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En nuestra última
cita arremetía yo contra los adivinos y videntes que
andan por ahí haciéndose ricos gracias a la ingenuidad
de tantos. Esta semana, para que vean que no soy tan ultra racional
y descreída, me gustaría hablarles de conjuros.
Empezaré diciendo que para mí la fuerza de los
conjuros no radica en nada mágico ni sobrenatural sino
en todo lo contrario, es decir en algo perfectamente natural.
A ver si sé explicarme. En mi opinión, desde tiempos
muy remotos, a través de la magia el hombre ha realizado
acciones propias de la voluntad que, posiblemente, sería
incapaz de poner en marcha de otro modo. Lo que quiero decir
es que todos tenemos la capacidad de lograr metas consideradas
imposibles como, por ejemplo, curarnos de una enfermedad mortal
o alcanzar objetivos que normalmente exceden la capacidad humana.
Un creyente llamaría a esto la fe que mueve montañas.
Yo, que también soy creyente, pienso, sin embargo, que
no se trata de una intervención divina directa sino que
nosotros mismos, invocando una fuerza superior, a veces logramos
poner en marcha ciertos resortes con los que nos ha dotado la
Providencia pero que, por las razones que sean, hemos olvidado
cómo se activan. Espero no estar metiéndome en
un berenjenal metafísico innecesariamente intrincado
para explicar los mecanismos de la voluntad. Mi intención
no es hablar de logros extraordinarios – en los que desde
luego creo (y el ejemplo de la curación de una enfermedad
considerada mortal es el caso más notable) – sino
de logros más lúdicos, digamos. Estamos a comienzos
de año, y, como todo el mundo hace Buenos propósitos,
me gustaría proponerles a ustedes algún conjuro
que al menos a mí me ha funcionado. Los conjuros, como
los ritos, no son otra cosa que símbolos. Cuando escenificamos
un ritual o realizamos un conjuro, ya sea atarse un lacito rojo
para conseguir novio o ponerle perejil a San Pancracio, lo que
hacemos en realidad es colocar en algún lugar muy visible
una señal de que deseamos algo. Y esa señal, unida
a la convicción de que San Pancracio o quien quiera que
sea el patrono de los lacitos rojos nos van a ayudar, es lo
que hace que, inconscientemente, “trabajemos” para
lograr ese objetivo. Por tanto, no son San Pancracio, ni Cupido,
ni Mandinga, ni el lucero del alba quienes son conceden nuestro
deseo sino nuestra propia voluntad puesta en marcha por tan
peregrino mecanismo.
Aclarado este punto, me permito confiarles a modo de regalo
de Reyes un conjuro que existe en Uruguay y que sirve para cambiar
de vida. Supongamos que han tenido un desastroso 2005 y les
gustaría inaugurar una nueva racha más próspera.
Bien, para marcar en el subconsciente ese deseo de cambio, en
mi país lo que hacemos es que le damos la vuelta a la
pisada. Desconozco el origen del ritual. Pero como ha de realizarse
en el campo, imagino que algo tendrá que ver con creencias
de los gauchos. Para llevarlo a cabo, lo único que hay
que hacer es marcar la huella del pie derecho en barro húmedo
y a continuación con una palita o utensilio similar levantar
un cepellón de tierra con la huella y volverlo a colocar
pero mirando hacia el lado opuesto al que miraba antes. Como
ven, la simbología es muy clara, pues se trata de cambiar
la dirección de nuestros pasos. Si quieren adornar un
poco el ritual (la escenificación siempre ayuda) les
diré que es aconsejable hacerlo de noche y, a ser posible,
a la luz de la luna. Mientras se realiza, tampoco hay que olvidar
repetir mentalmente el deseo confiando en que se cumplirá,
con toda la fe posible. En fin, tengo otros muchos conjuros
sudacas, como los ñoquis del 29 para conseguir dinero
y las cintitas del Senhor de Bonfim da Bahía para encontrar
pareja, de los que también me gustaría hablar
con ustedes en alguna otra ocasión. Mientras tanto,
si ponen en marcha mi conjuro gaucho y les da resultado, por
favor no dejen de decírmelo, porque me encanta compartir
con ustedes estos pequeños secretos.
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