Sumario
 
Hombres y perros

Numerosas, y muy variadas, son las historias que hablan de la solidaridad entre los perros y los hombres, por un lado, y de la crueldad que los hombres ejercen sobre los hombres, especialmente sobre los que fuman, de otro. Lo raro es dar con un caso clínico en el que se resuman las dos patologías y, sin embargo, existe. Lo contó el otro día Basilio Losada, el traductor del recién aparecido Viaje a Portugal, de José Saramago, y creo que vale hacerlo público para ser más conscientes del mundo en el que vivimos.
La historia sucede en una universidad norteamericana, cuyo nombre omitiré para no perjudicar a terceros. Allí, en un lugar rodeado de bosques con ardillas que comen de las manos de los alumnos, transcurre, apacible, la vida escolar. Los profesores tienen sus casas cerca de la universidad, de manera que cuando abren la puerta lo primero que ven es un conjunto de árboles que invitan con su silencio a la meditación.
Por lo visto, uno de los profesores de la universidad a la que nos referimos es fumador. Naturalmente, nadie allí conoce este viejo oculto que, de ser descubierto, le costaría la expulsión de tan idílico paisaje académico. El hombre arrastra desde hace años una doble vida, ya que ni siquiera su mujer lo sabe. Si algún día se enterara de que rara de que ha estado viviendo con un drogadicto, probablemente se suicidaría al pensar en esos besos impregnados de nicotina que intercambió con él; eso, en el caso de que se besen en la boca, pues ya sabemos lo higiénica que es aquella sociedad. En cualquier caso, el desprestigio social sería tan insoportable que de todos modos tendría que poner fin a su vida.
Pues bien, este dulce y feliz matrimonio tiene un perro, un San Bernardo, que es el único que conoce el vicio oculto de su amo. De manera que cuando ve que está nervioso, porque necesita una dosis, le coloca la pata sobre la rodilla y ladra. Entonces, la mujer del profesor dice: “Saca al perro, ¿no ves que quiere hacer sus cosas?”. Así, el animal y el hombre se internan en el bosque y cada uno, detrás de un árbol, hace lo suyo. Conmovedor, ¿no?

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