Ejercicios
de retórica
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Vaya
usted a la cocina de su casa, reúna un paquete de
arroz e harina, una bolsa de sal, una tarrina de mantequilla
y una botella de leche. Observe durante un rato el conjunto
y considere que ese torpe aliño alimentario sería
un tesoro ahora mismo en Rusia, por ejemplo. Pero si a usted
le da pereza reunir tantas cosas, abrir tantos armarios,
ir de aquí para allá, tome de la nevera una
botella de agua mineral e imagine la riqueza que su posesión
significaría en algunos lugares de África.
Resulta fácil pensarlo, pero comprenderlo es más
arduo. Digamos la verdad: no hay manera de entenderlo, del
mismo modo que no se puede concebir que las 225 personas
más ricas del mundo posean tanta riqueza como el
47 por ciento del resto de la humanidad. Busque usted otro
modo de expresarlo, si tiene la suerte de saber matemáticas,
y llegará en cualquier caso a la conclusión
de que, se mire por donde se mire, el asunto es más
bien salvaje. Tanto prevenirnos en la escuela de la ley
de la selva y no era más que esto: que unos pocos
vivan muy bien a costa de muchísimos que lo pasan
fatal.
Lo
toleramos porque no lo comprendemos. ¿Cómo
explicar, si no, que haya policías que por un sueldo
modesto defiendan un orden semejante? Y cuando hablo de
policías me refiero también a los jueces y
a los alcaldes y a los coroneles y a los peritos industriales,
por no mencionar a los creativos de publicidad y a los poetas
de la experiencia. No se amontonen: también me incluyo
yo. Si un servidor hubiera entendido de verdad lo que significa
reunir sin esfuerzo, sobre la encimera, en cuestión
de segundos, la riqueza mencionada al principio de este
artículo, ya habría saltado por la ventana
o me habría metido en la boca el tubo del gas.
Pero
aquí estoy, ya ven, haciendo ejercicios de retórica
con el arroz y la sal, la mantequilla y el aceite que no
tienen en Rusia. Decía mi madre que con las cosas
de comer no se juega, pero estaba equivocada la pobre, como
en tantas otras cosas. Si con algo hemos acabado jugando
es con las cosas de comer. El mundo es un Palé o
un Monopoly, o quizás un Monopalé. Lo mejor,
para ganar, es no entender sus reglas. El mundo va bien.