Palabras
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Mucha
gente cree que escribir consiste en colocar una palabra
detrás de otra. Desde esa concepción, las
palabras permanecerían en la caja de herramientas
hasta ser seleccionadas por el escritor con el gesto de
cálculo con que el aficionado al bricolaje separa
un tornillo de otro. En parte es eso, sí, con la
diferencia de que las palabras son activas, de manera que
tienden a colocarse por su cuenta. Si uno va, por ejemplo,
al cajón de los sustantivos y coge la palabra noche,
inmediatamente aparecerá a su lado el adjetivo oscura.
Hay, pues, que tener las tijeras a mano para podar los sustantivos,
a los que les salen más ramas de las necesarias.
Así que escribir no sólo consiste en decir
lo que uno quiere, sino en evitar que el lenguaje diga lo
que le da la gana.
Desde luego, como esa lucha, llevada a sus últimas
consecuencias, resultaría agotadora, finalmente hay
que pactar. Por eso, un texto literario es el resultado
de un acuerdo entre lo que quería decir el lenguaje
y lo que pretendía expresar el escritor. Ahora bien,
como el lenguaje nos construye, nos hace, y, llegado el
caso, nos deshace, es posible que esa forma de relación
se erija en el modelo de trato con el resto de las cosas.
Visto de ese modo, la realidad sería el resultado
de un pacto continuo entre nuestros deseos y los de la existencia.
Se puede elegir no pactar, imponer nuestro criterio al ciento
por ciento, pero eso quizá conduzca en la literatura
al onanismo y en la vida al manicomio. Hay otra forma de
no negociar que consiste en que las palabras digan lo que
quieran y en que el destino nos lleva a donde a él
le plazca, pero eso es una forma de capitulación
algo humillante.
Finalmente, situados en la posición de negociar,
se puede cargar el acento en lo que uno quiere decir o en
lo que le apetece contar a las palabras. Esta última
es la posición que algunos identifican con la sabiduría
y quizá tengan razón. Desde luego es mucho
más relajante levantarse de la cama pensando: “vamos
a ver qué quieren decir hoy las palabras (o la realidad)”,
que meterse en la ducha con la idea de que uno tiene toda
la responsabilidad de lo que sucede dentro de la cuartilla
o en la calle.