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TEORÍA, POÉTICA Y TAREA DE UN OFICIO DEL PELIGRO
-Tus escritos y declaraciones dejan entrever en ocasiones
una actitud un tanto descreída e irónica respecto a los discursos
de la crítica y la teoría literarias. (6) Con todo, se hace
muy difícil concebir que tus novelas hayan podido ser escritas
sin un vasto conocimiento de ambas disciplinas -y de otros ámbitos
teóricos afines, tales como la filosofía y el psicoanálisis-.
¿Qué valor atribuyes, hoy por hoy, a los aspectos teóricos en
la creación literaria?
Me
parece algo fundamental. La reflexión teórica me parece que
es literatura y, por lo tanto, me interesa y me gusta, es un
discurso que me interesa muchísimo. Y si yo he ironizado sobre
él -que seguramente lo he hecho-, también he ironizado sobre
la literatura y sobre mi propio quehacer como escritor, como
se ironiza sobre todas las cosas en las que se cree y que son
importantes para uno. No creo que haya ninguna materia en la
existencia que no sea ironizable, la ironía me parece un modo
de conocimiento de la realidad. Lo que pasa es que en el discurso
de la crítica, como en todas partes, hay cosas buenas y cosas
malas. Y ahí sí se producen contradicciones. En el Prólogo a
Tres novelas cortas hablo de esto en relación con cierta
definición académica del término argumento que, siendo una buena
definición, a mí no me resulta suficiente porque no consigue
explicar mi interés por ese asunto. Tiene que haber algo más,
ese discurso debería tener una complementariedad. Este tipo
de ironías las mantengo frecuentemente con respecto a mí mismo,
pero el discurso crítico me interesa muchísimo.
-Me
gustaría llevar la conversación a un plano colindante con esa
línea de reflexión teórica para interrogarte respecto a tus
estrategias compositivas. En varias ocasiones has manifestado
escribir sin esquemas previos, arrastrado por una idea motriz;
al mismo tiempo, has subrayado el componente de disciplina que
requiere el desarrollo de todo proyecto novelesco. (7)¿Cómo
enfrentas realmente estas dos actitudes -la pasiva y la activa,
por denominarlas de forma sintética- al abordar la escritura
de una nueva obra?
"La pasiva" -por entendernos- tiene que ver con saber escuchar
lo que hay ahí. Yo suelo decir que en una idea novelesca está
toda la información de lo que va a ser la obra, del mismo modo
que en un óvulo fecundado está toda la información de lo que
luego es un individuo. Con esto, lo que quiero señalar es que
escribir no es tanto una tarea de ir inventando cosas para ir
añadiendo como de ir escuchando para que vayan surgiendo, como
del fondo del óvulo fecundado va surgiendo el individuo; como
una fuente que nace de sí misma, no a base de añadidos externos,
sino a base de que no se entorpezca el desarrollo. Porque, claro,
si a ese óvulo le metes la tijera y cortas por aquí y por allá,
saldrá un niño con un brazo de menos, o con tres piernas. Y
ése es, muchas veces, el problema por el que fracasa una novela,
porque no has escuchado lo que había en esa idea que fue el
punto de arranque y no has respetado, por tanto, las reglas
de juego que tú has planteado. Por eso yo creo que un relato
nunca se debe juzgar con leyes externas, sino desde las reglas
de juego que el propio relato propone. En ese sentido, escribir
no es más que escuchar lo que hay dentro, y no interferir el
desarrollo. Y eso parece muy pasivo, pero es muy activo. En
el momento en que uno escribe tres folios, ha lanzado una tela
de araña de hilos invisibles; ahí hay una cantidad de información
tremenda, la cuestión es ser capaz de oírla. Esta idea es la
que quizá explique que a alguna gente le cueste creer que muchos
relatos míos que parecen piezas de relojería, según dicen, no
estén diseñados de antemano. Pero es que cuando diseñas de antemano
no sirve para nada más que para violar luego ese esquema. Por
otro lado, sería aburridísimo escribir una novela que tienes
preparada, porque entonces ya me dirás qué quieres averiguar.
Yo hablo de mi modo de trabajar, no digo que no haya otros.
Y en ocasiones he llegado a momentos en que he dicho: esto no
tiene continuación. La soledad era esto fue un caso. La novela
se me acabó, y yo sabía -una parte de mí sabía- que no se había
acabado. Hasta que me di cuenta de lo que pasaba. Me ha sucedido
también con la novela nueva, en cierto modo. Y es curioso, también
tiene dos partes. Todo esto conecta de nuevo con esa afirmación
del personaje de El desorden de tu nombre que dice que tenemos
que escribir sobre lo que no sabemos. Yo de esto tengo experiencia
porque escribo mucho, y muchas cosas de encargo. Yo sé que redacto
siete líneas sobre lo que sea y a partir de ahí el problema
no es inventar, sino desarrollar lo que hay dentro. Claro, te
tienes que sentar todos los días a trabajar, eso sí. Ésa es
la parte de la disciplina. Pero está ahí, está todo ahí. Y esa
es una verdad que, a medida que pasan los años, es más incontrovertible
para mí. No es que sea fácil. Lo que te quiero decir es que,
en cualquier caso, la solución está dentro, no está fuera. Cuando
yo empiezo a escribir El desorden de tu nombre, por citar un
ejemplo, yo no sabía que la mujer del psicoanalista era la mujer
del parque. Yo eso no lo sé, yo eso lo averiguo en un momento
determinado y digo: ¿pero cómo no me he dado cuenta? Y claro,
el problema era que no había escuchado hasta entonces. Y es
que -como planteo en el Prólogo a Relatos clínicos, un volumen
que editó Siruela con los historiales clínicos de Freud-
a lo mejor la literatura también consiste en parte en buscar
la causalidad por debajo de la casualidad, en buscar las tramas
que hay por debajo del azar, lo que hay de necesario por debajo
de lo contingente. A mí una de las experiencias que más me maravillan
es que, cuando escribo un artículo - y mis artículos tienen
fama de que se cierran muy bien-, yo no sé cómo va a acabar.
Pero sé que si escucho bien, lo cerraré bien; y si no escucho
bien, pues no.
-¿Qué importancia atribuyes a la fase de corrección de tus
escritos?
Muchísima. La corrección, cuantitativamente, es lo que lleva
más tiempo. Lo que pasa es que eso lo podía calcular cuando
escribía a mano, porque hacía tres borradores; pero ahora, con
el ordenador, es más difícil de cuantificar.
-Aunque ya has hecho referencia al tema, me gustaría que
me comentaras con más detenimiento cuáles son, a tu juicio,
las diferencias fundamentales entre las poéticas de la novela
y el cuento. ¿Qué planteamientos te haces a la hora de abordar
la escritura en el marco de cada uno de estos dos géneros?
La actitud psicológica es distinta, aunque también me he llevado
sorpresas. Me ha ocurrido a veces creer que tenía un cuento
entre manos y, de repente, darme cuenta de que aquello era el
germen de una novela. El cuento es el género literario que mejor
se adecua a la definición de estructura, entendiendo como tal
un conjunto de elementos interdependientes. Y, como interdependientes
que son, no puedes modificar un elemento sin que toda la estructura
se modifique. Un cuento sería eso, una estructura en ese sentido
del término. Y si tocas un elemento y el resto de la estructura
permanece impasible, es que ese elemento sobraba. Sin embargo,
en una novela esto no es tan rígido, puede haber elementos prescindibles
que estén ahí para aliviar si la tensión ha llegado a un punto
excesivo y, sin embargo, el final está lejos todavía. En un
cuento esto no es así, sobre todo en un determinado tipo de
cuento, que es el que, en nuestra tradición, viene de Edgar
Allan Poe. Danphort Ross dice que la teoría de Poe
supone que todo conduce hacia un instante único: aquel en el
que el efecto se produce y el lector siente la más plena satisfacción.
En esta definición se condensa toda la poética de Poe respecto
al cuento. Es la definición, si te fijas, de un orgasmo; y le
viene muy bien al cuento, porque un cuento tiene el tamaño de
un orgasmo. Un orgasmo del tamaño de una novela sería insoportable.
Bueno, pues justamente eso es lo que tiene el cuento de diferencia
con la novela. Todo lo que no contribuya a llegar bien hacia
ese instante final está estorbando. Es cierto que es una definición
que se adecua muy bien a la poética de Poe, y mucho al cuento
circular que luego trabajan Borges o Cortázar,
más bien a ese tipo de cuento. Pero bueno, está bien para ver
que son ámbitos distintos. La actitud psicológica es muy diferente
cuando uno empieza a escribir. Ahora, otra cosa es que uno empiece
escribiendo un cuento y de repente perciba que eso va a tener
más desarrollo. Pero son excepciones, uno no se equivoca todo
el rato en eso. En un cuento está todo mucho más medido, todo
es mucho más rápido. Un cuento tiene que tener un tiempo limitado,
también, de escritura; se te pudre, si no. Depende, por otro
lado, del cuento del que hablemos. Yo practico mucho el cuento
breve. Otra cosa es el cuento de medio aliento, ése que tan
bien trabajan los americanos, el cuento de cuarenta o cincuenta
folios, que ya está en la frontera con la novela corta. Ése
tiene otro proceso, seguramente.
-¿Qué
criterios sigues al agrupar una serie de narraciones en un volumen,
y cómo estableces el orden, la sucesión?
Yo nunca he escrito un libro de relatos específicamente concebido
como tal, sino que he recopilado los que tenía publicados en
periódicos, etc. Lo que pasa es que luego siempre tienen cierta
unidad porque son relatos escritos en un tiempo determinado,
bajo una atmósfera parecida, bajo un estado de ánimo similar.
Generalmente, el tipo de intención que busco al agruparlos es
que tengan un cierto ordenamiento temático, con la fantasía
de que esos cuentos, además de ser unidades autónomas, sumados
uno detrás de otro constituyan una unidad de mayor significado.
La fantasía que uno tiene siempre es que un libro de cuentos
sea una novela secreta, del mismo modo que la fantasía respecto
a una novela es que sea un conjunto de cuentos, que es lo que,
en alguna medida, es El desorden de
tu nombre, y que es algo que está presente también en
el Tonto. Esa tensión entre ambas
categorías la explicó muy bien Sobejano en un artículo
sobre El desorden, en el que habla del duelo existente en esa
obra entre el cuento y la novela. Esa especie de tensión entre
un género y otro me interesa cada día más.
-¿Cómo -o de dónde- surgen los títulos de tus obras?
Generalmente, el título es algo que se desprende de un modo
natural a lo largo del proceso de escritura de una novela. Yo
nunca lo he tenido antes. En los casos en que cuando llegas
al final no tienes el título, yo siempre digo que es mala cosa,
porque entonces tienes que ponerte a buscarlo y corres el peligro
de que sea un título retórico.
-En
el artículo "Literatura y necesidad" (8) hablas de una doble
conspiración a la que el escritor se ve enfrentado, la de lo
orgánico y la de lo objetivo, y la describes como una especie
de conjura que actúa en contra del deseo de escribir y se concentra
en una serie de síntomas enfermizos y obstáculos de orden práctico
que llegan a hacer peligrar la tarea de la escritura. ¿La tienes
muy ritualizada? ¿Qué estrategias manejas en contra de esa conspiración?
Bueno, ese artículo es muy antiguo, pero a lo que aludo en eso
que señalas es a la contradicción de que los escritores -o,
por lo menos, muchos escritores, entre ellos yo- reconocen que
no hay espacio en el que se sientan más a gusto, ése es el espacio
que da sentido a su vida, que les proporciona identidad. Y dices:
hombre, si eso fuese cierto, estarían deseando ponerse a escribir
todo el rato. Y la contradicción es que nos buscamos coartadas
para no escribir todo el rato. Entonces, algo pasa ahí, excepto
con los escritores compulsivos -que también los hay-, pero yo
hablo del escritor que tiene una ambivalencia respecto a la
escritura. Es decir, que por un lado es verdad que es donde
más a gusto te encuentras y, por otro lado, estás deseando que
aparezca una excusa para decir: hoy no, mañana. Y eso es curioso.
Lo que pienso que ocurre es que uno se juega tanto ahí que,
quizá, prefiere no jugárselo. De hecho, hay muchos escritores
que no escriben. El escritor que no escribe es un caso con status,
existe. Quizá porque uno prefiere no darse la oportunidad de
fracasar. Y, claro, si no te das la oportunidad de fracasar,
tampoco te das la oportunidad de tener éxito, en algo que es
tan importante que prefieres no probar. No recuerdo quién decía,
muy acertadamente, que por lo general la gente triunfa en lo
segundo para lo que está más dotada, porque arriesgarse a fracasar
en lo primero da demasiado vértigo. Existe esa ambivalencia,
que para mí ha sido una de las muchas, personales, a las que
me he tenido que enfrentar en mi relación con la escritura,
y en la que me ha ayudado mucho el periodismo. Hay una cuestión
de orden personal que te ayudará un poco a comprender cómo también
yo he ido superando mucho estrés. Mi padre era un hombre que
siempre llevaba un destornillador en el bolsillo, de manera
que siempre estaba haciendo algo. Era, digamos, un manitas compulsivo,
un bricolajero compulsivo, no podía dejar de estar haciendo
cosas. Y siempre he pensado que, si yo hubiera tenido la misma
disposición respecto a la escritura, habría escrito muchísimo,
aprovechando huecos para escribir un cuento, o medio cuento,
o una nota. Yo creo que el modelo tendría que ser ése, romper
la ambivalencia, de manera que lo que uno estuviera deseando
todo el rato fuera escribir. Yo, sin haberla resuelto completamente,
sí la he mejorado mucho; es una ambivalencia que hoy puedo decir
-hoy, no sé mañana, porque esto va por rachas- que en estos
momentos de mi vida está, al menos, controlada. En ese sentido,
creo que la actividad periodística me ha ayudado muchísimo,
porque esta actividad -sobre todo en el artículo breve- tiene
mucho de bricolaje. Entonces, sin llegar a la compulsión de
mi padre, en estos momentos ya me pongo menos obstáculos, cada
día me pongo menos coartadas a la hora de escribir. Y eso me
parece que es una conquista porque supone aceptar tu deseo,
que es una de las cosas más difíciles que hay en la vida, aceptar
como propio un deseo y, por lo tanto, desarrollarlo. Y jugártela.
-El
protagonista de Letra muerta dice concebir su escritura como
depósito de los desperdicios de sus "fluctuantes estados de
ánimo. El encuentro entre la exaltación y el fracaso, la desventura
y la dicha, el terror y el arrojo." (P. 81) ¿Cuál de estos estados
-o de otros posibles- te moviliza con más frecuencia y con más
rotundidad a la hora de escribir?
Pues no lo sé, yo creo que cualquiera de esas combinaciones
es buena para empezar. Terror, dicha... De cualquier modo, necesitas
estímulos fuertes, no te puedes poner a escribir sin interés.
Cualquiera de esos estímulos es bueno; y varios de ellos combinados,
pues mejor, claro.
-En
El desorden se lee que "un buen escritor está obligado a poseer
alguna quiebra, alguna fisura, alguna debilidad que ponga en
cuestión su propio triunfo." (P. 82) ¿Cuáles son las que a ti
te conciernen?
No
lo sé. Creo que esto guarda relación con otra de las funciones
que tiene la escritura. Yo he constatado, hablando con otros
colegas, que muchos escritores -no digo todos, pero por lo menos
aquellos a los que más cercano me encuentro- tienen una cosa
en común , y es que han sufrido una pérdida, una ruptura, una
herida -real o imaginaria, es lo mismo- en una época remota.
Y, en ese sentido, la escritura es como un tejido que intenta
aproximar los dos bordes de la herida. En una época remota se
produjo una pérdida, y el agujero que causó uno lo está intentando
rellenar o suturar con la escritura, con la garantía de que
nunca se va a cerrar la herida. Si tú lees atentamente mi obra,
el viaje de Cerbero es la pérdida
del paraíso. Valencia, en ese sentido, se configura como
el paraíso, es una pérdida: es el sol, es el mar, es el calor;
y de repente son los sabañones, es el frío, es la ausencia del
mar, es el suburbio. Ahí tienes un caso de pérdida del paraíso
terrenal.
-Tu
obra novelística, manteniendo caracteres unitarios muy marcados,
ha experimentado una evolución considerable. La crítica se ha
encargado de dejar constancia de ello, estableciendo una frontera
en tu producción entre el "antes" y el "después" de Papel mojado.
¿Estás de acuerdo con este criterio? ¿Hay otras fronteras, rebasadas
o previstas?
Papel
mojado sí puede ser un punto de articulación, efectivamente,
una especie de bisagra entre dos zonas, en el sentido de que
hay una conquista progresiva de herramientas que van ganando
espacio en mi obra. Por ejemplo, la paradoja está más presente
a partir de ahí que antes, hay un sentido del humor más explícito,
hay menos encorsetamiento... En ese sentido, Papel
mojado puede ser el punto de articulación entre dos
zonas de mi obra. Y yo creo que el otro punto es el Tonto,
que es una novela que cierra todo un barrio, como he dicho en
alguna ocasión. Vamos a ver si la próxima realmente abre otra
posibilidad. En la medida en que se pueden abrir, claro; pero
sí tengo la impresión de que empieza algo nuevo.
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