Verano
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Tuve,
durante la siesta, una ensoñación en la que
ocurría un desastre nuclear al que sólo sobrevivíamos
El Corte Inglés y yo. Al principio, como es natural,
nos desesperábamos, pero luego, viendo que la vida
continuaba, decidíamos incorporarnos a su corriente
con la naturalidad que éramos capaces de aportar
a una circunstancia tan rara. Así pues, muchos días,
al salir de la oficina, donde no habían quedado en
pie ni los percheros, iba a los grandes almacenes y compraba
cosas precisas e imprecisas, en confuso desorden, como antes
de la catástrofe. El establecimiento me atendía
con la eficacia habitual en él, con su sonrisa, y
si algo no me gustaba me devolvía el dinero, que
yo me apresuraba a gastar en otra cosa. Por mi cumpleaños
recibía siempre una tarjeta de felicitación.
Un día, después de pagar, le pregunté
a El Corte Inglés qué tipo de sociedades consideraba
él más atractivas, las consumistas o las ahorradoras.
Noté que no quería comprometerse, aunque finalmente
respondió que las consumistas, pues hacían
circular el dinero y con él el oxígeno necesario
para el funcionamiento del cuerpo social. Pero yo soy muy
perspicaz, no es fácil engañarme, y me di
cuenta de que había mentido: El Corte Inglés
prefería las personalidades ahorradoras, aunque dependiera
de los temperamentos despilfarradores. La existencia es
así: a veces uno tiene que vivir de lo que más
detesta en sí mismo o en los otros. Regresé
a casa preocupado, pensando que los grandes almacenes, tan
atentos siempre a mis necesidades, no me querían
por mí, sino por mi dinero, lo que me pareció
más difícil de sobrellevar que el propio desastre
nuclear. Entonces desperté con el hígado bañado
en pacharán y escribí a El Corte Inglés
manifestándole todas estas dudas. Pero no me ha contestado
todavía.