Frío
en el tuétano
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La
infancia está en el tuétano del adulto, porque
crecer es ir ocultando tras diversas capas, a la manera
de un vegetal liliáceo, lo que uno fue. La capa hoy
esconde al individuo de ayer y la de ayer al de anteayer.
Al final de todas hay un humilde espermatozoide vivaqueando
en busca de una luna llena, el útero, en cuyas paredes
incrustarse y perecer para ser alguien. Yo, cuando me desprendo
imaginariamente de las sucesivas capas que me ocultan, llego
invariablemente a un centro helado. Pasé mucho frío
de pequeño, no sé si porque el clima era más
riguroso entonces o porque teníamos menos ropa, quizá
las dos cosas. La cuestión es que el niño
que llevo en los tuétanos continúa tiritando.
No he hecho otra cosa en la vida que trabajar para quitarle
el frío, pero todo ha sido inútil. Y sé
que el día que me muera, cuando le dedique mi último
pensamiento, continuará sentado en el borde de la
cama, echándose el aliento en la punta de los dedos
para darse un poco de calor. Recuerdo que en su día
vi la película El espía que surgió
del frío sólo por el título. Aquel
espía y yo teníamos en común que procedíamos
del mismo sitio. Luego leí la novela de Le Carré
en la que está basada y me sentí completamente
identificado con aquel personaje que en la pantalla representó
magistralmente Richard Burton. Por entonces, yo no había
estado nunca en el berlín Oriental, ni siquiera conocía
el muero que separaba a unos de otros, pero también
venía del frío, así que comprendí
perfectamente la amargura del personaje y la necesidad de
buscar calor en el pecho de una bibliotecaria comunista.
Leo todos los libros en cuya cubierta aparece la palabra
frío, porque sé que en la primera página,
o como mucho en la segunda hablarán de mí.
Continúo buscando una receta para calentar a aquel
niño que todavía se pasea descalzo y en pijama
por el centro de mis huesos, aterido a causa de la temperatura
ambiental. Llevo, en in, el frío en los huesos.
Así que, aún alegrándome mucho por
ese matrimonio de Valencia que ha logrado tener hijos grcias
a la congelación previa de los espermatozoides del
padre, la noticia me ha dejado helado. Eso sí que
es llevar el frío dentro.