Bomberos
pirómanos
Contaba
Segundo Marey su odisea en manos de la policía española
y parecía, por la naturalidad con que se refería
a esos hechos atroces, el relato de una pesadilla. Un día
lo sacaron de la cabaña y creyendo que le iban a
matar, pidió cortésmente a sus torturadores:
Hoy no, mañana. Preferiría que me ejecutaran
mañana. Hablaba el pobre de su muerte como
de sacarse una muela.
Preferiría
no tener que hacerlo, respondía un personaje
de Melville, Bartleby el escribiente, cada vez que su jefe
le daba una orden. Jamás se oponía de manera
directa, sino a través del preferiría. Preferiría
que no me ejecutaran hoy. Marey tiene algo de la pasividad
inquietante de Bartleby.
La
gente cree que nada es seguro. Estás lavándote
las manos mientras llega tu programa de televisión
preferido, cuando eres arrebatado de esa dimensión
doméstica, y te encuentras metido sin transición
en un lío de gansters, oyendo que te llaman basura
y mierda.
La
calaña de sus secuestradores era tal que luego juraron
que le habían dado fabada en bote con la convicción
de que esa generosidad gastronómica constituye la
piedad más alta que pueda alcanzar un ser humano.
Lo de la fabada es mentira (no le mataron de hambre, entre
otras cosas, de milagro) pero da una idea del estadio cultural
de sus verdugos. Podían haber dicho a los jueces
que hablaban con él, que le acariciaban antes de
dormir para atenuar su cuadro de terror, que le dejaban
escribir cartas a su mujer todos los días. Pero lo
máximo que fueron capaces de inventar, lo más
piadoso, es que le daban fabada Litoral. De pesadilla, insisto.
Para
esos policías ejemplares (o quizá
para esos ejemplares de policías) la tortura psicológica
no existe, o en todo caso, sus secuelas pueden curarse a
base de fabada, a condición de que sea de bote. Y
Litoral. ¿Era esa la clase de gente seleccionada
para llevar a cabo la lucha antiterrorista? Pues viene a
ser lo mismo que contratar de bombero a un pirómano,
o de tesorero a Roldán, Viva el Estado.