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LOS
COMPONENTES DE LA ALQUIMIA
-Uno de esos caracteres unitarios a que hacía alusión la
pregunta anterior pasa por la problematización a la que la noción
de autoría queda sometida en muchas de tus obras. ¿Cuál es el
origen de esa preocupación?
Seguramente
guarda relación, de nuevo, con la cuestión de la identidad.
Yo, por ejemplo, cuando me llegan cuestiones relacionadas con
obras antiguas, siempre tengo la impresión de que soy como el
albacea de esas novelas, pero ya no siento que soy el autor,
y en cierto modo me parece una impostura seguir cobrando los
derechos, porque el que las escribió fue otro. Y es que la identidad
del ser humano es sumamente frágil; tan frágil que quizá por
eso necesitamos acentuarla con cosas tales como firmar un libro,
tener honores o ser miembros de algún club. Precisamente estaba
preparando hoy un artículo en el que reflexiono sobre esto diciendo
que, finalmente, el drama que tenemos es que estamos hechos
de partes, y de partes que son intercambiables. Si la relación
que hay entre mi hígado y yo es contingente, porque me sirve
igual el del señor de enfrente o el de un señor al que han ejecutado
en China, eso rebaja mucho mi narcisismo como individuo.
¿Qué clase de individualidad tengo, entonces? En cierto modo,
el triunfo en la realidad como autor, o como actor, o como lo
que sea, es una derrota imaginaria de las partes. Yo eso lo
pongo en cuestión precisamente porque es uno de mis hilos rojos,
el tema de la identidad, cuándo se inventa el individuo, y de
qué es el resultado. Todo ello desde la conciencia de que uno
es un invento muy frágil.
-¿Cómo concibes a tu lector modelo?
Pues
la verdad es que no tengo ni idea. Seguramente, el lector modelo
es el más inquietante para mí. Quizá no es el lector más cómodo.
Pienso en esa experiencia que todo escritor tiene en algún momento,
cuando estás dando una conferencia en un lugar adonde no vas
a volver en tu vida y, de repente, en el coloquio se levanta
alguien y te hace esa pregunta que nadie más te va a hacer.
Es muy raro, y al mismo tiempo hay un intercambio de miradas
que produce mucha inquietud, porque es el doble. Y ése que es
el lector ideal, es al mismo tiempo el lector que menos te interesa,
claro, porque es inquietante, porque te conflictúa mucho y porque
además, con frecuencia, es un loco. En ese sentido, ese lector
ideal sería el doble que aparece, a veces. Pero, ya te digo,
no es la persona con la que te irías al cine.
-¿En
qué perspectiva te desenvuelves más a gusto: en la de distancias
cortas de la primera persona, en la dialógica de la segunda
o en la de panorámicas de la tercera?
La
primera persona es un recurso narrativo que, curiosamente, está
muy bien para empezar, y de hecho es muy frecuente que haya
primeras novelas escritas así, porque es un recurso en el que
es muy fácil colar la sinceridad como literatura, o tapar las
faltas de oficio con sinceridad. Sin embargo, cuando ya tienes
más experiencia, la primera persona es la más complicada, porque
no te permites las trampas propias de cuando no tienes oficio.
A mí me interesa mucho la primera persona, ya desde esa perspectiva,
pero también la tercera. De hecho, mi próxima novela está escrita
desde las dos.
-¿Qué
tipo de relaciones mantienes con tus personajes, y ellos contigo?
Ninguna. Mientras estoy escribiendo la novela, naturalmente
que sí; pero después la verdad es que no, porque tampoco tengo
relación con las novelas. Una vez escritas y publicadas ya no
las leo nunca, a menos que me vea obligado por razones tales
como que se hace una edición nueva y tengo que corregir pruebas;
que ahora ya ni eso, porque hay correctores y se escanean los
textos. Siempre que he tenido que leer cosas antiguas he tenido
una sensación muy siniestra, que es un poco la sensación de
que eso es tuyo pero tampoco es tuyo. A mí me sorprenden los
autores que corrigen su obra. Yo no me imagino cambiándole una
coma a Cerbero son las sombras,
y le podría cambiar muchas. Si me pusiera desde la perspectiva
que hoy tengo a reescribir esa novela, hay muchas torpezas que
seguramente modificaría, pero es que no se me pasa por la cabeza.
Aparte de que me da mucha pereza, mucho asco, también hay una
cuestión de respeto al que la escribió, no me siento autorizado
para hacer una versión nueva de esa obra. Yo estoy convencido
de una cosa: uno puede estar escribiendo una novela toda su
vida, pero hay un punto en el que esa novela, sea buena o mala,
o regular, tú ya no la puedes mejorar en ese momento. El olfato
te dice cuándo la has terminado, en el sentido de que has llegado
a tu límite. Y en ese momento yo creo que hay que dejarla, porque
si no, no la acabarías nunca. Yo no he tenido jamás la tentación
-cuando se han hecho ediciones nuevas- de cambiar cosas, y me
sorprende mucho que haya gente que lo haga. Es que me parece
que hay algo ahí profundamente deshonesto. No digo que lo que
hagan otros sea deshonesto, sino que yo lo sentiría así. Porque,
claro, aquel que escribió esa obra no está ahí ya para defenderse.
Entonces, estén bien o mal, las novelas están como las pude
escribir en aquel momento, y así quedan. No tengo ninguna relación
con ellas y, por lo tanto, no tengo relación con los personajes.
-Los
nombres de las figuras son recurrentes. El del espacio es siempre
el mismo -explícito o no-. Tú mismo has afirmado que, en tu
obra, "Madrid no es una referencia real, sino un territorio
mítico." (9) ¿Por qué caminos se llega desde un espacio concreto
a un espacio abstracto? ¿Cómo se lleva a cabo la conversión
de un ámbito en otro?
Quizá
lo que ocurre es que Madrid permite eso, porque es una
ciudad en gran medida inexistente. Yo siempre digo: si a ti
se te ocurre escribir un artículo sobre Barcelona y dices
que no existe, te la cargas, sin duda alguna. ¡Fíjate sobre
Bilbao! Ahora, de Madrid puedes decir auténticas barbaridades
porque no hay una conciencia de ser madrileño, ser de Madrid
es no ser de ningún sitio. De manera que ha sido, yo creo, el
propio espacio y el sentimiento que los propios madrileños tienen
de sí mismos lo que me ha permitido convertirlo en un espacio
mítico. Si hubiera sido un sitio más encorsetado -digamos nacionalista,
por entendernos-, seguramente habría sido imposible.
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