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Suburbio
(prólogo)
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No conozco ninguna antología de prólogos, quizá
porque son una peste sólo comparable a la de las necrológicas
(de las que tampoco existen recopilaciones, por algo será).
El prólogo es la puerta del libro, de manera que no
puedes saltártelo sin la impresión de haber
entrado en el volumen de forma fraudulenta. Pero si caes en
la tentación de leerlo es muy probable que se te quiten
las ganas de continuar, aunque se trate de una obra maestra.
Así de convincentes suelen ser estas curiosas piezas
literarias. Y es que los prólogos, al tener una función
lubrificante, poseen altos índices de materia grasa:
te dejan sin apetito, en fin. Y eso que suelen ser de Borges,
de Cortázar, de Torrente Ballester, de Calvino... Cuando
uno decide solicitar un prólogo, no acude a cualquiera.
Cabría preguntarse por qué Borges, Cortázar,
Torrente, Calvino ceden a la tentación de escribirlos.
Yo se lo diré: por puro compromiso. Los prólogos
suelen pedirlos las mismas personas que solicitan las necrológicas,
y con idéntica expresión de lástima,
de manera que uno no puede negarse sin sentirse mal. De hecho,
se escriben con el espíritu fúnebre de los obituarios.
Y siempre se dice que el difunto era muy bueno, o que el libro
es fantástico, aunque el autor de la necrológica
no conociera al muerto ni el del prólogo haya leído
el libro.
Yo tampoco he leído este libro para el que el editor
me ha solicitado un prólogo. Me he limitado a escribirlo,
lo que no hace más fáciles las cosas. Está
compuesto por un conjunto de reportajes y artículos
aparecidos en El País, en los periódicos del
grupo Prensa Ibérica, la revista Jano y El Paseante.
Debo a muchas de estas piezas más satisfacciones que
a alguno de mis libros, especialmente esta de organizarse
ahora como un cuerpo. Precisamente, el título de la
selección, Cuerpo y prótesis, coincide con el
de uno de los artículos que más me gustan, pero
sirve para señalar también mi relación
con la escritura, que a veces siento como una prótesis
de mí y a veces como un cuerpo del que yo no sería
sino una prolongación artificial, una mano mecánica
que en este mismo instante se detiene para no convertir en
verdadero prólogo lo que ha intentado ser más
bien un suburbio, un arrabal, un barrio periférico,
siempre en el caso de que un libro de estas características
tuviera un centro.
Juan José Millás
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