco pálido? – y los vecinos,
y sus tíos, los de Villafranca, que no se perdían
festejo, sobre todo los de postín, como prometúa
ser éste. “Vaya mujer te llevas, Andrés…,
carita de angel que tiene mi niña…” y,
mientras, Andrés la miraría ya menos pálido
poque empezaría a brotar en su cara todo su deseo por
ella, su amor de adolescente, que ya esa tarde sería
adulto a golpe de apretones de mano, parabienes y responsabilidades
aceptadas: mantenerla, honrarla y respetarla, conforme a un
rito nunca cuestionado.
Mañana de bodas para recibir todos los cumplidos
de niña mimada y mirarse al espejo ensayando poses
dignas, de dama, de señora que ya el año que
viene lucirá mantilla negra en las corridas de feria,
como Dios manda. Mañana de abril cordobés para
flotar en una agradable nube lejana, mientras Madre y Genoveva
trajinan, sudan – flato o no flato -, ordenan y se desesperan
allá abajo, en una realidad desconocida para Margarita.
En su habitación, cerrando con la puerta las diferentes
voces que de ella hablan – jardineros y cotillas, amigos
y parientes -, Margarita se prueba su traje de novia. Con
ese sigilo de la niña que aún es, a escondidas
para que no la vean Madre y Genoveva – “cielo,
que lo mancharás, que todavía faltan dos horas…¡Jesús!,
pueden verte y trae mala suerte ver a la novia antes de la
ceremonia…”-, Margarita se viste, ¡y le
queda tan bien! De tal forma se ciñe a sus hombros
el encaje, la seda a su estrecha y breve cintura – “no
vayan a pensar que está…” -, y luego la
amplia falda cae hasta los pies, grande, pesada. Margarita
gira, hace reverencias, piensa en el día de su Primera
Comunión y en un traje blanco como aquél, cuando
Lucas la besó bajo las lilas. Lucas, su primo –
ella siempre le ha llamado así -, el marino de la boca
grande y la voz grave que le hizo sentir por primera vez eso
mismo que ahora siente pensando en Andrés y en la noche
próxima: un calor absurdo entre los muslos. “No,
no…., pero si aquello no fue nada, nada importante…”
Entreabre sus piernas bajo el traje de novia, y la niña
vuelve a girar, pero su imagen en el espejo tiene ahora una
expresión casi feroz que la asusta; y ella ríe.
Hace tanto calor… Margarita no se atreve a abrir las
ventanas, no quiere que se le escape ese momento incompartible;
quiere estar sola, disfrutar de su compañía
por más tiempo, pero tiene sed. Verdaderamente, hace
demasiado calor. Abajo, en el patio, vuelve a oír las
voces entremezcladas de su madre y los criados. Falta poco.
Pronto llegará el señor cura y Margarita tendrá
que cambiarse, bajar a besarle la mano – “Don
Antonio, buenas tardes” – para que él le
dé una palmadita en la mejilla con su mano temblorosa,
la misma que le echo las agues bautismales, la misma que esta
tarde le echará las bendiciones.
Tan solo un minuto, un minuto más para ella sola,
mientras piensa en Andrés y en el primo Lucas. “Jesús,
¡qué calor! ¿Y si me acercara a la cocina
a por algo fresquito?” Margarita abre la puerta, se
asoma al pasillo. Abajo, Madre y Padre discuten por no se
sabe qué ahora, y Margarita con su traje de novia corre
hasta la cocina vacía aún, porque con el revuelo
nadie piensa en almorzar, “que ya nos jartaremos luego,
en el bodorrio…” Quizá es la curiosidad,
o ese estado de ánimo rebelde de disfrutar a escondidas,
lo que detiene la mano cuando ya acerca a los labios el vaso
de agua. Margarita mira la gran cámara frigorífica
de la que su Padre está tan orgulloso – “vea
usted, grande como un autobus yo soy muy aficionado a la caza
como buen Fresneda, ya sabe: corzos, perdices, todo lo que
usted quiera cabe dentro de este modelo de Westinghouse…”
- y siente la tentación de continuar su fiesta privada
con algo más excitante que el agua clara, “un
poco de champán, quizá.”
Sonríe, se mira en el fondo de los cazos de cobre
que cuelgan de la pared, se encuentra guapa de verdad, anhela
volver arriba para seguir fantaseando en la felicidad que
le espera luego, esa misma noche, y conárselo todo
al espejo que la complacerá enseñandole sus
rasgos menudos y sensuales. Deja el vaso sobre el mármol.
Buscará una botella de champán en la cámara.
En la gran cocina retumba, entonces, una voz familiar que
se acerca, un “¡Jesús, qué calor!”,
y Margarita no lo piensa: abre el gran frigorífico
– “no sea que alguien me vea. Está fresco,
perfecto… ¿y la luz?” -, se recoge las
faldas – “cuidado con no mancharme el traje”
– y avanza por el oscuro túnel.
Huele a sangre. A cada lado de la cámara abruman
silenciosos los cuerpos muertos de los bichos, como si echasen
sobre ella su aliento gélido. Sus bigotes tiesos le
rozan las piernas y Margarita, sin importarle, avanza hacia
el interruptor. Amontonando conejos sobre corzos, perdices
sobre faisanes, alguien ha hecho sitio a ocho magníficas
cajas de champán – “francés”,
dice Margarita, como si entendiera de eso-. “Ya lo dijo
papa: que echaría la casa por la ventana para mi boda.
Pobrecillo mío, me hubiera gustado ser más cariñosa
con él ultimamente, pero es que siempre estoy tan ocupada:
que si el ropero, que si Andrés y luego las meriendas
con las amigas…” Margarita se agacha, abre una
caja, se vuelve para salir con una botella bien fría
en la mano y encuentra la puerta cerrada.
Es una broma, claro. Genoveva me ha visto entrar aquí
y quiere darme una lección, como aquella vez que me
encerró en la buhardilla llena de ratas. “¡Niña
traviesa – dirá ahora cuando abra -, para que
aprendas a no enredar!, ¡mira que meterte dentro de
la cámara vestida de novia!”
-¡Abre, genoveva, guapa! ¡Déjate de sermons,
vieja estúpida!
Por un momento siente miedo. “Anda que tendría
gracia que me manchara el vestido, con tanto bicho muerto
como hay aquí.”
-¡Abre, bruja!
Empieza a sentir frío. “Con lo delicada que soy
de la garganta, ya verás, ya… ¡Menudo viaje
de novios le voy a dar a Andrés, como me constipe,
venga de vahos e inhalaciones! Anda, ¿y qué
va a pensar Andrés? Pues que piense lo que quiera,
que para eso sera ya mi marido… ¿A qué
espera esta vieja hija de puta? Bruja sorda, ¿no me
oyes golpear…?, pero si casi tiro la puerta abajo. ¡Mira
lo que has conseguido… se me ha manchado la cola del
traje! ”
-¡Mamá. Mama dile a este malaje que abra, que
abra!
“¿Y si no me hubiera visto nadie? No, no. Yo
oí la voz de Genoveva bien clarita que venía
de la puerta del office. Estará allí, al otro
lado, riendo con esas encías desdentadas que tiene.
Hace tanto frío… Ahora me gustaría haber
elegido el otro traje, ese tan modosito, tan de niña
buena que le gustaba a mi suegra, vieja cursi – como
dice papa-, que por tener dos fábricas ya se cree una
señora y, claro de eso nada. Pero, ¿es que nadie
va a sacarme de aquí? Ya habrá llegado el cura,
me estarán buscando para que le salude, y al ver que
no estoy arriba, vendrán a la cocina; entonces me oirán…”
-¡Mamá, mama, ayúdame, por favor!
Y si todo esto estuviera planeado? No me quieren, nadie me
quiere, dejarán que me muera aquí, rodeada de
bichos… ¡pero qué digo! Todos me adoran:
mi padre, mi madre… Recuerdo cómo lloraban aquella
vez que creyeron que tenía la viruela; por suerte,
no me quedó señal en la cara, ni ma más
minima, porque ahora, de joven, no se nota tanto, pero luego
con los años… Ya sé lo que voy a hacer:
voy a sentarme aquí mismo, sobre estas cajas, y si
se mancha el vestido, pues que se manche, ya lo limpiará
Genoveva. Vieja hipócrita, maldita víbora, ¿dónde
estás? Bien que querías que no me casara: “Tú
estás condená, terminarás junto al otro;
me lo han dicho los espíritus: un día volverá
a buscarte.” Vieja sucia, bien sé yo por qué
decías eso, porque, porque Lucas, mi primo, es…
“¡Dios mío, Virgencita de los Remedios,
amparo de pecadores!, prometo ir hasta tu santurario de rodillas,
prometo llevarte flores, dinero para los ancianitos. ¡Sálvame,
Madre mía!; tengo frío, frío… Pero
¿es que nadie va a notar mi falta hoy, el día
de mi boda, o es que quieren…?
Ya está. Andrés que se ha enterado. Claro, tenía
que ocurrir. Ya lo dice mamá: “Genaro, que las
cosas no se arreglan así, que ni casando a la niña
nos libramos de aquella deshonra; que alguna vez ha de aparecer
Lucas, y, entonces, se sabrá.” Pero Andrés
lo comprenderá, porque él es bueno; sabrá
perdonar lo que pasó aquella vez, el día de
mi Primera Comunión, vestida de blanco, como hoy.
Ahora, de buena gana me echaría por encima algunos
de esos bichos asquerosos, llenos de sangre, para quitarme
este frío terrible que no me deja pensar y que me hace
decir tonterías; quiero cubrirme entera con las liébres
para no ver más este traje blanco.
-¡Papá, papa, ayúdame, por favor!
Y mi primo Lucas que se acerca y me besa a escondidas; y yo
que no sé que en realidad él es mi hermano –
ese del que nunca hablan en casa -, que ha venido; y Genoveva
que insiste en que no se lo diga a nadie: “Lucas es
marino, ¿sabes, bonita? , y ha venido de muy lejos
solo para verte el día de tu Primera Comunión;
pero no se lo digas a mama, es un secreto…” Tengo
el vestido manchado de sangre: ya nunca me casaré.
¿Dónde está Lucas, mamá?, y mamá
que no quiere decírmelo; nunca nadie me dijo nada y
tuve que enterarme por tía Avelina, que siempre se
va de la lengua: “¡Cuidadito!, que esta historia
no debe salir de la familia, ¿eh? Lucas no es marino,
no es tu primo, es tu hermano. Está encerrado desde
hace mucho tiempo porque…”
Tengo frío, frío. Voy a arrimarme a ese venado
grande, a esconderme bajo él; sus babas frías
me hielan la cara y la sangre, la sangre… “No
hagas eso, primo Lucas, me estás haciendo daño”;
pero él me golpeó en la cara, en el cuello,
y sus manos grandes entran bajo mi falda blanca; pero a mí
me gusta así: sentir su peso, ese calor extraño
entre los muslos y la sangre caliente que brota de mí…
“Me voy a manchar el traje, ¡quita, quita!”
Esto nunca debe saberlo Andrés. Tengo que sentarme
bien, ¿qué hago así? Este animal asqueroso
y mi pobre vestido… ¡Santa María de los
Remedios, auxíliame!; seis vueltas a tu santuario de
rodillas, la limosna de los ancianitos y un nuevo rosario
de perlas para tí… ¡Madre mía, ayúdame!
Andrés, no debe enterarse nunca de aquello, de esto,
te lo pido por tu hijo, nuestro Señor. Y ahora, ¿qué
pasa? Oigo algo, espera… ¡Madre mía, espera
un momento, no les dejes entrar aún, que no entre nadie!
Tengo frío, mucho frío, y la sangre, y los muertos…
No puede ser, ¡ en este momento, no!, tengo el traje
manchado; no permitas, Virgencita, que ellos vean que estoy
aquí, otra vez con Lucas…
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