Parámetros
objetivos
 |
A veces, en una ciudad desconocida, sales a pasear y acabas
desembocando siempre en la misma plaza, como su una misteriosa
fuerza te atrajera hacia ella. Y aunque te empeñes
en escapar de esa atracción, aventurándose
por callejones que en apariencia se alejan del lugar, al
poco te das cuenta con sorpresa, y quizá también
con un poco de miedo, de que has vuelto al punto de partida.
Hay ciudades diabólicas, pensadas para que, vayas
donde vayas, llegues al sitio del que huías: esa
plaza donde te esperan los mismo rostros que te vieron partir
treinta minutos antes con un gesto de piedad en los labios.
Con las ideas sucede lo mismo. Hay ideas a las que siempre
vuelves, por más que tu imaginación movilice
toda clase de recursos para alejarte de ellas.
Supongamos que eres víctima de una de esas ideas
obsesivas que tanto daño hacen; imaginemos que te
metes en la cama, porque ya es la hora, y que para evitar
dar vueltas alrededor de esa idea dolorosa, imaginas, por
ejemplo, que te encuentras en una ciudad desconocida y que
has decidido salir a pasear. Al poco, sin duda, llegarás
una plaza, donde hay gente que comienza a mirarte con piedad.
Como ya sabes lo que es dar vueltas alrededor de la misma
cosa, de la misma idea, sales de allí corriendo,
y cuando te crees lo suficientemente lejos, te detienes
para tomar aire y observas, con terror, que has llegado
al punto de partida, es decir, a la idea obsesiva de la
que creías haber escapado.
Estos días, al recorrer el periódico, no importa
la dirección en que lo lea, yo voy a dar continuamente
a las declaraciones de Belloch sobre los “parámetros
objetivos” (?) con los que se indulta a los torturadores
a sueldo del Estado. Y si salgo de ahí, me doy de
bruces con la ingeniosa comparación de Rodríguez
Ibarra entre ETA y Marino Barbero. Parecen dos ideas obsesivas
distintas, pero son la misma: la misma plaza, sí,
de una de esas ciudades diabólicas en las que caes
víctima de un destino que nunca acabas de reconocer
como propio.