Sumario
 
Experimentos de choque

Llevo varios días siguiendo una noticia sobrecogedora, según la cual el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Heidelberg ha venido utilizando cadáveres de adultos y niños para simular accidentes de circulación y mejorar así el diseño de las sillas infantiles y de los cinturones de seguridad. Cogían un muerto, lo metían en un Opel, un Ford, un Volkswagen o un Mercedes, según su status social, supongo, y hacían que el coche se estrellara contra una tapia. Luego sacaban el cadáver y e contaban el número de costillas rotas.
Los responsables del Instituto, que se han apresurado a confirmar la veracidad de esta información, han señalado también que gracias a estos experimentos se han salvado muchas vidas. Por lo visto, una catedrático de Teología y Ética de la Universidad de Tubinga, un tal Dietmar Mieth –doy su nombre para que nunca se confiesen con él—, ha defendido esta práctica porque va en beneficio de la seguridad de millones de conductores. Y, en Washington, una tal George Parker –digo cómo se llama para que a nadie de ustedes se le ocurra ir a morir en sus brazos—, afirmó que se necesitaban este tipo de experimentos para saber con exactitud qué partes del cuerpo se dañan, y en qué modo, cuando estrellas un coche contra un muero de la vergüenza a cien por hora.
Yo ya aviso que prefiero morir por llevar un cinturón imperfecto, a salvarme a costa de maltratar un cadáver, incluso aunque se trate de un cadáver completamente muerto. Con los difuntos nos e juega. Que usen maniquíes; ya sé que los muñecos resultan tan excitantes como un cuerpo de verdad, aunque sean capaces de hacer pis y llorar, como los de la señorita Pepis, pero también tienen su coranzocito. Por ejemplo, dicen los expertos en accidentes que el muñeco más avanzado para esta clase de experimentos de choque, el Hybrid III, pese a su perfección, no se comporta aún como un muñeco humano. No me extraña, hay que tener mucho estómago para querer ser como nosotros.

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