La
sombra
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En un cuento, creo que de Ignacio Pedrera, se narra la historia
de un sujeto al que el médico examina el fondo de
los ojos con el aparato al revés, diagnosticándose
a sí mismo un glaucoma. El paciente, que ha observado
el error del médico, pero que no sabe cómo
decírselo, le pide que le ausculte los pulmones para
ganar tiempo mientras reflexiona sobre la situación.
El doctor toma, también del revés, el fonendoscopio
y coloca las terminales auditivas del aparato en los oídos
del paciente, mientras ordena al otro que deje de fumar
y que vuelva a la semana siguiente. Así, semana tras
semana, el paciente asiste al deterioro del médico,
mientras este le anuncia que se quedará ciego, perderá
más tarde la voz y finalmente morirá en un
golpe de tos por no haber dejado de fumar a tiempo. En efecto,
a los pocos días, y después de haberse quedado
ciego y mudo, muere el doctor, a cuyo funeral asiste en
primera fila, entre aliviado y culpable, su paciente.
A veces, no es necesario coger ningún aparato del
revés para colocar en los otros lo que no soportamos
en nosotros mismos. Todo aquello que detestamos de nuestra
identidad, es lo que Jung llamaba la sombra. Esa sombra
vive en los lugares más inaccesibles de nuestra conciencia,
confundida con la oscuridad reinante, hasta que encontramos
a alguien a quien colocársela, del mismo modo que
en el cuento de Pedrera el doctor coloca su propio glaucoma
en los ojos del paciente. Lo malo es que con ello no se
libra de la ceguera; en alguna medida la acentúa,
pues al negarla no le da el tratamiento que precisa. Es
decir, que al colocar nuestra sombra en otro no nos libramos
de ella: nos mata igual. Sería, pues, mucho mejor
aceptarla y, si es posible, transformarla, pero no parece
fácil.
Ahora mismo entre Occidente y el Islam hay un intercambio
de sombras preocupante. Quizá Satán habita
en las dos culturas, pero sólo lo vemos en otra.