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Verano
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Comí en la playa, di una cabezada al sol, y soñé
que había una catástrofe a la que sólo
sobrevivíamos Arzalluz y yo. Tras los primeros instantes
de desconcierto, intenté acercarme a él, por
si necesitaba ayuda, pero trazó una raya en el suelo
y gritó que no se me ocurriera invadirle. Le dije que
nos habíamos quedado solos y que ya no había
patrias ni banderas ni bacalao a la bilbaína, pero
como insistiera en permanecer aislado, me alejé, y
entonces empezó a gritar que no padecía ninguna
enfermedad contagiosa. Temiendo, pues, que hubiera visto en
mi actitud un gesto de desprecio, regresé a pedir disculpas,
y él comenzó a arrojarme piedras para apartarme
de nuevo. En el colegio tuve un compañero de pupitre
idéntico, que me pinchaba con el compás si atravesaba
la línea medianera, aunque se disgustaba mucho si no
invadía de vez en cuando sus dominios con el codo.
El caso era estar de malhumor. Como le había oído
decir a mi padre en numerosas ocasiones que dos no riñen
si uno no quiere, decidí marcharme lejos y cometí
el error de decírselo a Arzalluz, quien tras confesar
entre lágrimas que una patria sin enemigos resulta
inviable, rogó que me quedara a insultarle un poco
e imponerle mi gastronomía. Así lo hice durante
algún tiempo hasta que, harto de aquel juego siniestro,
le pedí que me concediera la nacionalidad. Al principio
dijo que sí, pero luego me midió el cráneo
y determinó que no era posible. Lo peor fue cuando
advertí que yo mismo me había enganchado en
esa relación enfermiza y que mi existencia, sin ella,
carecía de sentido. Decidí suicidarme para despertar
de la pesadilla, y al abrir los ojos una señora me
llamó la atención muy enfadada porque mi mano,
durante el sueño, se había deslizado hasta el
borde de su toalla: otra patria. Crecen como hongos las patrias.
Y las toallas.
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