Muchedumbres
familiares
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Soy
el cuarto, empezando por arriba, de un conjunto de nueve
hermanos (todos vivos, o casi). Lo que más recuerdo
de mi situación familiares es que cuando los mayores
iban al cine, yo era pequeño, aunque cuando les tocaba
el turno a los pequeños yo era mayor. Me pasé
la infancia sin salir de casa, y luego, de mayor, me dio
pereza, de manera que sigo sin salir. Éramos, en
fin, una familia numerosa. Hay gente que ha salido de una
familia numerosa con ganas de repetir, pero son los menos.
Yo odiaba al hijo único de mi clase (entonces era
una rareza ser hijo único) por pura envidia, porque
lo tenía todo, o eso es lo que pensaba yo. Lo raro
es que con frecuencia lo dejaba todo y se venía a
jugar a mi casa donde no había nada que valiese la
pena. Siempre queremos lo que no tenemos: los hijos únicos,
hermanos; los procedentes de muchedumbres familiares, una
habitación para nosotros solos, aunque sea sin vistas.
Leo que las familias numerosas ha descendido en un 42 por
ciento en cinco años, pese a las recomendaciones
del Papa, y que el gobierno estudia conceder el carné
a las de tres hijos. Ignoro qué ventajas puede otorgar
hoy día ese papel; el de mi época era humillante.
Cada vez que mi madre sacaba el carné para adquirir
algo un poco más barato, a mí se me cara de
vergüenza, porque, más que un carné de
muchos, me parecía un carné de pobres, y la
pobreza estaba entonces muy mal vista. Hoy no, hoy sabemos
de gente que ha reunido un modesto patrimonio, de 200 millones
de pesetas, por ejemplo, y no le importa que lo sepa todo
el mundo. Las costumbres cambian.
Mi madre, además de sacar el carné de familia
numerosa frente a cualquier situación de peligro,
tenía una costumbre muy humillante que consistía
en preguntar en las tiendas si hacían descuento.
“¿Hacen ustedes descuento?”, decía,
y yo me escondía debajo del mostrador, de donde en
realidad tampoco he salido todavía. No pidan ustedes
el carné, aunque tengan veinte hijos, si quieren
que los niños salgan de casa. Y del mostrador.