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3.
Otro buen sustento de esta amistad es que la mayoría
de las veces en que hemos estado juntos, ha sido viajando. Esto
nos ha permitido ocuparnos de otros y de otras cosas la mayor
parte del tiempo, y sólo ocuparnos el uno del otro cuando
en realidad valía la pena. Para mí, las horas interminables
de carreteras europeas han sido la universidad de artes y letras
donde nunca estuve. De Barcelona a Aix-en-Provence aprendí
más de 300 kilómetros sobre los cátaros y
los papas de Aviñón. Así en Alejandría
como en Florencia, en Nápoles como en Beirut, en Egipto
como en París. Sin embargo, la enseñanza más
enigmática de aquellos viajes frenéticos fue a través
de la campiña belga, enrarecida por la bruma de octubre
y el olor de caca humana de los barbechos recién abandonados.
Álvaro había manejado durante más de tres
horas, aunque nadie lo crea, en absoluto silencio. De pronto dijo:
"País de grandes ciclistas y cazadores". Nunca
nos explicó qué quiso decir, pero nos confesó
que él lleva dentro un bobo gigantesco, peludo y babeante,
que en sus momentos de descuido suelta frases como aquella, aun
en las visitas más propias y hasta en los palacios presidenciales,
y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se vuelve
loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los libros.
Con todo, los mejores recuerdos de esa escuela errante no han
sido las clases, sino los recreos. En París, esperando
que las señoras acabaran de comprar, Álvaro se sentó
en las gradas de una cafetería de moda, torció la
cabeza hacia el cielo, puso los ojos en blanco y extendió
su trémula mano de mendigo. Un caballero impecable le dijo
con la típica acidez francesa: "Es un descaro pedir
limosna con semejante suéter de cachemir". Pero le
dio un franco. En menos de 15 minutos recogió 40.
En Roma, en casa de Francesco Rosi, hipnotizó a Fellini,
a Mónica Vitti, a Alida Valli, a Alberto Moravia, a la
flor y nata del cine y de las letras italianas, y los mantuvo
en vilo durante horas, contándoles sus historias truculentas
del Quindío en un italiano inventado por él, y sin
una sola palabra de italiano. En un bar de Barcelona recitó
un poema con la voz y el desaliento de Pablo Neruda, y alguien
que había escuchado a Neruda en persona le pidió
un autógrafo creyendo que era él. Un verso suyo
me había inquietado desde que lo leí: "Ahora
que sé que nunca conoceré Estambul". Un verso
extraño en un monárquico insalvable, que nunca había
dicho Estambul sino Bizancio, como no decía Leningrado
sino San Petersburgo mucho antes de que la historia le diera la
razón. No sé por qué tuve el presagio de
que debíamos exorcizar aquel verso conociendo Estambul.
De modo que lo convencí de que nos fuéramos en un
barco lento, como debe ser cuando uno desafía al destino.
Sin embargo, no tuve un instante de sosiego durante los tres días
que estuvimos allí, asustado por el poder premonitorio
de la poesía. Sólo hoy, cuando Álvaro es
un anciano de 70 años y yo un niño de 66, me atrevo
a decir que no lo hice por derrotar un verso, sino por contrariar
a la muerte.
De todos modos, la única vez en que de veras me he creído
a punto de morir, también estaba con Álvaro. Rodábamos
a través de la Provenza luminosa, cuando un conductor demente
se nos vino encima en sentido contrario. No me quedó otro
recurso que dar un golpe de volante a la derecha sin tiempo para
mirar adónde íbamos a caer. Por un instante sentí
la sensación fenomenal de que el volante no me obedecía
en el vacío. Carmen y Mercedes, siempre en el asiento posterior,
permanecieron sin aliento hasta que el automóvil se acostó
como un niño en la cuneta de un viñedo primaveral.
Lo único que recuerdo de aquel instante es la cara de Álvaro
en el asiento de al lado, que me miraba un segundo antes de morir
con un gesto de conmiseración que parecía decir:
"¡Pero qué está haciendo este pendejo!".
Estos exabruptos de Álvaro nos sorprenden menos a quienes
conocimos y padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer
hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo
desde los 20 años porque empezó a verse distinta
de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba
en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis
en las fincas de la sabana. En Nueva York le pedí una noche
que se quedara cuidando a mi hijo de 14 meses mientras íbamos
al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos
cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor
con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo
con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos
otro día en los almacenes Macy's, y cuando regresamos la
encontramos sola. Mientras los servicios de seguridad buscaban
al niño, ella trató de consolarnos con la misma
serenidad tenebrosa de su hijo:
"No se preocupen. También Alvarito se me perdió
en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean
lo bien que le va".
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