LOS OBJETOS NOS LLAMAN
LA VIDA
Mañana moriré
No sé en qué momento de la jornada me di cuenta
de que, aunque para los demás era miércoles, para mí era
jueves, pero me había ocurrido otras veces y no le concedí
importancia alguna. Hay semanas que uno quiere
acortar y lo soluciona suprimiéndoles un día. El problema
surgió el sábado. Los sábados, mi mujer y yo solemos
ir al cine y a cenar. A veces llamamos a un matrimonio
amigo y vamos juntos. Por la mañana sugerí a
mi esposa que telefoneara a los Gutiérrez, para salir esa
tarde. Ella me contestó que era viernes. No dije nada,
pero me quedé desconcertado. Trabajo en casa, hago
programas informáticos y tengo poca relación con el
mundo exterior, por lo que tiendo a desconfiar de mis
percepciones. De modo que antes de que mi mujer se
fuera a su trabajo (es jefa del departamento de divisas
de un banco) bajé a comprar el periódico y comprobé
en su cabecera que era sábado.
—Mira el periódico —dije abandonándolo sobre la
mesa de la cocina, donde ella estaba desayunando.
—¿Qué tengo que mirar?
—El día que es.
—Viernes quince de octubre.
Me acerqué, miré la fecha por encima de su hombro
y vi que tenía razón. Pero cuando se marchó, al volver a
mirarlo, vi que ponía sábado 16 de octubre. Comprendí
que cuando el periódico lo leía ella era viernes y
cuando lo leía yo era sábado. En otras palabras, por alguna
razón inexplicable yo vivía con un día de adelanto
sobre el resto de la humanidad. Hice, naturalmente,
unas cuantas comprobaciones más, pero todas arrojaron
el mismo resultado. Esa noche, durante la cena, se
lo conté a mi mujer.
—¿Sabes que vivo con un día de adelanto sobre el
resto de la gente?
Me miró con expresión interrogativa y se lo expliqué
con todo detalle. Cuando terminé, se echó a reír y
comprendí que se lo había tomado a broma. No insistí.
A mí mismo me parecía lo suficientemente increíble
como para hacerme dudar de mis sentidos.
Durante los siguientes días, continué haciendo comprobaciones
y me di cuenta con espanto de que era verdad.
Yo conocía las noticias con un día de antelación, lo
que, aunque en principio parecía una ventaja, era un
horror. Vi en el periódico un martes (un martes mío) la
esquela de mi madre, que para el resto de la familia continuaba
viva. Vi la noticia de un incendio y de un terremoto
antes de que se produjeran. Visité a mi hijo en el
hospital por un accidente que había tenido con el coche
antes de que para los demás se hubiera estrellado. También
veía cosas buenas, pero no las podía compartir con
nadie. Así, cuando nuestra hija, que estudió medicina,
obtuvo la plaza en un hospital prestigioso, tuve que
aguantarme las ganas de llamar a toda la familia para
pregonarlo.
Empecé a beber. Un día, estaba en un bar, yo solo,
apurando una copa, cuando se sentó a mi lado una mujer
solitaria. Trabamos conversación y al poco le confesé
mi problema. Me dijo que a ella le pasaba algo parecido,
pues vivía con dos días de antelación en vez de
uno. Era miércoles para mí (martes para el resto de la
humanidad) y jueves para ella.
—Entonces, ¿este encuentro entre tú y yo se está
produciendo hoy o mañana?
—Hoy para ti. Para mí ocurrió ayer y para el resto
de la humanidad aún no ha sucedido.
—Ya que estás en mañana, dime qué va a ocurrir hoy.
—Hoy va a ocurrir que tú y yo nos vamos a ir a la
cama —dijo—, vivo aquí al lado, pero te va a dar un infarto
cuando comiences a desnudarte y yo te voy a colocar
en el ascensor, donde te encontrarán muerto mañana
por la mañana. En realidad, ya te han encontrado.
Ha venido la policía y nos ha preguntado a todos los vecinos
si te conocíamos. Todo el mundo ha dicho que no.
—Nos tenemos que ir ya, pues —pronuncié con la
resignación y la entereza que me proporcionaba el alcohol.
—Sí —dijo ella—, es la hora.
Salimos del local y nos dirigimos a su piso, que estaba
en el edificio de la esquina. Al comenzar a desnudarme
sentí un dolor fuerte en el hombro que en seguida
se desplazó al pecho. La mujer, al darse cuenta de lo
que ocurría, me puso la chaqueta y me ayudó a salir al
ascensor, donde me dejó tirado. Un instante antes de
morir recuperé la percepción normal del tiempo y aunque
me morí en el miércoles continué vivo en el martes.
Fui a casa, me encerré en mi cuarto y me puse a escribir
este texto. Mañana moriré. No se culpe a nadie de lo
ocurrido. 
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