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MATERIALES GASEOSOS. ENTREVISTA CON JUAN JOSÉ MILLÁS. POR PILAR CABAÑAS

   
         


LOS COMPONENTES DE LA ALQUIMIA

-Uno de esos caracteres unitarios a que hacía alusión la pregunta anterior pasa por la problematización a la que la noción de autoría queda sometida en muchas de tus obras. ¿Cuál es el origen de esa preocupación?

Seguramente guarda relación, de nuevo, con la cuestión de la identidad. Yo, por ejemplo, cuando me llegan cuestiones relacionadas con obras antiguas, siempre tengo la impresión de que soy como el albacea de esas novelas, pero ya no siento que soy el autor, y en cierto modo me parece una impostura seguir cobrando los derechos, porque el que las escribió fue otro. Y es que la identidad del ser humano es sumamente frágil; tan frágil que quizá por eso necesitamos acentuarla con cosas tales como firmar un libro, tener honores o ser miembros de algún club. Precisamente estaba preparando hoy un artículo en el que reflexiono sobre esto diciendo que, finalmente, el drama que tenemos es que estamos hechos de partes, y de partes que son intercambiables. Si la relación que hay entre mi hígado y yo es contingente, porque me sirve igual el del señor de enfrente o el de un señor al que han ejecutado en China, eso rebaja mucho mi narcisismo como individuo. ¿Qué clase de individualidad tengo, entonces? En cierto modo, el triunfo en la realidad como autor, o como actor, o como lo que sea, es una derrota imaginaria de las partes. Yo eso lo pongo en cuestión precisamente porque es uno de mis hilos rojos, el tema de la identidad, cuándo se inventa el individuo, y de qué es el resultado. Todo ello desde la conciencia de que uno es un invento muy frágil.

-¿Cómo concibes a tu lector modelo?

Pues la verdad es que no tengo ni idea. Seguramente, el lector modelo es el más inquietante para mí. Quizá no es el lector más cómodo. Pienso en esa experiencia que todo escritor tiene en algún momento, cuando estás dando una conferencia en un lugar adonde no vas a volver en tu vida y, de repente, en el coloquio se levanta alguien y te hace esa pregunta que nadie más te va a hacer. Es muy raro, y al mismo tiempo hay un intercambio de miradas que produce mucha inquietud, porque es el doble. Y ése que es el lector ideal, es al mismo tiempo el lector que menos te interesa, claro, porque es inquietante, porque te conflictúa mucho y porque además, con frecuencia, es un loco. En ese sentido, ese lector ideal sería el doble que aparece, a veces. Pero, ya te digo, no es la persona con la que te irías al cine.

-¿En qué perspectiva te desenvuelves más a gusto: en la de distancias cortas de la primera persona, en la dialógica de la segunda o en la de panorámicas de la tercera?

La primera persona es un recurso narrativo que, curiosamente, está muy bien para empezar, y de hecho es muy frecuente que haya primeras novelas escritas así, porque es un recurso en el que es muy fácil colar la sinceridad como literatura, o tapar las faltas de oficio con sinceridad. Sin embargo, cuando ya tienes más experiencia, la primera persona es la más complicada, porque no te permites las trampas propias de cuando no tienes oficio. A mí me interesa mucho la primera persona, ya desde esa perspectiva, pero también la tercera. De hecho, mi próxima novela está escrita desde las dos.

-¿Qué tipo de relaciones mantienes con tus personajes, y ellos contigo?

Ninguna. Mientras estoy escribiendo la novela, naturalmente que sí; pero después la verdad es que no, porque tampoco tengo relación con las novelas. Una vez escritas y publicadas ya no las leo nunca, a menos que me vea obligado por razones tales como que se hace una edición nueva y tengo que corregir pruebas; que ahora ya ni eso, porque hay correctores y se escanean los textos. Siempre que he tenido que leer cosas antiguas he tenido una sensación muy siniestra, que es un poco la sensación de que eso es tuyo pero tampoco es tuyo. A mí me sorprenden los autores que corrigen su obra. Yo no me imagino cambiándole una coma a Cerbero son las sombras, y le podría cambiar muchas. Si me pusiera desde la perspectiva que hoy tengo a reescribir esa novela, hay muchas torpezas que seguramente modificaría, pero es que no se me pasa por la cabeza. Aparte de que me da mucha pereza, mucho asco, también hay una cuestión de respeto al que la escribió, no me siento autorizado para hacer una versión nueva de esa obra. Yo estoy convencido de una cosa: uno puede estar escribiendo una novela toda su vida, pero hay un punto en el que esa novela, sea buena o mala, o regular, tú ya no la puedes mejorar en ese momento. El olfato te dice cuándo la has terminado, en el sentido de que has llegado a tu límite. Y en ese momento yo creo que hay que dejarla, porque si no, no la acabarías nunca. Yo no he tenido jamás la tentación -cuando se han hecho ediciones nuevas- de cambiar cosas, y me sorprende mucho que haya gente que lo haga. Es que me parece que hay algo ahí profundamente deshonesto. No digo que lo que hagan otros sea deshonesto, sino que yo lo sentiría así. Porque, claro, aquel que escribió esa obra no está ahí ya para defenderse. Entonces, estén bien o mal, las novelas están como las pude escribir en aquel momento, y así quedan. No tengo ninguna relación con ellas y, por lo tanto, no tengo relación con los personajes.

-Los nombres de las figuras son recurrentes. El del espacio es siempre el mismo -explícito o no-. Tú mismo has afirmado que, en tu obra, "Madrid no es una referencia real, sino un territorio mítico." (9) ¿Por qué caminos se llega desde un espacio concreto a un espacio abstracto? ¿Cómo se lleva a cabo la conversión de un ámbito en otro?

Quizá lo que ocurre es que Madrid permite eso, porque es una ciudad en gran medida inexistente. Yo siempre digo: si a ti se te ocurre escribir un artículo sobre Barcelona y dices que no existe, te la cargas, sin duda alguna. ¡Fíjate sobre Bilbao! Ahora, de Madrid puedes decir auténticas barbaridades porque no hay una conciencia de ser madrileño, ser de Madrid es no ser de ningún sitio. De manera que ha sido, yo creo, el propio espacio y el sentimiento que los propios madrileños tienen de sí mismos lo que me ha permitido convertirlo en un espacio mítico. Si hubiera sido un sitio más encorsetado -digamos nacionalista, por entendernos-, seguramente habría sido imposible.

   
         

 

 

 

Juan José Millás © 2001
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