Penicilina
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La
penicilina cura porque se llama penicilina, del mismo modo
que el barbitúrico adormece porque se llama barbitúrico.
Las palabras tienen sus propiedades. El alcohol no sería
inflamable sin la hache intercalada, ni la pólvora
estallaría si se escribiera con be (traten de imaginarse
un artefacto de pólbora). La pólbora, con
be, lo más que puede hacer es estayar; con y griega,
y un estayido no es nada, de verdad: menos que un portazo.
La demostración de que las propiedades de las medicinas
provienen sobre todo de su composición alfabética
es que todas ellas, si hemos de creer lo que dice el prospecto,
producen indistintamente diarrea y estreñimiento,
sueño e insomnio, pérdida de apetito y bulimia...
Esa contradicción constante se debe a que sus efectos
secundarios dependen en gran medida de cómo se pronuncie.
Una asistenta mía cogió una infección
que después de tres meses de tratamiento continuaba
tan rebelde como al principio. La acompañé
a un médico mío que, tras dos horas de exploración,
me invitó a pasar a la consulta:
-¿Cómo quieres que se cure si dice que se
está tratando con pelicila en lugar de con penicilina?
-No me había dado cuenta.
-Pues a ver si te fijas.
En efecto, durante los días siguientes le enseñé
a nombrar correctamente el antibiótico y en cuatro
días era otra. Lo malo es que tiene un vicio enorme
con la anterior pronunciación y recae cada dos por
tres. Pero al menos ya sabemos que lo suyo no es una cosa
del médico, sino del logopeda. Vamos progresando.
Mi madre detestaba la aspirina: además de no quitarle
el dolor de cabeza, le producía ardor de estómago.
Sólo con pronunciar la palabra se le revolvían
los jugos gástricos y notaba cierta acidez en la
boca del estómago. La llevé a mi médico
a mi médico y le recomendó unas aspirinas
francesas microfinadas.
-¿Microfinadas? ¿Y eso qué es?
-Pues que están compuestas por partículas
microscópicas que se deshacen al contacto con la
saliva.
A partir de ese día, no toma otra cosa, pero lo que
le alivia no es el fármaco, sino la palabra microfinada,
que es todo un hallazgo semántico. A veces, incluso,
si no hay aspirinas en casa y las farmacias están
cerradas, me llama por teléfono y lo único
que hago es pronunciar muy lentamente el específico.
-As-pi-ri-na mi-cro-fi-na-da, mamá. Mi-cro-fi-na-da.
-Gracias, hijo, parece que ya me encuentro mejor.
Personalmente, hace años que no tomo ansiolíticos,
porque me empezaron a afectar mucho sus efectos secundarios:
me daban diarrea y estreñimiento, insomnio y somnolencia,
o bien pérdida de apetito y bulimia, todo al mismo
tiempo. Ahora, simplemente, me digo a mí mismo: Trankimazin,
Valium, Transilium y duermo como un príncipe. La
cosa es pronunciarlo bien.