La
corrección en el lenguaje
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Un
chico y una chica muy jóvenes, de instituto, discutían
acaloradamente en el metro. Me acerqué disimuladamente
a ellos en el momento en el que la chica decía:
- ¿Y por qué las mujeres tenemos que tomar
somníferos en lugar de somníferas? Lo lógico
es que hubiera somníferos para hombres y somníferas
para mujeres.
- Eso es lo mismo que decir que los hombres deberíamos
tomar aspirinos en lugar de aspirinas. Pues mira, yo me
he pasado la vida tomando aspirinas y soy tan hombre como
el que más.
- Ya está. Si no te sale el macho no te quedas contento.
Naturalmente que los hombres deberíais tomar aspirinos.
Yo, si algún día tengo hijos, les daré
aspirinos, del mismo modo que a las hijas les administraré
antibióticas cuando les haga falta.
- Y los chicos se sentarán en sillos en vez de sillas,
me imagino.
- Pues sí, se sentarán en sillos y dormirás
en camos y comerán el sopo, no la sopa, con cucharos.
Las cucharas son para las mujeres.
- Tú estás loca. Vete al psiquiatra.
- Y tú al psiquiatro.
El tren
se detuvo, se bajaron y yo continué perplejo cinco
estaciones más pensando que la chica llevaba razón.
¿Cómo es posible que una lengua tan sexuada
como la nuestra cometiera unos fallos, o quizás unas
fallas, de ese calibre? Todo el mundo, muy pendiente de
que los niños no jueguen con muñecas ni las
niñas con tanques, y sin embargo se obliga a las
mujeres a viajar en el metro (en lugar de en la metra) y
a los hombres a subir al tranvía (en lugar de al
tranvío).
Angustiado
por esta imperfección que acababa de descubrir en
mi lengua materna (perdón, mi lenguo materno), miré
alrededor y vi a una chica leyendo un libro, lo que me pareció
una perversión (debería leer una libra) y
a un hombre rascándose la rodilla, cuando lo suyo
es que se rascara el rodillo y así sucesivamente.
Llegué
a casa (a caso en realidad) y le dije a mi mujer que todo
estaba patas arriba. Cuando le expliqué por qué
me miró de un modo raro y me pidió que hiciera
unas tortillas para la cena.
- Unos tortillos, si no te importa- le respondí-,
puesto que me voy a ocupar yo del asunto. Si quieres tortillas
las tendrás que hacer tú misma.
Por
la noche, la oí hablar con su madre por teléfono
(por teléfona, para decirlo con propiedad), y tuve
la impresión de que me criticaba. Al día siguiente,
se fue de casa, dejándome una nota en la que me pedía
que no intentara localizarla. Le daba miedo (“o mieda,
por emplear tu lenguaje”) vivir conmigo. La echo de
menos, pero no podía estar con alguien que se expresara
tan mal como ella. Así es la vida, o el vido, qué
le vamos a hacer.