La
torre
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Una
cosa incomprensible de la informática es que le obligue
a uno a escribir mal. Todo junto, sin acentos, sin mayúsculas,
sin eñes. Los habitantes del correo electrónico
y de Internet en general parecen afásicos, como si
les hubieran dado un golpe en la cabeza. Al principio uno
se rebela, pero llega un momento en que si persistes en
utilizar las mayúsculas, los acentos, las eñes,
incluso la sintaxis, en el espacio cibernético, te
toman por un psicópata. No sabe uno como explicar
que escribiendo mal es imposible pensar bien. Pero quizá
lo que se esconde tras las órdenes del todo junto,
sin acentos, sin mayúsculas, sin eñes, sin
sintaxis, se resume en esta otra: sin pensamiento, por favor.
De hecho los diccionarios incorporados a los procesadores
de textos, carísimos por cierto, tienen un vocabulario
tan pobre como el inglés de aeropuerto: sirven para
averiguar dónde está el cuarto de baño,
pero no proporciona elementos de juicio para saber de qué
modo se utilizar una letrina o se tira de la cadena. Es
cierto que uno puede ir enriqueciéndolo con la incorporación
de nuevos términos, aunque para ello es necesario
tener una cultura previa que al contacto con la informática
puede deteriorarse gravemente, sobre todo si uno cae en
el desvarío dadaísta de activar también
el corredor sintáctico. Yo creo que lo que sucedió
en Babel no fue que Dios confundiera a los hombres dotándolos
de diferentes lenguas, sino que les obligó a utilizar
mal la que tenían: todo juntos, sin acentos, sin
mayúsculas, sin eñes, sin sintaxis: sin pensamiento.
Pero sin pensamiento, por rudimentario que sea, no se puede
levantar ni una modesta construcción de Lego; mucho
menos un cúmulo de saberes desde los que alcanzar
el cielo. Nuestra torre de Babel es la informática,
y ya ha comenzado a confundirnos. Dios ataca de nuevo.