PARTE
III CONSTRUCCIONES:
La llamada
Telefoneó
al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió
que aquello era una casa particular. Colgó lleno
de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria
sentimental una grieta por la que comenzó a salir
enseguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando
a los dedos la reproducción del error y respondió
de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio,
absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación
ajena. No se oía la televisión ni la radio:
tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía
sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo
sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá
su voz había levantado también un registro
mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó
con un libro en el sofá.
Durante
años había soñado que se encontraban
en la calle y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban
sus voces, pero la de ella tenía la densidad del
cuerpo. Diga, repitió al fin, y él
paladeó ese diga con las membranas del
oído, igual que en otro tiempo había saboreado
sus muslos con sus dedos. Era un diga mojado
por la excitación. De manera que también ella
vivía sola y los sábados por la tarde leía:
tenía la voz de los que se refugian de las horas
dentro de una novela. Es el supermercado, preguntó.
Sí, escuchó al otro lado, tras
un titubeo: ¿qué desea?. Recitó
el pedido y al final la mujer añadió que había
yogures en oferta. Después de los yogures, no supo
continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo
enviarían y colgó sin solicitar la dirección,
lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo,
lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron
a equivocarse una vez más- Se habían cruzado,
pero después de unos instantes prefirieron simular
que no se conocían. Él reprimió un
sollozo y, ahora, llamó al supermercado.