CARTA SEGUNDA
De una madre feliz
Nunca hago esto de escribir a escritores,
pero justo ahora, mientras daba de mamar a mi hijo de
3 meses, leía tu artículo sobre "El
desastre de parir" y me ha apetecido decirte algo.
Ante todo, gracias por el artículo.
Me llamo Carolina XXXXX, tengo 33 años,
desde hace 8 vivo en Londres y en mayo di a luz a mi
hijo en un suburbio londinense bastante deprimente y
lleno de chicken burgers, pero guardo un excelente recuerdo
de la llegada de mi pequeño a este mundo.
Lo que contribuyó en gran medida a hacer de aquel
día una ocasión tan positiva, fue precisamente
parir sin tener la sensación de estar enferma.
Consideré largo y tendido si tener a mi hijo
en Londres o en Barcelona y finalmente opté por
Inglaterra por razones prácticas. A medida que
mi embarazo, que me pareció uno de los momentos
más felices de mi vida y del que disfruté
cada segundo, iba avanzando, me fui enterando de cómo
se iban haciendo las cosas por aquí.
Lo hice todo por la seguridad social. Fui a cursillos
gratis de
aprender a dar de mamar, en el que te dan muñecos
para practicar y una teta falsa-a mí me tocó
un nenuco negro al que llamé Denzel, pero también
los había asiáticos, mulatos, blancos...-
otro cursillo para informarse de todas las opciones
de parto y de las distintas drogas disponibles y diversos
tours del hospital donde te muestran todo el recorrido
que le toca hacer a una parturienta y las opciones que
tiene.
Aquí te animan a llegar el día del parto
con una lista escrita de
todas las opciones que has escogido (drogas o no, episiotomía
o no...) e intentan atenerse a ella, a no ser que el
feto sufra y
entonces actúan según ellos creen, siempre
consultándote.
Yo escogí parir en una piscina, una especie de
Estoy con Toi, pero como iba por la seguridad social,
cuando llegué con contracciones galopantes, resultó
que estaba cogida y a cambio me prepararon un baño.
También caminé, me arrastré por
el suelo, anduve a cuatro patas y me dormí de
pie. Llegamos al hospital con seis almohadones, a los
que agredí con gusto en momentos de contracción
aguda. Al final, di a luz sin droga alguna, sentada
en la cama, al lado de un altarcillo de fotos que me
monté y al son de unas rancheras de José
Alfredo Jiménez que me grabé en el Ipod.
Recuerdo esa noche como una de las más felices
de mi vida.
No describiría el parto como doloroso, sino como
tremendamente intenso.
En todo momento, menos en un par de ocasiones mínimas,
se me preguntó que quería y pude escoger.
Yo quería que mi hijo (no sabía tampoco
si era niño o niña, cosa que en España
causó estupor, pero que a mí me pareció
fabuloso porque no hubo nada como la sorpresa de la
llegada de este ser tan esperado sin saber previamente
quién era) llegase a este mundo de buen rollo,
ya que casi todo lo que pasa en él me parece
tan deprimente.
Me parece que tu artículo es importante y ojalá
cambiase las cosas por allí.
Sólo tenía ganas de compartir esto, para
ver si entre todas nos
animamos e intentamos cambiar las cosas o, por lo menos,
para
asegurarnos de que en ese momento nuestras decisiones
sean las que lleven más peso.
Mi hijo se llama Laszlo. Es espectacular.
Gracias.
|