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"El texto que acompaña a
cada una de las fotos que se exponen a continuación
no es más que un modo de tantear entre las sombras
el sentido de los bultos de los que estamos rodeados.
Lo que llamamos «conciencia colectiva» no
es sino la suma de las oquedades oscuras que nos constituyen
de forma individual. Sombras sobre sombras, en fin. Qué
invento, la fotografía".
Juan José Millás
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Reuters |
Ese maniquí que huye despavorido
por lo que hasta hace poco era una calle no necesita rostro
para expresar su horror. Aun sin ojos, podemos ver el
espanto en sus pupilas; aun sin boca, lleva la alarma
dibujada en los labios; aun sin cabello, su melena se
agita de un lado a otro con desesperación.
Sus manos, también inexistentes, vuelan por delante
de ella como dos pájaros asustados por el grito
que sale de la garganta que no tiene. Quizá debajo
del vestido no haya piernas ni pies, lo que no le impide
correr con la tribulación que se observa en la
imagen. El esfuerzo ha descolocado su vestido dejando
al descubierto sus hombros—bellísimos, por
cierto—y permitiéndonos adivinar el nacimiento
de unos pechos que, aunque irreales (o quizá por
eso), parecen perfectos.
Agrietado y exhausto, ha logrado escapar de su escaparate
penetrando en una dimensión de la realidad que
no comprende (y nosotros, para decirlo todo, tampoco).
Los perros, los gatos y las ratas, que conocen bien al
ser humano, se protegen de los bombardeos con antelación
porque nos ven llegar, nos huelen y se colocan el parche
antes de la herida. Los objetos inanimados son los primeros
en caer porque tienen un alma diminuta que no da para
vivir en un estado de alerta permanente. De ahí
que en los bombardeos sobrevivan tan pocos pisapapeles
de
cristal o tan pocas muñecas de porcelana. Los objetos
caen como moscas. Las plumas estilográficas aparecen
con el abdomen reventado; los colchones, con los muelles
al aire; las novelas, con los personajes fuera de sitio.
Muy pocos objetos son capaces de poner tierra por medio
a tiempo. El caso del maniquí de la fotografía
resulta excepcional, sobre todo porque huye por una calle
que empieza en la realidad y acaba en nuestro pensamiento.
Te metes en la cama, cierras los ojos, y ves el maniquí
con su vestido de novia atravesando tu cabeza como una
exhalación, como un fantasma. Si te has detenido
más de medio minuto frente a una imagen como la
que ilustra esta página, estás perdido.
Se te aparecerá en sueños con el rostro
que no tiene, con las manos de las que carece, con los
labios que le faltan.
Quienes también caen como moscas en los bombardeos
son las mujeres y los ancianos y los niños, ese
conjunto al que llamamos población civil y que
no por casualidad convive con los objetos inanimados.
Nada, en tiempos de guerra (aunque también en los
de paz), hay más cosificado que un niño,
que un viejo, que una mujer. Se utilizan a modo de escudos,
a modo de escarmiento, a
modo de coartada. En Qana, la ciudad libanesa de la que
procede el maniquí herido, el Ejército israelí
se cargó certeramente un edificio en cuyo sótano
habían buscado refugio unas 60 personas previamente
cosificadas para que sirvieran de carne de cañón.
Murieron prácticamente las
60. Treinta de ellas eran niños, algunos discapacitados.
Cuando los servicios de rescate empezaron a remover los
escombros, sus dientes, sueltos, aparecían junto
a las plumas estilográficas destripadas y los pisapapeles
rotos. Puros objetos inanimados, es decir, sin alma, al
contrario que el maniquí que corre sin pies, piensa
sin cabeza y se espanta sin manos.
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Reuters |
El invierno pasado leímos un
relato de terror que parecía escrito por Lovecraft.
Pero no era de Lovecraft. No era de nadie. Lo había
escrito la realidad en uno de esos momentos de inspiración
en los que imita al arte. Resultó que una señora
francesa, una tal Isabelle Dinoire, se desmayó
en su casa tras haber abusado de los ansiolíticos.
Mientras permanecía tendida en el suelo, su fiel
perrita le comió la cara, tierna y sabrosa como
un montoncito de nata. Cuando la mujer volvió en
sí, se llevó, aturdida, un cigarrillo a
los labios, pero el cigarrillo cayó al suelo. Volvió
a intentarlo un par de veces con idéntico resultado
hasta que decidió acercarse al espejo, para ver
qué rayos pasaba. Lo que pasaba es que no tenía
labios. En realidad, donde esperaba haber encontrado su
cara, encontró su calavera.
Tuve un amigo al que le ocurrió de joven algo parecido
al mirarse al espejo. Pero en su caso se trataba de una
alucinación provocada por un ácido que le
sentó mal. Al día siguiente, una vez que
se le pasaron los efectos, volvió a su casa, pidió
perdón a sus padres por aquello en lo que hubiera
podido faltarles, y se convirtió en un hijo modelo.
Dejó de fumar y de beber, estudió una carrera,
se puso a trabajar, se casó, tuvo hijos, cambió
de coche, se compró una casa en la playa... Y todo
lo hacía para huir de su esqueleto. Cada uno huye
de su esqueleto en la dirección que puede.
La mujer de la foto huyó en dirección al
cirujano plástico que forró su calavera
con el rostro de otra mujer como el que coloca en su jardín
una porción de césped cultivada en otro.
La foto que ustedes ven pertenece al instante en el que
Isabelle se presentó ante los medios de comunicación
para mostrar los resultados de la intervención
y relatar su historia. De acuerdo con su versión,
«el
27 de mayo, después de una semana muy perturbadora
y con muchos problemas personales, tomé medicamentos
para olvidar;me sentaron mal y me desmayé. Cuando
me desperté intenté encender un cigarrillo
y no comprendía por qué no se aguantaba
entre mis labios. Fue entonces cuando vi un charco de
sangre y la perra a mi lado. Me fui a mirar en el espejo
y, horrorizada, no podía creer lo que estaba viendo,
sobre todo porque no tenía ningún dolor».
¿Dije Lovecraft? Durante la rueda de prensa se
mostró muy agradecida a los doctores y explicó
el trabajo que tenía por delante, pues aún
no controlaba el movimiento de todos los músculos.
Tenía que aprender a reírse con naturalidad,
por ejemplo, aunque ya durante la rueda de prensa soltó
dos carcajadas que, lógicamente, no eran de ella.
También tendría que aprender a pronunciar
las palatales, de las que no había oído
hablar antes en su vida. Ni siquiera sabía que
existían. Empezaba, en fin, una nueva vida en la
que lo más difícil sería controlar
el rechazo de su organismo al nuevo rostro. Hay mucha
gente que siente asco hacia su propio rostro, pero se
trata de una repugnancia retórica. Todo rechazo
que no nos obligue a tomar inmunodepresores
es de cartón piedra.No somos conscientes de ello,
ni de las palatales, hasta que nos enfrentamos a una tragedia
como la de Isabelle. Lo que no sabemos es qué fue
de la perra.
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/
Laura y Julio (2006, Seix
Barral)
/
El ojo de la cerradura (2006,
Ediciones Península)
/
María y Mercedes
(2005, Ediciones Península)
/ Todo son preguntas
(2005, Ediciones Península)
/ Hay algo que no es como me
dicen (2004, Aguilar)
/ Cuentos de adúlteros
desorientados (2003, Lumen)
/ Dos mujeres en Praga
(2002, Alba)
/ Números pares, impares
e idiotas (2001, Alba)
/ Articuentos (2001, Alba)
/ No mires debajo de la cama
(1999, Alfaguara)
/ La viuda incompetente y otros
cuentos (1998, Plaza y Janés)*
/ El orden alfabético (1998,
Alfaguara)
/ Tres novelas cortas (1998,
Alfaguara)*
/ Cuentos a la intemperie
(1997, Acento Editorial)*
/ Trilogía de la soledad
(1996, Alfaguara)*
/ Algo que te concierne
(1995, El País Aguilar)*
/ Tonto, muerto, bastardo e invisible
(1995, Alfaguara)
/ Ella imagina (1994, Alfaguara)
/ Volver a casa (1990,
Alfaguara)
/ La soledad era esto
(Destino)
/ Primavera de luto
(1989, Destino)
/ El desorden de tu nombre
(1986, Alfaguara)
/ Letra muerta (1983, Alfaguara)
/ Papel mojado (1983, Alfaguara)
/ El jardín vacío (1981,
Alfaguara)
/ Visión del ahogado (1977,
Alfaguara)
/ Cerbero son las sombras
(1975, Alfaguara)
[*Recopilaciones]. |