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PRÓLOGO
Juan
José Millás inquieta menos como interlocutor que como narrador.
En la distancia que separa - y aproxima- la genialidad del segundo
y la cordialidad del primero, quien le va a entrevistar dispone
de terreno para asentarse, para desplegar pausadamente los utensilios
del ritual y hasta para poner en perspectiva la incertidumbre
y dedicarse luego a contemplar ese paisaje fragmentado de túneles
de color que él va creando con su palabra. Recorrer con Millás
ese territorio es un privilegio. Al finalizar el itinerario,
lo que queda es una extraña sensación de tiempo pasado en otros
sitios. Y a quien hablaba con él le gustaría haberse quedado
en alguno de ellos, para poder seguir escuchándole. Esta entrevista
comenzó en Viena en noviembre del 97 y terminó en Madrid
a finales del pasado febrero. La primera conversación forma
parte de la prehistoria de la segunda, sin haber llegado a incorporarse
como texto escrito a lo que aquí se rescata de ambas. Otra de
las pérdidas sufridas por el camino de lo oral a lo legible
es la del tono amigable y lleno de expresividad de la voz de
Millás. La transcripción intenta respetarlo con un grado de
fidelidad que permita al lector construirse la ilusión de recorrer
con nosotros una parte de los trayectos sugeridos en las líneas
anteriores. Buen viaje.
-¿Te
gusta conceder entrevistas?
Sí y no. La demanda de una entrevista siempre es algo que te
halaga, pero la entrevista tiene un lado incómodo: te obliga
a tomar decisiones muy rápido, no hay tiempo para la reflexión.
Yo casi prefiero llamarlo conversación. Pero la conversación
se da cuando te olvidas de que te están entrevistando, porque
bajas la guardia y, por lo tanto, la capacidad asociativa funciona
mejor y estás más a gusto. En la entrevista esto no suele funcionar,
al ser algo muy mecánico, muy rápido.
-Pues a ver si lo conseguimos. El ritmo lo vas a marcar tú.
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