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2.
Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad
de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer
por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca
se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los más
jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres,
los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia
florida y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es
posible ser poeta sin morir en el intento.
Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa
virtud. Ya conté alguna vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer
ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: "Ahí tiene, para que aprenda".
Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura
de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de otro modo, sino a
tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy
escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido
Álvaro Mutis desde que escribí "Cien años de soledad". Casi todas
las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara
los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones
aunque no fuera el mismo cuento. Él los escuchaba con tanto entusiasmo
que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados
por él. Sus amigos me los contaban después tal como Álvaro se
los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado
el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me
llamó indignado:
"Usted me ha hecho quedar como un perro con mis
amigos", me gritó. "Esta vaina no tiene nada que ver con lo que
me había contado".
Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus
juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo
menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque
él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto
hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho.
Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar
en estos tiempos tan ruines. La respuesta es simple: Álvaro y
yo nos vemos muy poco, y sólo para ser amigos. Aunque hemos vivido
en México más de 30 años, y casi vecinos, es allí donde menos
nos vemos. Cuando quiero verlo, o él quiere verme, nos llamamos
antes por teléfono para estar seguros de que queremos vernos.
Sólo una vez violé esta regla de amistad elemental, y Álvaro me
dio entonces una prueba máxima de la clase de amigo que es capaz
de ser.
Fue así: ahogado de tequila, con un amigo muy querido, toqué a
las cuatro de la madrugada en el apartamento donde Álvaro sobrellevaba
su triste vida de soltero y a la orden. Sin explicación alguna,
ante su mirada todavía embobecida por el sueño, descolgamos un
precioso óleo de Botero, de un metro y veinte por un metro; nos
lo llevamos sin explicaciones e hicimos con él lo que nos dio
la gana. Álvaro no me ha dicho nunca una palabra sobre el asalto,
ni movió un dedo para saber del cuadro, y yo he tenido que esperar
hasta esta noche de sus primeros 70 años para expresarle mi remordimiento.
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