| Entrevista.
Parte 2
Háblanos de la "escuela de cuatro
caminos", de tus años de instituto, cómo
fue el principio de Rosa Montero.
Bueno, yo no he vivido mucho el barrio, porque era una
niña enferma y luego, cuando empecé a
ir al colegio, fui al instituto Beatriz Galindo, que
estaba a siete estaciones de metro de mi casa, porque
no había dinero para pagarme un colegio. Entonces
no había escolarización plena. Y no estoy
hablando del siglo XIV: si no recuerdo mal, no hubo
escolarización plena hasta 1976. Hasta ese año,
no hubo plazas públicas para todos los niños
de España (y para niñas en Madrid no había
plazas públicas más que en dos institutos).
Tenías que pegarte y hacer cola desde las cinco
de la mañana para matricularte porque no había
sitio, y si no conseguías una plaza te quedabas
sin escolarizar: no teníamos dinero en casa para
pagar un colegio privado. Pero, comparado con lo normal
entonces para las niñas, que eran los colegios
de monjas, muy reaccionarios en la mayoría, era
un lugar estupendo. Los primeros años, hasta
los catorce, el instituto era supercutre. No iba nadie
con pasta, era todo muy cutre. Había noventa
niñas por clase, y estábamos en un palacio
que se caía (de hecho, en una ocasión
tuvieron que cerrarlo dos meses para apuntalarlo). Estabas
sentada y se te caían pedazos de yeso en la cabeza.
Era un poco como el Bronx. El primer día que
fui me tiraron por la escalera; te tenías que
sentar encima de los abrigos porque te los robaban;
sólo teníamos una estufita al fondo, y
había una chica que se arrastraba y metía
papeles mojados para que humeara y suspendieran la clase...
era algo delirante pero aprendías muy rápidamente.
Fue una experiencia dura pero muy vital, estuvo muy
bien. Luego, ya en 5º, 6º y PREU, las clases
eran más pequeñas. Venían las niñas
de los colegios de monjas, y cambiaba el ambiente, pero
era un poco como el Bronx: yo con diez años,
he visto las pintadas más obscenas de toda mi
vida en los retretes de allí, y luego me acuerdo
de que expulsaron a una compañera mía
que tenía doce años porque la pillaron
follando con un ayudante de albañil. Era un lugar
alucinante con un ambiente peculiar y a mí me
gusto mucho, porque era un lugar lleno de vida: compara
eso con los institutos de monjas de aquella época,
y además creo que le debo mucho al instituto
en el buen sentido, porque te hacía aprender
deprisa. Era el mundo real.
¿Cómo era tu vida familiar?
Mi padre fue matador, pero luego le pilló la
guerra y al acabar vio que su carrera estaba rota. Se
quería casar, así que decidió pasarse
a banderillero porque pensó que podría
hacer un trabajo más profesional. Y fue un banderillero
muy importante, fijo de Antonio Ordóñez
y Luis Miguel Dominguín. Fue el peón de
confianza dentro de la cuadrilla de Antonio Ordóñez,
él tenía 18 años y mi padre treintaitantos
cuando tomó la alternativa y su peón den
confianza era mi padre... Tengo una tarjeta enmarcada
en casa que por la parte de atrás trae la cabeza
de un toro en tinta y una dedicatoria: "a Pascual
Montero, de Picasso" estaba toreando en Francia
mi padre...
Entonces, ¿eres taurina, disfrutas de
la fiesta?
Pues no, porque me gustan muchísimo los animales.
He ido mucho a los toros de pequeña, pero no
me gustan, y hace ya muchos años que no voy.
Viniendo de la familia que vengo, es un mundo que respeto,
y además el ambiente es muy curioso, interesantísimo.
Cuando eres niña y estás en un ambiente
determinado crees que todo el mundo es así, pero
luego, cuando crecí, me di cuenta de lo pequeño
y lo peculiar y lo distinto que es el mundillo taurino.
Y sé de toros, mi padre era un torero con una
capacidad intelectual grandísima, muy culto por
sí mismo porque sólo fue al colegio hasta
los nueve años, y sabía explicar las corridas
muy bien, así es que con sólo escucharle
aprendí bastante. Pero ya digo, no me gusta lo
que se dice nada. Mi padre se retiró cuando yo
tenía cinco años. Recuerdo que cuando
toreaba en Madrid, subíamos a casa de mi abuela,
su madre. Nosotros vivíamos en el 58 de Reina
Victoria y mi abuela vivía en el 16. Mi padre
se vestía allí, yo subía con él
y mi padre entraba en el cuarto de baño vestido
de padre normal y salía vestido de Dios porque
salía todo vestido de brillos. Las primeras palabras
que me enseñaron, las primeras palabras que dije
siendo pequeñita, fue, cuando se iba mi padre,
"suerte, papá". Porque cuando un torero
se va a torear hay que despedirle con la frase "suerte,
maestro". Total, yo le decía "suerte,
papá", y él se marchaba vestido de
Dios y nos quedábamos mi madre, mi abuela, dos
tías -una viuda y otra soltera- rezando el rosario
ante una capilla con lamparillas, un santo, flores...
luego, al final de la tarde, se ponía una radio
de baquelita para oír el resultado de la corrida,
y si todo había ido bien y no había habido
heridos, entonces se rezaba algo corto en acción
de gracias. Luego venía la parte que más
me gustaba: esperar a que llegara mi padre. Era un primer
piso, y me sentaba en el alféizar de la ventana
con las piernas entre los hierros y esperaba a que llegara
el coche de los toreros, porque entonces los toreros
iban de la plaza a su casa vestidos, no como ahora,
que normalmente van a un hotel próximo. El coche
era un Citroen de los años 30 negro y enorme.
Se paraba el coche y salía mi padre, vestido
de torero y manchado de sangre seca. Eso me impresionaba
muchísimo, sobre todo que llegaba manchado de
sangre seca del toro.
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