"Las risas se oyen hasta el paseo de la Reforma. Álvaro Mutis, el poeta colombiano, hace su célebre imitación de Pablo Neruda. Recién llegado de Colombia, todos lo han recibido como al Mesías. Es el salvador de las fiestas. Baile que te baile, de coctel en coctel, seduce a la duquesa de Altamira, a la marquesa de Villamarcilla... Así como fluye el champaña, fluyen las historias de Álvaro Mutis y sus carcajadas que levantan cualquier reunión como las burbujas al champaña. Junto a él nada es plano; y nada le gusta tanto a una mujer como sentirse espuma. Mutis cuenta chistes, está al corriente tanto de los últimos movimientos literarios como de las tendencias pictóricas más modernas. Habla de Goethe, de Brigitte Bardot y de las misas negras. Y sobre todo se ríe de oreja a oreja, hasta quedar exhausto. Declama en francés y dice adivinanzas en slang. Tiene una reserva de viajes verdaderamente inagotable. A los europeos les habla de Siam, a los suramericanos de Europa y a los "debutantes" les relata aventuras soñadas en la corte de Luis XIV. Fiel lector de extrañas revistas (el Crapouillot, que cuenta entre sus números uno dedicado a "L'érotisme chez les papes" o algo así como "El erotismo en las comunidades coptas del siglo XVI"), posee lujosísimas y muy raras ediciones limitadas. Con Octavio Paz se pasa conversando la noche entera acerca de las relaciones entre la mística y el porvenir del hombre. También a Paz lo seduce. No dejará de hacerlo jamás. Tiene con qué. Cosmopolita, viajado, culto, sensible, bondadoso, mundano, encantador, es el rey. Nada se le atora. Su charme derrite. Álvaro Mutis parte plaza. Cruza los salones con la gallardía que lo caracteriza y sus dientes son rompevientos, rompeolas, rompelabios y, claro, rompecorazones..."

Elena Poniatowska

 
 


Crónica de un encuentro con Maqroll el Gaviero" (fragmento).

Perdido en la noche furtiva de ojos de murciélago
durmió en lo más hondo
de cabelleras suntuosas, susurros y plumas, vegetaciones,
y el relámpago del tigre en la sombra sexual
de hoteles lacustres alzados sobre pilotes,
bebió, soñó, reflexionó largamente
en los poderes perdidos, arrojados a los Hospitales de
Ultramar.

¿De que habló?
Del olor de los eucaliptos,
del vino y sus gemidos de adiós,
de la memoria que torna indeleble un rostro,
una ausencia,
un paisaje que cambia de lugar,
un día que no acaba nunca de pasar
día tras día, cubierto de sangre y de helechos.

¿Y su casa?
Se abre hasta el hueso de la tiniebla,
en la risa de los cafetales, tierna y despótica
como toda la presencia amante.

La sagrada savia de México subía por las piedras
hacia el corazón de los dioses,
y de pronto
un loro fulminado cayó sobre el sofá, junto a Maqroll,
una joya de las constelaciones,
un indescifrable mensaje, una ofrenda en el viento
inmenso.

¿De qué cielo cayó esa ave muerta?
¿De qué patio de infancia con reyes desnudos envueltos
en hojas de tabaco, en la raíz del corazón y fugaces estrellas en labios de sirvientas]
entrevistas a la orilla de un río llenos de pepitas de oro?…

Nada sé. Sólo narro los hechos.
Lo sucedido.
Y tan lejos, Maqroll el Gaviero repite su insondable
melopea,
su abalanza fanática por tesoros inválidos,
por las grandes promesas incumplidas,
por todo esplendor en la corriente, por toda gracia recibida
en la tierra y su calor animal,
en un paisaje amenazador
como esos pálidos cielos de sol ciego sobre espumas
en la playa donde van a morir los alcatraces.

Enrique Molina

 
 
. © Álvaro Mutis 2001