Sumario
 
El viaje

Se bromea mucho sobre la gente que no reconoce su letra en un papel, pero no tiene ninguna gracia. En cierto modo, es como no identificar el propio rostro en un espejo. Estamos condenados a que nos sucedan las dos cosas. Un día pasas frente a un escaparate y te preguntas con extrañeza: ¿quién es ése? Sólo después de acercarte y deletrear al desconocido rasgo a rasgo comprendes que eres tú. No es que te hayas olvidado e leer, sino que no recuerdas cómo eras. Del mismo modo, un día coges el cuadernos donde tomabas notas para un relato que ya no escribirás y aparece un sustantivo ilegible, una tuya, de tu mano pero distingues las erres ni las efes. Es letra como el reflejo era rostro, pero no sabes de quién es. En ese momento quizá comprendas que el extranjero, además de un hogar, es un estado personal, una sensación interna, una atmósfera. Cuando estuviste en Suecia, en Dinamarca, o en la China, te resultaba divertido no comprender la carta de los restaurantes y había una excitación rara en el hecho de pedir a ciegas. Hoy no necesitas ir tan lejos. Basta con que te acerques a tu escritorio y cojas las notas de ayer. Seguro que hay en ellas una palabra que no sabes si es carne o pescado, y has de probarla con semejante prevención a la que en aquellos países pedías guisos exóticos cuyo contenido tenías que desentrañar paladeándolos con lentitud. Un día, pues, tardas un instante en reconocerte frente a un escaparate y al siguiente no entiendes una palabra salida de tu lápiz. En ese momento puedes estar seguro de que has comenzado un viaje que te llevará lejos de ti, más lejos cuanto más ensimismado permanezcas. Cuando no seas capaz de averiguar quién eres, estarás en el extranjero sin haber salido de tu cuerpo.

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