Plomo
 |
Durante
el coloquio, posterior a la conferencia, una señora
del público se levantó y dijo con desánimo
que había perdido la imaginación. "Ya
no soy capaz de fantasear, o no me divierte." Salí
del paso con los recursos habituales, pero su imagen me
acompañó durante el viaje de vuelta y las
semanas siguientes como un grumo que fui incapaz de diluir
en la pasta homogénea de los días. La veía
saliendo de la cama, rodeada de objetos y de cuerpos opacos,
relacionándose con ellos también de un modo
turbio -ahora el desayuno, luego la cena- y se me ponían
los pelos de punta. Aquella intervención ingenua
amenazaba con convertirse en una secuencia de terror que
no lograba apartar de mi cabeza. A veces, la veía
poniendo una música que en otro tiempo le había
emocionado, pero que ya no le decía nada, o encendiendo
la televisión en busca de programas excitantes, sin
que oyera sonar dentro de sí otra cosa que no fueran
los jugos digestivos. Uno ha padecido situaciones semejantes,
en las que la realidad deviene en un conjunto de bultos
sin significados, y sabe lo que es. No se puede vivir así
y aquella mujer se había levantado para pedir un
auxilio que no podíamos prestarle. "Ya no soy
capaza de fantasear." Le aseguré que a veces
el punto de mayor opacidad inaugura el principio de la transparencia.
Quería decir que cuando los días se convierten
en una corriente que hay de fantástico en medio de
tanto mutismo. No se trata de una dimensión mágica
ni nada de eso, sino de algo profundamente irreal, quizá
terrible, que anida en el silencio gris que nos constituye.
Tal vez es necesario alcanzar el grado de extrañamiento
del que esta mujer hablaba para comprenderlo. Pero si uno
percibe ese brillo una vez, le acompañará
siempre. Suerte.