Altos
hornos
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El
libro es uno de los objetos más raros de los inventados
por el hombre, ya que no reproduce ninguna parte de su anatomía.
Las grúas, los automóviles, los cajeros automáticos,
las licuadoras, los armarios, están hechos a imagen
y semejanza nuestra o de un parte de nosotros. Pero el libro
parece un artefacto traído de otro mundo, no ya por
la rareza de que no sea asimilable al cuerpo humano ni a
ninguna de sus vísceras, sino porque aúna
lo enormemente complejo con lo desmedidamente simple. En
efecto, nada es más fácil de manejar que un
volumen. Carece de secretos de fabricación y sus
averías mecánicas pueden ser reparadas por
un niño. Sin embargo, es un generador de realidad
que funciona las veinticuatro horas del día siete
días a la semana, como los altos hornos. En este
mismo instante hay miles, quizá millones de personas,
leyendo un libro, del que copiarán un comportamiento
sentimental, una receta de cocina, una idea política,
un mueble para el cuarto de estar, un método para
superar la timidez o una expresión de lástima
para acudir al tanatorio. A diferencia de las grandes industrias,
sin embargo, puede actuar indistintamente en la habitación
de un hotel o en la sala de una biblioteca pública;
en un vagón de metro o entre las sábanas de
una cama sin hacer. Lo que le caracteriza, en fin, es su
capacidad para escupir realidad a presión, o por
un tubo, pues incluso cuando de entre sus páginas
salen materiales inexistentes, estos no tardan en corporeizarse
debido a las extraordinarias propiedades de la tinta. Véanse
las novelas de Verne en general, pero también Drácula,
Frankenstein, El doctor Jekyll y mister Hyde, El retrato
de Dorian Gray o La metamorfosis. Gran parte de la realidad
conocida, pues, ha escapado de los libros. Déjenlo
bien cerrado cuando lo abandonen sobre la mesilla de noche.