El
orden ideal
Hubo
una época en que fichaba todos los libros que entraban
en casa hasta que un día, en plena catalogación
de uno de Kafka, mientras recorría con el dedo las
páginas de cortesía en busca del nombre del
traductor, tuve el sentimiento de que estaba haciéndole
a la novela uno de esos reconocimientos físicos que
se les hace a los presos antes de meterlos en la celda.
Me quedé espantado, así que dejé a
ficha a medias y abandoné el libro en cualquier parte,
aunque nunca tuve dificultad para encontrarlo. Llegaba a
mi habitación, olía un poco de aire y el afecto
me conducía a él con la misma eficacia que
el orden alfabético. Desde entonces, he intentado
ordenar mi biblioteca, y quizás mi vida, de algún
modo que no exija la confección de una ficha policial,
pero he fracasado sucesivamente.
Veamos: intenté hacer una clasificación temática,
dividiendo la librería en grandes áreas: novela,
ensayo, poesía... Hasta aquí la cosa es fácil;
lo malo es cuando intentas clasificar a su vez cada uno
de estos géneros y te pones a separar novela histórica
de la psicológica y esta de la policiaca; o el ensayo
científico del literario; e incluso la poesía
buena de la mala. Me di cuenta entonces de que me gustaban
sobre todo los libros fronterizos, de manera que la línea
divisoria entre unos y otros géneros era más
ancha que los géneros en sí y la confusión
de mi biblioteca y de mi vida volvía a ser la de
antes. Me enseñaron entonces un programa de ordenador
en el que, una vez introducidos los datos, encontrabas el
libro dándole a cuatro teclas. Funcionaba bien, pero
lo deseché porque cada vez que le pedía al
programa un libro tenía de nuevo la impresión
de ir a visitar un preso.
Finalmente, los fui dejando donde me daba la gana, como
había hecho antes de que tuviera aquel ataque de
profesionalización. Pese a ello, los encuentro con
facilidad, igual que la novela ya citada de Kafka. Alguno,
es cierto, se me resiste o se pierde, pero no porque esté
mal colocado sino porque no me interesa. De manera que las
fichas sirven, fundamentalmente, para encontrar lo que uno
no quiere, lo que, bien mirado, resulta completamente absurdo.
Y para poner orden, lo que resulta peligroso.