Confusión
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Un
amigo mío, profesor de pintura, me cuenta que tiene
muchos alumnos que quieren aprender a no pintar.
-Esto ya sabemos hacerlo -aseguran cuando se les muestra
un cuadro de Antonio López-Nos gustaría practicar
lo contrario.
Algunos, en su esfuerzo por no pintar, desgarran el lienzo,
o le vuelven la espalda, pero al final todo eso les deja
insatisfechos. Intuyen que no pintar consiste en otra cosa,
aunque no han averiguado en qué.
Yo tuve una experiencia semejante cuando daba clases de
escritura. Había gente que se empeñaba en
no escribir. De hecho, Cervantes les parecía antiguo
y Shakespeare retórico. De Flaubert llegaban a asegurar
con desprecio que era decimonónico, lo que no podía
ser de otro modo perteneciendo al siglo XIX. Estos temperamento
artísticos llegaban a clase con veinte líneas
a las que habían dedicado una noche entera de actividad
febril, y cuando les decías que eran muy malas, te
miraban con desconfianza porque la buena escritura les parecía
un vicio pequeño burgués. A uno al que le
reproché haber un escrito un cuento aburrido me respondió
que el tema que había querido desarrollar era ese,
y se quedó tan ancho. De todos modos, a lo que tenían
pánico no era a resultar pesados, sino a ser buenos.
-Pues para escribir mal no necesitáis acudir a clase
-les decía yo-. Podéis hacerlo por correspondencia.
Pero ellos se empeñaban en venir todos los días
para pelearse conmigo. Aseguraban que querían no
escribir, aunque no soportaban mis juicios negativos. En
otras palabras pretendían que les diera la razón
todo el tiempo.
-Pero es que esto es muy malo.
-Por eso mismo es bueno.
Al final abandoné esta actividad incomprensible,
pero algunos alumnos me perseguían por la calle pidiéndome
consejo. Yo les decía que el mejor nodo de no escribir
era pintar, y se los enviaba a mi amigo pintor, quien me
dice que tampoco eso les hace felices. La gente, en general,
está muy desorientada.