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4.
Por supuesto que le iba bien, si era una versión
culta y magnificada de ella, y conocido en medio planeta, no tanto
por su poesía como por ser el hombre más simpático del mundo.
Por dondequiera que pasaba iba dejando el rastro inolvidable de
sus exageraciones frenéticas, de sus comilonas suicidas, de sus
exabruptos geniales. Sólo quienes lo conocemos y lo queremos más
sabemos que no son más que aspavientos para asustar a sus fantasmas.
Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga Álvaro
Mutis por la desgracia de ser tan simpático. Lo he visto tendido
en un sofá, en la penumbra de su estudio, con un guayabo de conciencia
que no le envidiaría ninguno de sus felices auditores de la noche
anterior. Por fortuna, esa soledad incurable es la otra madre
a la que debe su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de
lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la
desolación interminable de su poesía.
Lo he visto escondido del mundo en las sinfonías paquidérmicas
de Bruckner como si fueran divertimentos de Scarlatti. Lo he visto
en un rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas
largas vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado
de las obras completas de Balzac. Cada cierto tiempo, como quien
va a ver una película de vaqueros, relee de una tirada "En busca
del tiempo perdido". Pues una buena condición para que lea un
libro es que no tenga menos de 1.200 páginas. En la cárcel de
México, adonde estuvo por un delito del que disfrutamos muchos
escritores y artistas, y que sólo él pagó, permaneció los 16 meses
que él considera los más felices de su vida.
Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por sus
oficios tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre
de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el
ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor
a los mastines en la niebla de Transilvania. El me dijo cuando
se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara
de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido
así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos
a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de
los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años.
Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo
todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las
de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a
encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es sólo él,
como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.
Quedémonos con esta azarosa conclusión, quienes
hemos venido esta noche a cumplir con Álvaro estos 70 años de
todos. Por primera vez sin falsos pudores, sin mentadas de madre
por miedo de llorar, y sólo para decirle con todo el corazón,
cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos.
Gabriel García Márquez
(Discurso leído
por Gabriel García Márquez, en la Biblioteca Nacional
de Colombia, durante la celebración del 70 cumpleaños
de Álvaro Mutis)
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