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CARTA PRIMERA

Escrita por un médico especialista en obstetricia y ginecología

He leído con atención tu artículo de esta semana, en el País Semanal, “El desastre de parir”, pues, preocupado desde hace muchos años por la situación que analizas, escribí el año XXXX, en la revista XXXXXXXX un artículo sobre el tema, con una línea de pensamiento semejante a la del libro de Isabel Fernández del Castillo.
El título de libro de Isabel Fernández del Castillo “La Revolución del Nacimiento” (no lo conozco aun), no me parece ajustado, pues, en realidad, es una “contrarrevolución”, ya que la “revolución” fue la que introdujo estas practicas obstétricas, ahora criticadas, allá por los años 50 y 60. Aquella revolución se hizo de buena fé, sobre el supuesto de que si eran acciones útiles para solucionar algunos problemas del parto, su uso sistemático evitaría su aparición. No pensaron entonces que la iatrogenia, con su aplicación generalizada, podría superar sus “supuestos” efectos beneficiosos.

Lo que sorprende es que “existiendo ahora análisis científicos de que muchas de estas acciones no producen beneficios, mientras si que pueden producir daños” y que la OMS recomienda que no se empleen de forma generalizada, la practica clínica, en muchos de nuestros Hospitales (incluido el que yo trabajo), los mantiene aun de rutina.

Las respuestas a esta situación son múltiples y complejas:

- La ignorancia de los profesionales, que formados en estos procedimientos, no se han preocupado en verificar su excelencia.

- El olvido por parte de las Asociaciones Profesionales (la SEGO en España) y en los “líderes de opinión”de la especialidad: Sus compromisos políticos y otros intereses les restan independencia.

- La aparición de profesionales “antisistema”, que tratan de negar que, bien utilizadas, esas prácticas ayudan a solucionar problemas graves, y esa negación la acompañan de la defensa de otras prácticas clínicas, tan injustificadas como las que combaten. ¡El hipopótamo es el único mamífero terrestre que pare en el agua!

- Las costumbres asistenciales, acaban por percibirse, tanto por los médicos como por los pacientes, como la buena practica médica. ¿Que hubiera ocurrido, en los momentos en que la sangría o las sanguijuelas eran tratamientos adecuados de muchas enfermedades, si un profesional no las hubiera aplicado? Esta percepción gravita con fuerza en un contexto en el que las demandas judiciales crecen exponencialmente.

- También los medios de comunicación tienen poca sensibilidad crítica en las “informaciones” médicas que divulgan, donde se ve con frecuencia la mano de las multinacionales de la tecnología de los instrumentos electrónicos o de farmaindustria. ¡Se provoca así la demanda de unos “servicios de salud” cuyos efectos beneficiosos solo se suponen ! ¿Por qué los medios de comunicación no promueven más los debates, sensatos y documentados, de estas y de otras prácticas clínicas?

- Finalmente, pero quizás la síntesis y resumen de lo anterior, en un análisis del aumento de la cesáreas, escrito por una paciente en una revista inglesa, esta sostenía que las practicas clínicas que perduran son las de mayor interés para los médicos y las matronas, no solo para ajustar sus horarios y sus compromisos, sino también para justificar sus minutas. Añadiría yo, que aquí también participan muchos otros, pues estamos en la era en la que lo fundamental es el explotar el negocio.

No siempre en Europa o en USA se da a luz de forma idílica, en ocasiones sus sistemas sanitarios presentan otros problemas, pero sí que, en los países anglosajones, las practicas clínicas relacionadas con la asistencia al parto se ajustan más a las decisiones de las pacientes, y el Consentimiento Informado se ejecuta de forma eficaz, para ayudarla a tomar estas decisiones. Hemos de reconocer que allí la formación de la población es mejor que la de nuestro país, lo que facilita y obliga a una ejecución más correcta de ese Consentimiento. En nuestro medio, el presentar alternativas para que las parturientas o las pacientes elijan provoca, casi siempre, el que surjan muchas dudas, inquietud y zozobra.

Me permitirás, para finalizar, que me sitúe en el bando de los médicos sensatos (Descartes no se equivocó), sino lo encuentras totalmente justificado por las ideas que te acabo de referir, si lo puedo probar por mi situación en el entramado oficial médico y, también, político en que me desenvuelvo, muy acorde con la línea argumental de tu artículo. ¡De los políticos, si quieres, hablaremos en otra ocasión!

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rosa MONTERO © 2005