Sumario
 
Cuerpo y prótesis
(FIN: Último texto del libro 'Cuerpo y prótesis)

Yo también tuve cuerpo. Y mis padres también, y mis hermanos, así como la gente con la que fui al colegio, o a la universidad. Más tarde, en los sucesivos trabajos con los que me gané la vida, sólo conocí a individuos corporales, por eso me choca que hablemos de él como si se tratara de una adquisición reciente, cuando lo cierto es que ya en la antigüedad prehistórica nuestros abuelos se desenvolvían con cuerpos que en lo sustancial no eran muy distintos de los actuales. Sin embargo, no hemos logrado convertir esta pertenencia orgánica en un suceso rutinario; de hecho, no vamos a ningún sitio sin el cuerpo, al que hemos convertido en el centro de nuestras atenciones y en el protagonista de los mensajes publicitarios, que son los más eficaces en la creación de modelos de realidad. Otra cosa rara es que, pese a las pasiones que despierta, aún no se sabe de nadie, que haya conseguido tener más de un cuerpo, lo que sería muy ventajoso, incluso para quienes no viven directamente de él. Bien pensado, quizá sea la nostalgia de no poder tener más de uno lo que mueve al mundo. Algunos empresarios se refieren a los trabajadores de su plantilla como si fueran órganos propios. “Mi empresa es una gran familia que da de comer a siete mil familias”, dice cuando intentan conseguir algún beneficio de la Administración, y uno nota que se refieren a esas personas como un conjunto de cuerpos que multiplican de alguna forma misteriosas el suyo. “Este año se han incorporado dos mil personas más a nuestra cadena de montaje en Japón”, decía hace poco un magnate del sector automovilístico. La utilización habitual de este verbo, incorporar, da una idea de hasta qué punto la actividad empresarial viene a cubrir la nostalgia de no tener más que un cuerpo en exclusiva.
Cuando un empresario logra que su negocio adquiera el tamaño mínimo exigible para ser temido o respetado en la sociedad en que actúa, lo primero que hace es contratar a alguien capaz de diseñarle una imagen corporativa. A nadie le gusta que confundan su cuerpo con el de otro, aunque sean iguales, de ahí que ganen tanto dinero quienes se dedican a construir señales de identidad de los grandes monstruos financieros. Y cualquier empleado que pretenda progresar no ignora que hay un estilo BMW, Philip Morris, o TWA, al que debe ajustarse su comportamiento: más de uno ha sido relegado a tareas secundarias por carecer de identidad corporativa.
El sueño de un hipocondriaco sería tener tres o cuatro cuerpos en casa, para distribuir de forma racional los miedos y dolores que no hay manera de ordenar en un único recipiente anatómico. Además si esto fuera posible, la gente no se casaría, o lo había con un cuerpo propio en lugar de tener que acudir, como en la actualidad, a buscarlo fuera del hogar. Sin duda, insisto, esta ley no escrita, limitadora de las posesiones carnales, es una de las causas de la configuración del mundo. Si uno pudiera tener tanto cuerpos obligados a renunciar a su identidad para ponerse al servicio de la de otro. El éxito del comercio sexual está montado sobre la fantasía de que el cuerpo en alquiler puede ser tuyo durante el tiempo del contrato. Así que si le ordenas que te enseñe el culo no tiene más remedio, igual que tu manos se abre cuando se lo pides. La gratificación que proporciona la instrucción militar a los mandos es del mismo tipo: no hay nada más absurdo que un conjunto de cuerpos marcando el paso, o colocándose alternativamente el fusil en el hombro derecho o en el izquierdo (con esta arma se realizan posturas aún más perversas): para entenderlo hay que acudir al mundo de la prostitución, donde el cliente exige a la puta desfilar, levantar la pierna o colocarse a cuatro patas sin otro fin que el de obtener el placer incomparable que proporciona ver fuera de su cuerpo otro que ejecuta cuanto se le solicita, por humillante que resulte, lo que lo hace tan servil como el suyo, con el que realiza en la intimidad cosas que le daría vergüenza confesar en público.
Lo curioso es que si bien es cierto que uno no puede tener más de un cuerpo, un cuerpo sí puede ser poseído por más de un individuo. Existe abundante literatura clínica y de la otra sobre el caso. Particularmente, continúa conmoviéndome cada vez que lo leo un cuento de H.G. Wells, El cuerpo robado, en el que se describe con notable precisión la existencia de un mundo inmaterial, paralelo al nuestro, donde habitan miles de personalidades cuya sed de cuerpos es tal que se cuelan con frecuencia en los nuestros si ven una rendija o grieta por la que penetrar en él. De otro lado, el cuerpo es sin duda la casa de los antepasado, de manera que, además de su propietario legítimo, viven en él los muertos, los desaparecidos, los fantasmas de nuestra propia sangre. Normalmente, se mueven con tal sigilo entre el pulmón y el bazo, o entre el estómago y el cráneo, que no llegamos a advertir su presencia.
Otras veces, sin embargo, hacen ruido y tú notas que están ahí, aprovechándose de tus órganos para obtener alguna clase de placer carnal. Hace poco, me encontraba en un restaurante, fascinado por los movimientos de una camarera que me recordaba a mi difunta madre, cuando noté que alguien utilizaba mis ojos para contemplarla al mismo tiempo que yo.
Quiero decir, en efecto, que me sentí habitado por alguien capaz de apropiarse de mi sentidos para disfrutar de algo que le conmovía. Hice como que no me había dado cuenta de la presencia del intruso, para que se confiara, y mientras él se desnudaba con mis ojos a la camarera, yo estudiaba sus reacciones, hasta que llegué a la conclusión de que se trataba de mi padre, que en paz descanse. En ese momento se dio cuenta de que lo vigilaba y desapareció en dirección a los pulmones, entre cuyos alvéolos le perdí la vista. Pero a los postres, después de haberme hecho el distraído durante un buen rato, lo noté trepar de nuevo hasta la abertura de los ojos para embelesarse en la contemplación de aquella mujer que, ya digo, tenía un parecido sorprendente con mi madre. Le dejé disfrutar de ella un buen rato y luego, mientras me tomaba el café, le dirigí un pensamiento con la intención de establecer con él algún tipo de contacto. No fue posible: huyó hacia los intestinos en el momento en que percibió que yo no era ajeno a su presencia.
Otro día me encontraba en el museo Thyssen, contemplando una pintura de Canaleto que le gustaba mucho a un amigo recientemente fallecido, y al poco me di cuenta de que la mirada que estaba fallecido, y al poco me di cuenta de que la mirada que estaba depositando sobre el lienzo no era mía. Aguanté la respiración y, tras un breve ejercicio retrospectivo, advertí que el que gozaba a través de mí de aquel lienzo que tanto había amado en mi vida era en realidad mi amigo. Intenté decirle algo, pero se retiró también al advertir mi presencia, como las cucarachas cuando enciendes la luz. Una vez, sin darme cuenta, pedí en un restaurante un postre que detestaba, y al poco de empezar a saborearlo con un placer inexplicable advertí que quien estaba disfrutando de él era una hermana de mi madre, también fallecida, que adoraba los derivados de la leche. ¿No os ha sucedido nunca que al tocar algunos objetos o al acariciar a determinadas personas os atacaba una suerte de inquietante extrañeza, como si estuvierais tocando o acariciando para otro o para otros que quizá se han quedado sin cuerpo y se han visto obligados a refugiarse en algún pliegue del vuestro para continuar teniendo, incluso de forma vicaria, sentimientos corporales? En general, si no eres una persona muy llena de ti misma y has dejado huecos libres a lo largo de tu anatomía, habrá sentido alguna de estas experiencias, porque la sed de cuerpo, como decía H.G. Wells en el cuento citado, es insaciable. Tan insaciable como la sed de alma, la verdad, porque el cuerpo, desde algún punto de vista, resulta excesivamente tosco para actuar de intermediario entre uno y lo real.
Por eso a veces nos parece un fastidio necesitar de los ojos para ver y de las manos para tocar y de la lengua para saborear. No voy a decir ahora que el cuerpo sea una cosa absolutamente detestable, da muchas satisfacciones, ya lo hemos visto, pero uno intuye que la verdadera sabiduría consistiría en ver sin mirar, sentir sin tocar, paladear sin masticar. Si te has asomado con algún detenimiento a una calavera, o a una caja torácica, estarás de acuerdo en que parecen instrumentos rudimentarios, al menos si los comparamos con materiales como la fibra óptica o algunas resinas sintéticas de reciente aparición. Una de las cosas por las que más cuesta traer de vuelta a los anoréxicos a nuestro mundo es por lo grosera que les resulta la realidad una vez que se relacionan con ella desde un cuerpo bien alimentado.
El ojo, con toda su complejidad, apenas es capaz de captar un estrecha franja de la realidad, Y el tacto, el oído o el olfato no alcanzan a recoger ni un 10 por ciento de cuanto nos rodea. Es decir, que entre uno mismo y la realidad se interponen multitud de impurezas: la más grave de ellas es sin duda el cuerpo. No estoy proponiendo que nos despojemos de él (entre otras cosas no sabríamos cómo hacerlo), sino constatando que su espesor nos impide el contacto con todo lo esencial. Fíjense en las piernas: constituyen una verdadera ridiculez, una tontería. No están bien concebidas para su función y llevan dentro una formación muy arcaica, el hueso, que se rompe con mirarlo. Para mí, que detesto pasear, las piernas son de lo peor que se le ha ocurrido al organismo. Y los brazos nos parecen útiles, sí, pero porque tenemos el vicio de coger cosas, y ya no podríamos vivir dejándolas caer. Sin embargo, hay muchos cuerpos desprovistos de extremidades superiores que se desenvuelven tan bien o mejor que el nuestro. Ahora, que para lugar absurdo, la espalda: un espacio devastado, sin vegetación, un desierto en el que es imposible dar con una sombra. Yo paso meses sin acordarme de la espalda, pero cuando me viene a la memoria es porque sucede algo malo entre sus confines.
Total, que el cuerpo es una lata. Yo no creo en él, todo lo que dije antes de lo antepasados y demás fue por matar el tiempo. Lo malo es que tampoco creo en el alma. No me parece que tengamos nada especialmente metafísico en el tuétano. Esto es una contradicción porque si no crees en la materia has de creer en el espíritu, o viceversa. Lo dice el sentido común o, en su defecto, la lógica, aunque personalmente tampoco creo en el sentido común ni en la lógica. Ni en la belleza de los atardeceres. No creo en nada, la verdad. Aunque lo malo de no creer en nada es que de súbito ves tu propia mano apoyada sobre la mesa, mientras se calienta el café, y te deja fascinado su pertinencia y funcionalidad. O te encuentras con un atardecer al regresar del trabajo y lloras de gratitud por la gama de violetas que han incendiado el horizonte. Y a veces, al cerrar los ojos, tienes la impresión de que un alma pequeña, un soplo, baila dentro de ti. La vida es muy confusa, porque cuando has hecho el esfuerzo de no creer en anda, entonces, inopinadamente, te invade una fe que maldita la falta que te hacía. Pero si la cultivas, enseguida te estrellas de nuevo contra un agonosticismo desolador. El único modo de tener fe en algo, ya sea de orden espiritual o material, es no creer en ello, auque sin enfatizar esa falta de fe, porque el énfasis te lleva siempre al otro lado. Así que, llegado a este punto, uno no sabría decir si el cuerpo es una alucinación de la conciencia o la conciencia una alusión del cuerpo. Lo único evidente es que las dos cosas no pueden existir a la vez, porque eso sería un disparate comparable al de construir una joya de platino con incrustaciones de plomo. En nuestra tradición se tiende a considerar que lo real es el cuerpo, y que desde él, para aliviar las limitaciones que comporta su posesión, se ha inventado el alma, que, aun careciendo de existencia real, posee una notable capacidad analgésica. Se trataría, en fin, de un placebo de consumo masivo, cuya mera administración produce una riqueza económica que no se puede comparar con ninguna otra industria, a no ser, quizá, con la del software en su vertiente de realidad virtual y videojuegos.
Pero, puestos a pensar, tampoco sería un disparate concluir que lo único real es el alma, la conciencia, y el cuerpo una ilusión de ella. ¿Por qué no? Desde algún punto de vista tan legítimo, y desde luego tan indemostrable como el anterior, el cuerpo podría ser una convención parecida a la del lenguaje, o sea, una prótesis arbitraria que sirve para comunicarnos cosas, lo mismo que el calendario o las palabras. En tal caso, el cuerpo sería una representación: algo, en fin, que está en lugar de una ausencia que no sabemos manejar, lo mismo que el pronombre va en lugar del nombre. Lo malo es que si aceptamos la idea del cuerpo como prótesis tendremos que admitir la idea del cuerpo como prótesis tendremos que admitir que ha venido a sustituir a alguna clase de amputación, y esto es lo que hoy por hoy no hemos conseguido averiguar: de qué estamos amputados para necesitar una morfología corporal.
Desde nuestra cultura, y pese a ser los inventores de la anorexia y la bulimia, de la obesidad y el enflaquecimiento, de la base proteínica y el ácido nucleico, no es nada fácil aceptar que el cuerpo pueda ser una cosa imaginaria. Sin embargo, todos conocemos gordos que se perciben delgados y delgados que se perciben gordos, porque los límites del cuerpo no están sujetos a ninguna medida objetiva, ni siquiera cuando se asocian a esa otra cosa imaginaria que es la salud.
Personalmente, comprendí esta rareza un día que abrí la jaula a un pájaro criado en cautividad, obligándole a salir. El animal aleteó desesperado por la habitación, y sólo recuperó la paz cuando se vio de nuevo dentro de la jaula, cuyos barrotes constituían, desde su percepción, los límites de su propio cuerpo, así que no podía permanecer fuera de ella sin tener la impresión de estar fuera de sí.
Probablemente, una de las cosas por las que al niño le cuesta tanto adquirir las coordenadas espaciales es porque ha de hacerlo desde una referencia, el cuerpo, que carece de realidad, al menos si lo compara con el músculo de su mundo imaginario. En cualquier caso, lo cierto es que cuando uno se habitúa al cuerpo ya no puede vivir sin él, aunque se trate de una cosa imaginaria. De ahí que para demostrar su existencia hayamos inventado los argumentos más inverosímiles, incluso el del dolor, o la muere, que tanto daño nos hacen. Pensamos que si duele y muere es porque se trata de un asunto real. Pero también el alma, que no existe, duele, y más que el cuerpo si me apuran, así que el dolor no es ningún instrumento de mediad para calibrar el grado de existencia de las cosas. Si todo lo que duele tuviera una existencia real, no habría lugar en el universo para contener tanta vida.
De todos modos, soy el primero en reconocer que el cuerpo, aunque se trate de una construcción fantástica, está bien si puedes atenderlo como es debido; en caso contrario, da más trabajo que uno de esos animales domésticos a los que has de sacar tres veces al día para que hagan sus cosas en la calle. Pero la cuestión no es esa; la cuestión es que si el cuerpo carece de existencia real tendríamos derecho a saber al menos desde donde se proyecta ese fantasma. Desde el alma, contestarán algunos. ¿Y si el alma no existe, que es lo más verosímil?
Como ven, no hay respuesta para nada. Lo único cierto es que sentimos tal pasión por la carne que cualquiera diría que la acabamos de adquirir, cuando ya hemos dicho que se trata de una pertenencia ancestral. No hay, pues, nada más antiguo que la carne. Ni más profundo; por eso, al cortarla, aparecen en su superficie labios que no besan, bocas que no hablan. Y porque ya ni las heridas son capaces de hablar o de besar, quienes tenemos cuerpo desde pequeños continuamos encelados con ese silencio celular, así que no somos capaces de dejar de escribir sobre él, quizá para provocarle, con la ingenua esperanza que un día nos mire a los ojos y nos confiese para qué sirve, aunque se trate de algo atroz.

<< Anterior Sumario Siguiente >>