Bolsitas
de té
Siempre
que tiro a la basura una bolsa de té usada, me da
un poco de mala conciencia. Se trata de un reflejo de niño
pobre, porque yo llevo dentro un niño pobre que me
censura todo el rato. Por mi gusto, guardaría las
bolsitas de té, o las pondría a secar para
extraerles todo el jugo en sucesivas cocciones, pero no
puedo hacerlo porque mi familia me vigila para demostrar
que estoy loco e inhabilitarme ante el juez de guardia.
Esta
es otra de las manías que tengo, la de que me vigilan
para inhabilitarme. Se trata, a todas luces, de una estupidez,
porque no sé qué beneficio podrían
obtener de ello. De todos modos, como los paranoicos se
las arreglan siempre para llevar razón, no descarto
la posibilidad de acabar dándoles un motivo.
Otra
de las tentaciones que tengo frente a las bolsitas de té
usadas, es la de abrirlas por si hubiera dentro de ellas
un diamante. Hasta ahora no he encontrado ninguno, pero
no me desanimo.
Me cuesta
mucho tirar las cosas sin abrir, porque ya digo que llevo
dentro un niño pobre que cree que todo se arreglará
finalmente con un golpe de suerte.
El otro
día vinieron a cambiarme el cartucho de la impresora
y cuando vi que el técnico tiraba el viejo a la papelera
estuve a punto de pegarle. Yo no sé si ustedes han
visto alguna vez el cartucho de una impresora, pero es un
aparato estupendo, lleno de recovecos y cámaras secretas.
Si llegamos
a pescar de pequeños un objeto como ese, nos habríamos
pasado la infancia jugando con él. Ahora lo tiran
sin abrirlo, como las bolsas de infusiones. Naturalmente,
cuando el técnico se fue, lo recuperé de la
papelera y lo tengo guardado junto a otros objetos igualmente
inútiles, pero repletos de significado, que van invadiendo
los armarios de mi casa.
Yo creo
que si todos lleváramos dentro un niño pobre,
un niño negro, un niño herido, un niño
con sida, tiraríamos menos cosas a la basura y, a
lo mejor, por ahí empezaban a cambiar un poco las
cosas. Ahora sólo llevamos un niño de derechas.