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LITERATURA: MEMORIA, REALIDAD Y FRACASO
-Permíteme comenzar citando una definición tuya del término
literatura que siempre me ha inquietado por su carácter paradójico.
Es de 1989, y según ella la literatura sería "una batalla silenciosa
en la que uno ha de ganar, o de perder, palmo a palmo, un territorio
que no es suyo con armas que no le pertenecen". (1) A estas
alturas de tu carrera, ¿sigues suscribiendo estas consideraciones
o bien los años, el oficio, te han aportado un mayor grado de
certidumbre?
Bueno,
eso forma parte de un artículo, y tiene sentido desde ese artículo.
Pero, básicamente, yo creo que la literatura es eso, y ésa es
una de las cosas que la hace apasionante, el ser todo muy inestable,
el territorio que pisas y las herramientas de que dispones.
Hay un personaje de El desorden de
tu nombre que dice en un momento determinado que uno
tiene que escribir -y, en ese caso, ése sería el objetivo de
la literatura- sobre lo que no sabe, justamente, porque escribir
de lo que uno sabe no tiene ningún interés. Esto conecta un
poco con esa definición; es decir, la literatura consiste, precisamente,
en escribir de lo que uno no sabe. Y con herramientas que no
le pertenecen pues porque el lenguaje es muy artificial y nunca
llegas a dominarlo, nunca llegas a controlarlo. Tienes que estar
pactando con él porque, seguramente, el texto literario es el
resultado de la tensión entre lo que quieres decir tú y lo que
quiere decir el lenguaje, entre lo que quieres decir y lo que
eres capaz de decir, entre la tradición en la que te has incluido
y la subjetividad que tú eres capaz de aportar a esa tradición.
Y, en definitiva, son siempre materiales muy gaseosos todos.
-La crítica ha señalado que tus tres primeras novelas, Cerbero
son las sombras, Visión del ahogado y El jardín vacío se centran
en las relaciones entre los tres términos de este epígrafe.
(2) Me gustaría indagar sobre su desarrollo en el conjunto de
tu obra y sobre el papel que desempeñan en tu concepción de
lo literario. Al inicio de Letra muerta, Turis, el protagonista,
reflexiona sobre "el esfuerzo [...] que es preciso utilizar
para convertir la memoria en conciencia" (p. 12). ¿Es la literatura
un cauce privilegiado desde el que llevar a cabo ese proceso
de conversión?
Sin duda. El problema de la memoria, que es un material precioso
para un escritor -hay escritores que es el único material que
trabajan durante toda su vida-, es que sucede un poco con ella
lo mismo que con el lenguaje, esa tensión que te decía antes
que se produce entre lo que uno quiere decir y lo que el lenguaje
quiere decir. El texto sería el resultado de un pacto entre
ambas cosas, no puede vencer ninguna de las dos partes, yo creo,
porque si vence el lenguaje no aportas nada nuevo -eres hablado,
como diría Lacan- y, si vencieras tú, harías un texto
autista, absolutamente incomunicable. Con la memoria pasa lo
mismo: ella quiere decir una cosa y tú quieres que diga otra.
Habitualmente creemos que la memoria sirve para descubrir cosas,
y es mentira: la memoria sirve para encubrir. La memoria la
heredamos, gran parte de las cosas que recordamos creyendo que
son recuerdos propios son recuerdos ajenos que hemos incorporado
como propios. Y todo eso hay que dinamitarlo, hay que trabajarlo
para que sea significativo. Además, hay que romper la sintaxis
en que la has recibido porque es una sintaxis poco significativa.
También tienes que adoptar un acuerdo. Hablábamos antes de un
pacto para no ser hablado; ahora se trata de otro para no ser
recordado, para establecer una tensión entre lo que la memoria
dice y lo que tú quieres que diga. Tal como viene dada, la memoria
no sirve para nada. Tienes que estar hurgando, buscando mecanismos
para romper sus propios circuitos, igual que tienes que romper
los circuitos del lenguaje. Y cuando se consigue eso, la memoria
se convierte en un material literario, es un material que tiene
sentido, que tiene significado.
-En
tu literatura, y concretamente en lo que atañe a los personajes,
¿desempeña la memoria el papel de sucedáneo de la experiencia
de lo real?
Yo creo que no. Aunque habría que pensar qué es lo real, qué
entendemos por real. Lo que pasa es que con la memoria recorres
experiencias por las que ya te has movido, y lo que intentas
es obtener alguna significación de ellas, saber para qué sirvieron,
saber si ya allí estaba inscrito todo lo que iba a pasar luego,
pero no es que opere como sucedáneo. En cualquier caso, creo
que ahí hay un problema de nomenclatura que tiene que ver con
lo que es real o lo que es irreal. Yo pienso que gran parte
de los acontecimientos que nos han marcado son irreales. Todos
estamos marcados por experiencias de ese tipo que luego hemos
censurado, que no están incorporadas como tales porque hay una
ley no escrita que dice que eso es irreal. Pero no solamente
en la vida del individuo: en la vida de los colectivos la experiencia
de lo imaginario también ha sido más importante que la experiencia
de lo real. Las grandes matanzas de la humanidad se han producido
por cosas irreales, como Dios, o la patria, o tantas
otras. Lo que llamamos irreal -que yo creo que es una zona de
la realidad, pero bueno- es más importante que lo real. A mí
me interesan mucho estos temas, llevo algún tiempo trabajando
sobre ellos y, en parte, la novela que publicaré en septiembre
tiene que ver con esto. Por otro lado, la realidad tampoco es
algo dado. Normalmente se piensa que es una cosa estable, fija,
no alterable, pero, en gran parte, es la lectura que hacemos
de ella, y se pueden hacer muchas. También la realidad está
en cuestión, yo creo que ahora más que nunca.
-El
binomio literatura-realidad constituye uno de los pilares reflexivos
fundantes de tu quehacer literario. (3) El seguimiento de tu
evolución me lleva a pensar que en el recurso a lo metafictivo
has encontrado una de tus fórmulas predilectas para el ensamblaje
de ambos polos. ¿Te parece acertada esta interpretación?
Sí,
la interpretación es correcta. Ahí sigue habiendo, de todos
modos, cuestiones curiosas. Porque es verdad que la literatura
es una representación de la realidad, o una metáfora de la realidad,
pero la literatura y la realidad son territorios autónomos,
tienen leyes propias. En la realidad todo es contingente, mientras
que en la literatura todo es necesario. Todo lo que sucede en
una novela o en un cuento -sobre todo en un cuento, porque es
un mecanismo de relojería- tiene que ser necesario, no puede
haber nada que sea gratuito -si es gratuito sobra, hay que quitarlo-,
mientras que la realidad se caracteriza porque todo lo que sucede
en ella lo es. Nada de lo que sucede en la realidad es necesario,
y no nos lo planteamos, además, desde ese punto de vista, sino
que lo aceptamos. Pero luego hay una zona fronteriza entre la
realidad y la literatura, y en esa zona fronteriza se emplaza
la metaficción, hay un intercambio de materiales. Yo le he dado
muchas vueltas a esto, no conscientemente. Lo que ocurre es
que cuando pasa el tiempo y, sobre todo, te lo van diciendo
desde fuera, te vas dando cuenta. Por ejemplo, hace unos meses
una persona que me presentaba en una conferencia me hizo reflexionar
sobre algo en lo que yo no había pensado: siempre hay un personaje
en mis novelas que está a punto de escribir, o que está escribiendo.
Quizá es una necesidad de transferir el cuerpo de la realidad
al cuerpo de la literatura, de sustituirlo, de profundizar en
esa zona fronteriza, no lo sé muy bien.
-Muchos
de tus personajes arrastran una marcada conciencia de fracaso.
De forma casi programática, el narrador de Cerbero son las sombras
llega a afirmar que ésa "es la única forma de gratificación
moral para quien ha comprendido el mundo" (p. 143). ¿Por qué
es el fracaso más literario que el éxito?
No estoy muy seguro de que sea así. Incluso, quizá, en el éxito
se está más solo que en el fracaso. Lo que pasa es que es cierto
que hay toda una tradición del fracaso en la literatura. Por
otro lado, esa afirmación que tú citas está formulada desde
la óptica de los años en que está hecho Cerbero.
Son años de derrota para los españoles, es una obra escrita
desde la dictadura, en una situación de desastre colectivo.
-De acuerdo, pero incluso en tu última novela publicada sigue
presente la idea de fracaso.
Pues
no sé qué decirte. Quizá sea más fácil hacer literatura sobre
el fracaso que sobre el éxito. El problema es que asociamos
el éxito a un modo de relación no conflictiva con el mundo.
Y ahí no hay literatura posible, porque la literatura nace de
un conflicto, de un choque, de una puesta en cuestión de la
realidad. Desde ese punto de vista, si eso lo asociamos al fracaso,
resulta que no hay otra posibilidad. Es decir: desde una perfecta
adecuación con la realidad, uno hará otras cosas, pero no escribirá.
Hay una idea interesante que ya he citado en alguna ocasión
a propósito del Tonto -y que
yo asocio a un libro de Marthe Robert, Novela de los
orígenes y orígenes de la novela-, según la cual no habría más
que dos grandes literaturas, o dos grandes modos de enfrentarse
a la literatura: la literatura del bastardo y la literatura
del hijo legítimo. Esto alude a una fantasía que hemos tenido
todos en la infancia, la de que no éramos hijos de nuestros
padres sino de unos príncipes que nos iban a venir en algún
momento a rescatar. Yo pienso que la literatura interesante
es la literatura del bastardo, porque es la literatura que pone
en cuestión la realidad, que duda, frente al otro gran modelo
de hacer literatura, que sería el de aquel que cree que es hijo
de sus padres. Desde ahí, seguramente se puede hacer literatura,
pero será una literatura sin duda menos interesante. El legítimo
habla desde el éxito, mientras que el bastardo habla desde alguna
forma de fracaso, porque si pone en cuestión a sus padres es
porque no le gustan. Ahí, quizá, se aclaren más estos dos conceptos.
-La idea de fracaso aparece parcialmente asociada a otro
motivo recurrente en tu obra: la soledad. Tu primera novela
se abre con una reflexión sobre ella, concretamente sobre el
problema de llegar a encontrar "el punto medio entre la soledad
y los otros" (Cerbero, p. 9). ¿Es ese espacio intermedio el
de la literatura? ¿Lo ocupa ella para Millás a modo de puente
transitable en las dos direcciones, o es más bien un pasaje
de sentido único, ese "puente entre yo y yo" al que alude también
el narrador de Cerbero en la segunda parte de la novela (p.
119)?
Yo
creo que la literatura es un buen modo de relación con el mundo
-es un modo posible, vamos, a mí me parece muy bueno-, ese punto
intermedio en el que quizá no hay demasiada soledad pero no
hay demasiado de lo otro, tampoco. Y, finalmente, pienso que
ahí el acento se carga más en la soledad. Yo creo que, a medida
que pasa el tiempo, soy menos sociable. Es curioso. Soy más
sociable, por un lado, en el sentido de que manejo mejor una
serie de recursos; pero, al mismo tiempo, tengo cierta tendencia
a la retirada. Esto lo explicaba con una cita de la biografía
de Einstein en el Prólogo a la Trilogía de
la soledad, haciendo referencia a la gratificación en los
mundos internos. A mí siempre me ha llamado mucho la atención
cómo hay gente que se ha inventado el mundo desde situaciones
de hermetismo. Es el caso de Stephen Hawking, que ha
ideado un modelo cosmológico desde una silla de ruedas. Un hombre
sin ninguna ventana a la realidad, prácticamente incomunicado,
se ha inventado el mundo, y además parece que el suyo es el
único modelo posible. Yo, por instinto, -incluso, a veces, a
mi pesar- voy hacia ahí. Pero es que, por otra parte, hay muchos
tipos de soledad. Existe la soledad como conquista, ésa que
es absolutamente indispensable como fundamento de una identidad
no enajenada. En cierto modo es la que conquista Elena Rincón,
el personaje de La soledad era esto, como paso previo a la construcción
de una identidad propia. Yo creo que ésa es una soledad que
hay que incorporar a la vida cotidiana, que uno tiene que tener
ese espacio de soledad diario para poder saber quién es.
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