LOS OBJETOS NOS LLAMAN
LOS ORÍGENES
Escribir a la contra
Cuando me pregunto si tuve buenos educadores, los
imagino a ellos, a mis educadores, preguntándose si tuvieron
buenos alumnos. En general, creo que fuimos
muy malos los unos para los otros, pero ya no tiene remedio.
Entre los que recuerdo, hay un profesor de literatura
que nos mandaba hacer unas redacciones curiosísimas.
Por ejemplo, si una película nos había gustado
mucho, teníamos que decir lo contrario, pero argumentándolo
de tal manera que ningún lector fuera capaz de
descubrir si mentíamos o decíamos la verdad. Haciendo
aquellas redacciones, me di cuenta de que muchas películas
que creía que me habían gustado me parecían en
realidad detestables. También aprendí que con un poco
de talento y práctica se pueden defender las posturas
más insostenibles. Todavía utilizo el método de aquel
profesor, pues muchos de mis artículos están escritos
directamente contra mí. Desconfío tanto de lo que
pienso que sólo tengo la impresión de acertar cuando
me contradigo.
Cierto día, aquel profesor nos mandó hacer una redacción
sobre nuestros padres. Nos pidió que imaginá-
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ramos que uno de los dos tenía que morir y nosotros
debíamos decidir cuál. Durante el recreo, no se habló de
otra cosa.
—Yo elegiría a mi padre —decía uno—, pero es el
que trae un sueldo a casa.
—No te preocupes —replicaba otro—, que tu madre
cobrará la pensión.
—¿Qué es la pensión? —preguntaba el de más allá.
Yo no sabía a cuál de los dos liquidar. Fantaseé con
ambas posibilidades y elegí la que me producía más culpa,
pues ya era un experto, o eso creía, en escribir en
contra de mis intereses. Maté a mi padre, pues, y obtuve
una nota de 9, la más alta de las conseguidas en toda
mi vida. Gracias a ella, no suspendí por primera vez en
todo el curso la literatura de ese mes. Mi padre me felicitó
y me dio un beso. Me parecieron la felicitación y el
beso de un condenado a muerte.
Arrastré esa culpa durante años, hasta que el azar y
los síntomas me llevaron al diván del psicoanalista y averigüé
que todo niño desea matar a su padre para poseer
en exclusiva a su madre. Hice, pues, lo correcto y así me
lo explicó mi psicoanalista, sugiriendo que no debía
culparme por ello. De lo que me culpo ahora es de haber
hecho lo previsible. No dejo de preguntarme si, en
el caso de haber acabado con mamá, me habrían dado
un 10, incluso una matrícula de honor. 
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