Un
caso de agobio
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Una
de las cuestiones más misteriosas de este mundo es
el agobio. Hay días en los que tienes poco que hacer
y sin embargo vas corriendo de un lado a otro, como si temieras
llegar tarde a ningún sitio. En cambio, otros días
en los que realmente has de resolver mil asuntos, y a horas
previamente establecidas, te mueves con una tranquilidad
increíble, dedicándole a cada cosa las energías
y el tiempo que se merecen, ni un minuto más, ni
una gota de sudor de menos. En otras palabras, que el agobio,
como la ideología, guarda muy poca relación
con las condiciones objetivas. Mi madre estaba deseando
no tener que hacer las camas ni la comida ni dar de comer
al canario, pero cuando se murió el canario dejó
la jaula en su sitio y le ponía la comida por la
noche y se la quitaba por la mañana, como en una
versión urbana de Penélope, que tejía
durante el día un jersey que destejía por
la noche para sentirse agobiada y no para esperar a Ulises,
como hizo creer a los críticos literarios.
Más aún: cuando me fui de casa, mi madre venía
todos los jueves a mi apartamento con expresión de
vivir completamente agobiada y me sacaba la ropa limpia
de los cajones para llevársela a su casa y lavarla
en su lavadora.
-Pero si está limpia –le decía yo.
-Calla, que yo ya sé lo que me hago.
Y yo me callaba si tenía el día tranquilo,
pero si estaba agobiado le echaba la culpa de no tener tiempo
para hacer algo completamente irrelevante.
Un día, compré un canario y lo metí
en la jaula vacía que había en casa de mi
madre, para darle un toque de sentido a la realidad. Generalmente,
si estoy bien conmigo mismo, no me molesta el absurdo, pero
cuando me encuentro un poco agobiado no puedo resistirlo
y hago cosas horribles, como comprar pájaros para
rellenar jaulas o candados para cerrar cajones. Pues bien,
mi madre continuó poniendo alpiste de manera mecánica,
sin darse cuenta de que ahora había un pájaro
en la jaula.
-¿No te has dado cuenta de que hay un pájaro
en la jaula?-le pregunté a los quince días,
para ver si me daba las gracias por lo menos.
-Pues claro que hay un pájaro en la jaula-respondió-.
¿Te crees que estoy loca? A buenas horas iba a cambiarle
el agua todos los días si la jaula estuviera vacía,
con la de cosas que hay que hacer en esta casa.
O sea, que de lo que no se había dado cuenta era
de que se había muerto el anterior. Vivía
la pobre con una presión enorme por las cosas que
se imaginaba que tenía que hacer. Yo soy un poco
víctima también de esa tendencia, pero estoy
intentando curarme. Por eso no tengo pájaro, aunque
he heredado la jaula vacía de mi madre y todos los
días he de ponerle de comer a nadie. Qué agobio.