Sumario
 
Turistas
Viajar tiene un prestigio desproporcionado, siempre lo tuvo, de manera que la mayoría de la gente viaja porque esa actividad constituye, junto al BMW y los rayos UVA, la evidencia de que uno ha alcanzado ese nivel económico o cultural que le hace acreedor de una analítica baja en colesterol y de un álbum de fotos donde aparece con el Partenón a la espalda, o con un grupo de niños africanos corriendo tras el jeep en el que ha salido a cazar leones con la Nikon. Es muy difícil encontrar en la literatura antigua o contemporánea testimonios en contra del viaje, aunque alguno hay, desde luego. Madame de Stäel, que entre salón y salón se movió lo suyo, afirmaba que cruzar países desconocidos, donde se escuchan lenguas que no se entienden y se contemplan rostros que nada tienen que ver con nuestro pasado ni con nuestro porvenir, constituye una pérdida de dignidad que desemboca en el aislamiento. “Viajar es uno de los placeres más tristes de la vida”, concluía. Y el ensayista norteamericano del siglo pasado Ralph Waldo Emerson, que tampoco paró, afirmaba que viajar es el paraíso de los necios. En cuanto a William Hazlit, que pasó a la historia como el biógrafo inglés de Napoleón, merecería haber sobrevivido de todos modos por esta frase: “Me gustaría emplear toda la vida en viajar, si alguien pudiera prestarme después otra vida para quedarme en casa”. Pero hay un sujeto curioso, también decimonónico e inglés, un tal Sydney Smith, publicista y canónigo de la catedral anglicana de Londres, del que suele citarse, incomprensiblemente, una frase enigmática que logra echar por tierra todas las invectivas anteriores: “Yo estimo que cada esposa tiene perfecto derecho a insistir en visitar París”.
Personalmente, conozco una frase, con la que tropecé y caí en una de mis primeras salidas al extranjero, que no podría dejar de citar. Viajaba a Grecia, hace muchos años, por el camino más largo, para ver una puesta de sol que sucedía en Patrás todos los días y de la que me había hablado mucho una chica de la facultad con la que quería casarme, cuando al atravesar Italia con grandes penalidades encontré en un puesto callejero un pequeño diccionario español-griego. El libro tenía un repertorio de frases griegas con su correspondiente transcripción al alfabeto latino, para salir adelante en las situaciones más comunes: en el restaurante, en la estación, en el hospital, en la comisaría, en etcétera. Busqué el apartado del hotel, y la primera que venía era ésta: “Buenos días, quiero una habitación, pero, por favor, que esté en el primer piso, porque este señor que me acompaña es paralítico y no puede subir escaleras. Como suena. Luego, leyendo el libro de más a fondo, vi que tenía también un capítulo dedicado las partes el cuerpo. Estas partes no venían por orden alfabético ni por ningún otro orden conocido, de manera que al lado de la lengua podías encontrarte con el páncreas o con la vejiga de la orina. Una asquerosidad. Pero lo peor, con todo, es que esa inquietante lista terminaba con dos partes del cuerpo hasta entonces desconocidas para mí: “la leche” y “el cadáver”. Cuando llegué a Patrás en barco, desde Brindisi, con un mareo que casi me mata, porque aunque entonces no lo sabía padezco el mal de mar, ya había decidido que no me casaría con mi compañera de facultad. No obstante, subí corriendo al monte desde el que se veía la famosa puesta de sol, para rentabilizar las penalidades anteriores, y la verdad es que no vi nada, porque llegué a la cima sin respiración a causa del tabaco, y angustiado por culpa de la leche y del cadáver, pero también por el señor paralítico que no podía subir escaleras. Así que no me casé con aquella chica, pero desde entonces cada vez que me meto en un avión noto junto a mí la presencia imaginaria, aunque no por ello menos sólida, de aquel tetrapléjico que se ha convertido en mi conciencia viajera: cuando la aeronave despega, me recita en tono postrero las partes del cuerpo, que sin duda se resumen en la leche y el cadáver.
Pero viajar no fue siempre una estupidez. Hubo épocas en las que el viaje estaba asociado al mito, sin cuya existencia los hombres no habrían sido capaces de entender lo que les pasaba. De viajes como el de Jasón y los argonautas en busca del vellocino de oro, del de Ulises regresando a su patria tras la guerra de Troya, o del de Edipo huyendo de un destino al que más se acercaba cuanto más lejos creía que se encontraba de él, aprendieron generaciones enteras, incluida la mía, el sentido profundo de la vida. El viaje es, pues, quizá como e sentimiento religioso, una condición mental, una dimensión de alma que se joroba cuando lo codifican. Así, han codificado la religiosidad, con los resultados catastróficos que todos conocemos, las oficinas de turismo han trivializado el sentimiento viajero, despojándolo de todo significado trascendente.
El viaje, convertido ya en una institución eclesial, y, por tanto, en una industria, aparece a mediados del siglo pasado en Francia, con la creación de unos clubes de alpinismo, cuyo modelo se extendería rápidamente por el resto de Europa. A partir de ese instante se dejó de viajar por viajar y se comenzó a viajar por haber viajado, según la frase feliz de Alfonso Karr.
El turismo, en fin, es la falsificación del viaje, su sucedáneo, y está tan desprestigiado que la clase más barata de los aviones se llama así, turista. La alternativa a esta clase no es mucho mejor, la verdad: se llama preferente o hombre de negocios. Sólo que el hombre de negocios no viaja: va de un sitio a otro, pero siempre está con la cabeza en el mismo lugar. Hay aún una tercera posibilidad: la gran clase, en la que toman caviar iraní y leen estudios de mercado los jefes de los hombres de negocios, pero estos seres sólo saben el país en el que están si les dices el día de la semana en que se encuentran. Aunque primero tienen que consultar la agenda. Así que el viajero de verdad ha desaparecido del mapa, sustituido por el turista, del mismo modo que la margarina ha logrado suplantar a la mantequilla.
No obstante, y a pesar del desprestigio señalado, el turismo es, como la hamburguesa, una industria floreciente: hay países enteros que viven de él, porque el hombre necesita ir de un sitio a otro para tener la sensación de que se recorre a sí mismo. Por otra parte, del mismo modo que la margarina ha logrado guardar alguna semejanza con el producto al que suplantó, también en la textura del turista podemos hallar hebras de un tejido procedente del antiguo viajero. Es más, si tuviéramos que señalar el modelo al que más se acerca el turista actual, diríamos que no es otro que el del héroe mítico que viaja al más allá y logra regresar de él para contarlo. Se parecen en las penalidades que tienen que pasar. Esto lo sabe cualquiera que haya tenido que sufrir un viaje de ocho o diez horas en la clase turista de cualquier compañía, encajado en el interior de una rendija llamada asiento, a la que le arrojan todo el rato, desde arriba, auriculares, almuerzos, desayunos y meriendas de placito con el único objeto de impedir que se duerma y sueñe que está volviendo a casa. Pero se diferencian en que al turista, al contrario de al héroe mítico, lo único que le espera en el más allá, en lugar de una verdad fundamental, es un escaparate de platos combinados en los que acecha la salmonela o un hotel con dos estrellas menos del que contrató en origen. Por otra parte, el viajero mítico regresaba del más allá fortalecido moralmente, mientras que el turista actual suele regresas más cansado y mezquino que cuando partió, sobre todo si piensa en la factura que le pasará dentro de un mes la tarjeta de crédito. El turismo, por no curar, no cura ni el nacionalismo, que era una de las cosas que primero se te quitaban antes cuando viajabas un poco. O sea, que el turista tiene que pasar tantas pruebas como un héroe de leyenda, pero al final, en lugar del vellocino de oro, sólo logra conquistar, si le son favorables los dioses, una tumbona en un campo de concentración llamado playa.
Viajar es triste, sí, cuando uno no sabe adónde va, a pesar de la guía ilustrada que lleva en el bolsillo. El viaje, en su sentido más profundo, exige una estrategia de aproximación que sólo se encuentra en el mapa moral que uno sea capaz de confeccionarse antes de partir. Lo que ocurre es que esos mapas están ausentes del pensamiento contemporáneo. Ocasionalmente, os podéis encontrar con alguien que todavía cree viajar. No le quitéis la ilusión si sentís que por él o por ella algún aprecio, pero no le creáis. Recordad vuestro último viaje a Egipto o vuestra última escalada a los pináculos de Notre-Dame, y veréis que en vuestra conciencia aparece antes la inscripción de la gorra del turista que teníais delante que la expresión del monumento que teóricamente habíais ido a ver. A lo mejor, incluso, el de la gorra eras tú mismo, o era yo. Y tú y yo éramos también los que regateábamos, en plan turista, el precio de unos cinturones artesanales a unas pobres mujeres africanas. Y esa señora horrible, con gafas, que se pelea con las ratas aéreas, llamadas palomas, de la plaza de San Marcos, en lugar de echarse a llorar por la belleza del lugar, también somos tú y yo. No tenemos arreglo.
No hay salvación, en fin, en el turismo, pero fuera de él no es posible el viaje. Y viajar es necesario, no ya por no perder esa sensación esencial de ir de un lado a otro de uno mismo, sino porque tiene prestigio, y sin prestigio hoy no vas a ningún sitio. Hay que seguir moviéndose, por tanto, y para ello nada mejor que aquella recomendación de Paul Morand, que, sin embargo, parece una frase extraída de esa hermosa película titulada El turista accidental: “Cuando compréis una maleta, no olvidéis que en el curso de una largo viaje se presentará un momento en que os veréis obligados a llevarla vosotros mismos”.
No lo olvidéis, pues, sobre todo si además de arrastrar la maleta tenéis que empujar al mismo tiempo la silla de un paralítico imaginario que allá donde vayáis se encargará de recordaros que en el fondo no sois más que la leche y el cadáver. Y buen viaje a ninguna parte.
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