Verano
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Como
ya venía siendo habitual, hubo a la hora de la siesta
un terremoto al que sólo sobrevivimos mi hipoteca
y yo. Podría haberla cancelado, pero me pareció
que era un seguro de vida. Mientras te duele la hipoteca
no te molestan otras cosas. Muchos propietarios se mueren
al día siguiente de liquidar el crédito, porque
él te devora a medida que lo saldas. En términos
biológicos, se trata de una relación semejante
a la mantis religiosa con su macho: la hipoteca te tolera
mientras le proporcionas el jugo seminal, pero cuando se
termina el amor, abre la boca y te mata de un infarto o
de una depresión aguda, pues una vida sin crédito,
sobre todo si has dejado de fumar, carece de sentido. Hubiera
preferido perder un riñón a que desapareciera
la hipoteca. Por fortuna, estaba prácticamente intacta,
pues lo único que había pagado hasta el momento
eran intereses: el capital continuaba como el primer día.
No digo que no me diera pena que nos hubiéramos quedado
solos en el mundo, pero me consolaba mucho hablar con ella
como antes de la catástrofe discutía con mi
gata, y creo que me entendía. De hecho, la relación
comercial se fue transformando poco a poco en un trato familiar
semejante al que se tiene con un animal doméstico.
Le puse de nombre Hipoteca, y le encantaba colocarse boca
arriba para que le rascara los bajos. Un día me eché
a dormir después de comer y le dije a Hipoteca que
me despertara a las seis. Me llamó a las seis y media,
por los intereses, y al abrir los ojos pregunté a
mi mujer cuántos años faltaban para terminar
de pagar la casa. "Veinte", dijo. Entonces, pensé
yo, puedo volver a fumar. No me moriré de esto mientras
goce de la protección de la Hipoteca. Y de ahí
es de donde he sacado fuerzas para regresar al tabaco, cuya
ausencia me había puesto triste.