| Entrevista.
Parte 1
¿Qué opinión te merecen
los premios literarios? ¿De qué sirven?
Durante muchos años mantuve que el presentarse
a los premios comerciales no me parecía bien
cuando eres conocido: esos premios deben ser para autores
noveles. Pero en general nunca es así, es decir,
no suelen ganarlos los noveles. Cuando me presenté
en 1997 al Premio Primavera, pues, claudiqué
en alguna manera de un principio que por otra parte
tampoco era básico en mi vida. La presión
comercial cada vez es mayor, y cuando escribí
"La hija del caníbal", lo más
maduro que había hecho hasta ese momento, quise
apoyar la novela: me dio miedo el que cayera inadvertida
dentro del ruido comercial que hay. Así que me
dije: me presento a este premio, espoleada por Carmen
Balcells, que es mi hada madrina, e hice lo que hace
todo el mundo: presentarse a un premio comercial. Y
me vino muy bien, pero no creo que me vuelva a presentar
a otro premio comercial en la vida. Digo que me vino
muy bien, porque a raíz de "La hija del
caníbal" se me conoce en bastantes países
en los que hasta entonces no había entrado, lo
que me alegra mucho. Todos los escritores queremos que
nos lean, el que diga que no, miente; el que nos lean
es un bálsamo para la herida narcisista que tiene
todo escritor, que necesita que le mimen y le miren
la obra, porque es un pedazo de su vida, de su corazón.
Quiere que le digan "pues, mira, no está
mal". Te consuela y te da seguridad en un trabajo
que es tremendamente inseguro y muy vertiginoso, lleno
de vértigos: escribir es encerrarse en una esquina
de tu casa, es un trabajo muy solitario. Y escribir
novela es muy duro, una carrera de larga distancia.
Tardas años en hacer una novela, y durante todo
ese tiempo, estás escribiendo mentiras y pensando,
"pero esto, ¿puede interesarle a alguien".
Todo el rato estás en el borde de un pozo, preguntándote
"¿estaré haciendo el imbécil?
¿Le puede interesar a alguien?" y al mismo
tiempo es muy importante para ti lo que estás
haciendo, así que es una contradicción.
Es un trabajo absurdo, escribir. Y le pasa a todos los
escritores. El escritor sólo es escritor en tanto
en cuanto escribe. Si no, no eres nada: da igual lo
que hayas hecho antes. Escribir es un trabajo muy neurótico,
estás siempre rodeando una especie de agujero,
que es la nada, el sin sentido absoluto de lo que haces,
y nunca llegas a tener la confirmación plena
de que lo que haces sirve para algo. Eso es muy inquietante.
¿Cómo fue la conquista de la "habitación
propia"? ¿Qué necesitas para escribir?
Soy una escritora orgánica, muchos escritores
somos así, es decir, escribimos como respiramos,
como sudamos, es algo sin lo cual no sabes vivir. Forma
parte de los procesos orgánicos.... yo de pequeña
tuve tuberculosis, de los 5 a los 9 años. Esos
años no fui al colegio y me quedaba estaba sola
en casa. Convaleciente: bien en la cama, o sin moverme
de una silla. Escribir y leer eran las dos únicas
actividades que hacía. Conservo todavía
algunos cuentos que escribí por aquella época.
Escribir para mí era un juego y una manera de
vivir, y siempre he escrito, siempre he tenido esa sensación
de soledad, de ser una niña muy sola, así
que la habitación propia no la he tenido que
buscar, estaba ahí. Pero luego la pagas, eso
sí. Porque desde muy pequeña recuerdo
que me preguntaban "y de mayor, ¿te vas
a casar?" y yo respondía "nunca me
casaré", y lo pagas, lo pagas con un tipo
de vida más solitario. Yo vivo en pareja desde
hace doce años, pero es una pareja poco convencional,
y no tengo hijos; vas haciéndote tu vida: lo
haces con un montón de decisiones, pero no quiere
decir que te sientes un día y digas "yo
no voy a tener hijos"... no, no, lo que tú
eres se va decidiendo con cien pequeñas cosas
cada día, y eso termina convirtiéndose
en un modo de vida que valora mucho la soledad. Yo necesito
la soledad, así que si vivo con alguien tiene
con ser alguien que respete mi soledad.
Retomando lo de tu enfermedad, la tuberculosis tuvo
cierto halo literario de alta enfermedad como en "La
enfermedad y sus metáforas" de Susan Sontag,
poco menos que un elogio a las enfermedades pulmonares.
Tenía trascendencia literaria porque era la plaga
del siglo XIX, como ya la está teniendo el SIDA.
También hay varias obras sobre el Sida... las
plagas terminales te ponen en contacto con la última
frontera de ti mismo. Pero cuando yo cogí la
tuberculosis era la tuberculosis de finales de la postguerra
muy tardía, (yo soy una niña de la post-postguerra).
De hecho, en mi generación ya no hay más
tuberculosis, yo fui de las últimas en cogerla.
Luego hubo un lapso en el que ya no hay, hasta que aparece
el sida. Fue algo muy cutre y casposo. De manera que
nada de enfermedad con clase o enfermedad literaria.
¡Era muy cutre!
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